A la deriva (A la deriva, Libro 1) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

No podía dormir. No quería que mi futuro fuera así.

Me sentía más como una posesión que como una persona.

Quería más, quería entregar mi corazón, y quería que el sexo fuera hacer el amor, no solo un polvo rápido para desahogarse.

Cada vez tenía más claro que estaba atrapada en el mayor error de mi vida.

Tenía que haber alguien más ahí fuera. ¿Ya nos habríamos cruzado?

¿Lo habría dejado escapar? Si no estuviera en esta relación, ¿ya estaríamos juntos?

Imaginaba mi vida como un río en el que la corriente me arrastraba sin control, a merced de las aguas. Quería un hombre que fuera mi ancla cuando sintiera que me llevaba la corriente. ¿Existiría alguien así?

Se suponía que la universidad era una época divertida, en la que podía descubrir quién era, quién quería ser y hacia dónde iba mi vida.

A los diecinueve años, ya sentía que todo había terminado.

Ryan nunca apoyaría mi pasión por el arte, por la fotografía.

Incluso ahora veía que la menospreciaba, que la consideraba un pasatiempo caro y nada más.

El despertador marcó las once de la noche y no me sentía nada cansada. Aún notaba el sabor del semen de Ryan en la lengua, aunque se había ido hacía horas.

El móvil vibró con un mensaje. Lo miré, pensando en ignorarlo. Podía ser de Ryan, y en ese caso podía esperar hasta la mañana.

Aunque también podía ser de alguna de mis amigas.

Solo tenía dos amigas íntimas, Becky y Sarah.

Durante el último año nos habíamos visto cada vez menos, porque Ryan ocupaba cada vez más espacio en mi vida.

Ellas también tenían sus propias relaciones, pero no eran amigas de Ryan, y eso lo complicaba todo.

Él se movía en un círculo completamente diferente, de futuros pediatras, cirujanos y médicos de familia, y quizá otras cien carreras más, todas relacionadas con la medicina.

Sus amigos tenían novias que parecían encantadas de salir con futuros médicos, y muchos de ellos iban de mujer en mujer sin comprometerse con ninguna.

Quizá debería haberme sentido afortunada por haber encontrado a alguien entregado a mí, alguien que no le tenía miedo al compromiso.

Quizá era yo quien le tenía miedo al compromiso.

Quería conocer a otros chicos, aunque solo fuera para saber si el indicado existía de verdad.

Quería vivir otras experiencias antes de atarme a una relación permanente, y posiblemente infeliz.

Conocía a Ryan lo suficiente como para saber que se volvería loco si mostraba el más mínimo interés por otro hombre.

No veía salida. Mis padres adoraban a Ryan. Se les habría partido el corazón si cancelaba la boda. Me habrían internado en un manicomio, porque obviamente tendría que estar loca para no quererlo, ¿verdad?

¿Verdad?

Vale, el sexo no sería lo mejor, vale, mi corazón no estaba con él, pero tendría todo lo demás resuelto para el resto de mi vida. ¿No era eso lo que se supone que debía querer? ¿Seguridad? ¿No era eso lo que querían todas las chicas?

¿No?

¿No podría aprender a quererlo?

Cogí el móvil, al menos para ver su mensaje. ¿Y si decía que había conocido a alguien de camino a casa? Podría fingir lágrimas durante una semana para contentar a mis padres y luego seguir con mi vida. Eso sería un sueño hecho realidad.

Pero no. El mensaje era de Becky. No había sabido nada de ella desde el último día de clase.

Habíamos tomado caminos separados: yo, hacia un verano de preparativos para mi boda de otoño, que por supuesto incluiría a mis amigas, aunque cada vez estaba más claro que pasaría el verano con Ryan, y eso no dejaba tiempo libre para nadie más.

El mensaje decía: «Mira por tu ventana».

Mi habitación daba a la calle. Salí de la cama a rastras, todavía con la ropa del día, y abrí las cortinas. Becky y Sarah estaban en la acera. Becky tenía la pantalla del móvil encendida y la agitó hacia mí.

Probablemente por primera vez en todo el día, sonreí de verdad. Las echaba tanto de menos que me dolía físicamente.

