A Heart of Ice, A Touch of Fire (La Alianza nº 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Eliana

Habían pasado dos días desde que el Sr. Kane casi me pilla con las manos en la masa en la sala de archivos. Por un instante breve y devastador, estuve convencida de que todo había terminado, de que él ya sabía lo que yo había estado haciendo allí.

Había fisgado en sus documentos; en sus documentos más confidenciales. Y ni siquiera había terminado.

Aún faltaban documentos. Mi tarea todavía no estaba concluida.

La idea no me abandonaba. Una y otra vez me veía a mí misma —y a mi abuela— sentadas en una celda. Ya no era un pensamiento fugaz, sino un escenario que se había instalado de forma persistente en mi cabeza.

Estaba en mi pequeña y cálida cocina, intentando calmarme con algo familiar.

Repostería.

El aroma a almendras y manzana flotaba en el aire mientras mi abuela Linda, conectada por videollamada, me observaba preparar las «Bärentatzen». Introduje con cuidado las dos bandejas en el horno.

—Tus manzanas están perfectas, Nana —dije con una sonrisa—. Van a salir muy ricas.

—¿También has regado tus flores? —preguntó ella—. Últimamente pasas tanto tiempo aquí que no quiero que se te mueran.

—Ya lo he hecho —respondí, abriendo un poco la ventana—. Hace bastante calor aquí dentro.

La campana extractora ya estaba encendida y, aún así, el aire se sentía denso.

¿O era cosa mía?

Inconscientemente, me llevé una mano al pecho y sentí los latidos de mi corazón. No estaba tranquila, y yo sabía perfectamente por qué.

En los últimos días no había dejado de pensar en Alex. En su voz. En su mirada. En la forma en que llenaba cualquier estancia sin tener que esforzarse.

Era... inquietante. Y peligroso. Me obligué a apartar ese pensamiento de mi mente.

—¿Cuánto tiempo tienen que hornear las pastas? —preguntó Nana.

—Aproximadamente una hora. Mañana te llevaré unas cuantas.

—Pero no demasiadas —me advirtió con cariño—. Ya sabes que ya no puedo comer tanto.

—No te preocupes —dije soltando una risita—. Para el resto ya encontraré a alguien.

Su mirada se volvió repentinamente atenta. —Estás pensando en alguien en concreto.

Me encogí ligeramente de hombros. —En mis compañeros —respondí con evasivas—. Solo quiero tener un detalle con ellos.

—Es muy amable por tu parte —dijo ella—. Si ya te preocupas así por tus compañeros, ¿cómo será cuando tengas a tu futuro marido?

Me reí, pero la sensación no duró mucho, porque en ese momento el móvil se iluminó.

Sr. Carson.

Al instante, algo se me encogió por dentro. Él era el motivo por el que yo estaba allí. La razón por la que hacía cosas que sentía que estaban mal. El hombre que me obligaba a cruzar límites que nunca había querido cruzar.

Ya había hecho las fotos; casi todas. Estaban en mi teléfono. Un par de clics bastarían y todo habría terminado. O quizá no habría hecho más que empezar.

—¿Va todo bien? —preguntó Nana de inmediato.

Me esforcé por mantener un tono sereno. —Sí. Solo es alguien que llama y con quien no me apetece hablar hoy.

—Pues no lo hagas —dijo ella con dulzura—. Haz caso a tu instinto.

—Eso haré.

—Estoy cansada, hija. Seguimos hablando mañana.

La imagen empezó a tambalearse mientras ella se levantaba.

—Por favor, usa el andador —dije automáticamente.

—Me apaño bien sin él —replicó ella con una leve sonrisa.

—Buenas noches, Nana.

—Buenas noches, hija mía.

La llamada terminó. Me quedé un momento de pie, mirando la pantalla oscura.

Un pensamiento se impuso en primer plano, duro e implacable: no podría protegerla si fracasaba.

Mi móvil vibró de nuevo.

Carson.

Otra vez.

Se me cerró la garganta. Durante un instante no fui capaz ni de moverme. Me quedé mirando la pantalla como si me exigiera una decisión para la que aún no estaba preparada, pero sabía que tenía que actuar.

Pero no en este momento, no hoy. Además, todavía me faltaba una parte de la documentación.

Tendría que volver una vez más a la sala de archivos.

—¿A qué debemos este honor? —exclamó Maggie entusiasmada mientras cogía una de las pastas.

El office estaba lleno de vida; todos se servían, reían y conversaban.

Y entonces llegó él.

—George, necesito las copias para las diez —dijo Alex al pasar.

Su voz era tranquila, controlada y, aun así, se hacía notar de inmediato.