Mis padres se volverían locos si supieran que había salido de casa tan tarde, aunque técnicamente ya era adulta.

Ellos no me veían así. Como seguía viviendo en casa, para ellos seguía siendo una niña.

Tanto Becky como Sarah iban a fiestas universitarias, algo en lo que mis padres no querían que participara.

Sabía a qué le tenían miedo: que acabara pasándomelo bien y no sentara la cabeza ni fuera la niña buena si descubría lo divertida que podía ser la vida.

Con lo que crujía el suelo del pasillo, seguro que me oirían si intentaba salir. Por suerte, la puerta principal no era la única salida.

Abrí la ventana y me deslicé hasta el tejado del porche. Caminé de puntillas lo más silenciosamente posible, sobre todo porque la habitación de mis padres estaba justo al lado. Si estaban despiertos y decidían mirar justo en ese momento, me verían.

En la esquina del porche teníamos un viejo melocotonero con ramas fuertes por las que me había pasado la infancia trepando. Conocía cada rama resistente, incluso a oscuras. Tardé menos de treinta segundos en llegar al suelo y a los brazos de Becky.

—Dios, Jen, te he echado de menos —dijo Becky.

—Yo también os he echado de menos. —Y era verdad, aunque no me había dado cuenta de cuánto.

La abracé unos segundos más de lo que quizá debería, pero si me apartaba demasiado rápido no me daría tiempo a parpadear para contener las lágrimas.

Cuando Becky y yo éramos pequeñas, la gente nos tomaba el pelo diciendo que parecíamos hermanas, y aunque ya lo oíamos menos, seguíamos pareciéndonos mucho: las dos con el pelo largo y oscuro y grandes ojos marrones.

Siempre pensé que Becky era la más guapa de las dos, aunque como buena amiga, ella decía lo mismo de mí.

Pasé del abrazo de Becky al de Sarah. Aunque Sarah y yo nunca habíamos sido tan cercanas como Becky y yo, llevaba casi el mismo tiempo en mi vida, y sabía que con mi ausencia las dos se habían unido más.

Me dolía verlas hacer cosas sin mí; ya casi nunca me preguntaban si quería ir con ellas, dando por hecho, con razón, que estaría con Ryan, o esperándolo a que saliera del trabajo o de clase.

Había sido yo quien las había abandonado, y las tres lo sabíamos.

Sarah no se parecía en nada a nosotras. Tenía el pelo corto, rubio arena, que le llegaba justo por encima de los hombros, poco pecho y los ojos azules más impresionantes que había visto en mi vida.

Era un auténtico bombón. Rara vez salía con el mismo chico mucho tiempo; solía perder el interés en cuestión de días.

—¿Qué pasa? —pregunté—. ¿Qué estáis tramando vosotras dos?

—Vacaciones de verano —dijo Sarah mientras yo me alejaba—. Vamos a colarnos en una fiesta y tú vienes con nosotras.

—No sé —dije—, es muy tarde.

—Claro que lo es —interrumpió Becky—. Esperamos a que tus padres apagaran las luces. Creíamos que no se iban a acostar nunca.

Me reí, contenta de que aún fuera principios de verano y todavía durmieran con la ventana cerrada. Las noches de Idaho no serían lo bastante cálidas hasta finales de junio. Aún hacía algo de fresco por las noches.

Becky se puso las manos en las caderas y me lanzó esa mirada obstinada que conocía demasiado bien, la que indicaba que, una vez tomada una decisión, nadie la haría cambiar de opinión.

Era una chica muy guapa, incluso con el labio inferior así de fruncido.

Se había teñido un solo mechón de rojo y había recortado el resto para que el mechón teñido le quedara más largo.

Siempre había querido hacer locuras con mi pelo también, pero yo era la sensata del grupo, la que nunca decepcionaba a nadie, sobre todo a mis padres.

Loca era una mala palabra. Las chicas decentes no hacían locuras.

Becky representaba todo lo que yo quería hacer pero nunca haría, como llevar ropa más atrevida de la que yo me atrevería jamás.

Quería vivir a través de ella.

Sarah era muy parecida a Becky: se comportaba como una princesa de dibujos animados, pero sin nada de ingenuidad.

Creía firmemente que las rubias se divertían más, y pasaría toda su vida demostrándolo.

Se comportaba como si fuera más guapa que las dos juntas, y tal vez lo era, pero nos daba igual.

Esa era Sarah, la chica que soñaba con ser modelo, y tal vez algún día lo sería, si alguien aceptaba alguna vez su book, y si conseguía salir de Idaho.

Esas éramos las tres, con solo un poco de locura repartida entre las otras dos, pero ninguna lo bastante atrevida aún como para dejar el estado e irnos a California, o quizá Nueva York, o cualquier otro lugar donde perseguir nuestros sueños.

Este era nuestro mundo, una ciudad pequeña, y ninguna sabía qué haría falta para escapar y alcanzarlos.

Ninguna lo admitía, pero todas éramos prisioneras de nuestros padres, de sus sueños y ambiciones.

Éramos chicas, niñas todavía, que debían ser protegidas y casadas con alguien que pudiera mantenernos.

Los sueños no importaban, y por muy audaces que fueran Becky y Sarah, era igual de probable que sus vidas acabaran aquí también, incapaces de escapar del mundo en el que estábamos firmemente atrincheradas.

—Qué alegría veros, chicas —dije—. Estaba pensando en vosotras. Os he echado de menos.

—Nosotras también te hemos echado de menos —dijo Sarah—. ¿De verdad te vas a casar? —Pronunció «casar» como si le dejara mal sabor de boca.

Me encogí de hombros.

—Supongo que sí. El mundo no necesita otra novia fugitiva, ¿verdad? No es así como quiero salir en las noticias nacionales.

—¿Huir de Ryan? Ni hablar —dijo Becky—. Si lo dejas, es mío. Yo me quedo con la gran boda elegante.

—Si lo dejo, es todo tuyo —dije. Becky me enganchó del brazo y me llevó a su pequeño Prius rojo. Lo bueno del cochecito era que permitía escapadas silenciosas—. Pero no pienso dejarlo escapar, ¿verdad?

—Así es —dijo Becky—. Si lo haces, te doy una bofetada para que entres en razón.

Quizá eso era lo que necesitaba, alguien que me hiciera ver lo que tenía, que era la chica más afortunada. Ya había conseguido al hombre perfecto, y sería una completa idiota si lo dejaba escapar.

Debía de ser realmente idiota, porque quería huir, huir antes de que empezaran los preparativos de la boda, y alejarme lo más posible de mi vida aquí.

Por desgracia, nadie más lo veía así.

Daba igual. Esta noche alejaría de mi mente cualquier pensamiento sobre el compromiso.

—¿Hay alcohol en esta fiesta? —pregunté. Cerramos las puertas del coche lo más silenciosamente posible, y prácticamente antes de que me abrochara el cinturón, Becky ya había arrancado.

—Por supuesto —dijo Sarah—. ¿No dije que era una fiesta? Vamos a pillar una buena cogorza. Todas menos Becky.

—¡Sí!

Ah, sí, iba a emborracharme. Tendría que lidiar con esconder la resaca a mis padres, pero daba igual.

Total, no iba a seguir viviendo con ellos a finales del verano, y sabía que no le dirían nada a Ryan.

Mirarían mal a mis amigas la próxima vez que vinieran, pero aparté todo eso de mi mente.

Esta noche necesitaba beber de verdad. Becky cuidaría de nosotras, se aseguraría de que no nos metiéramos en demasiados líos y de que todas llegáramos a casa sanas y salvas.

No me dejarían hacer nada que pusiera en peligro mi futuro.

Querían que me casara con Ryan por alguna extraña razón, casi como si quisieran quitarme de en medio.

Quizá solo querían ver a una de sus amigas triunfar consiguiendo un buen marido.

Eso significaba que ellas también podían, que todas teníamos un futuro seguro por delante.

Quizá habría sido feliz con eso si todavía estuviéramos en los años cincuenta, pero yo no pertenecía a esa época. Sabía que si no podía perseguir mis sueños, mi vida estaría vacía.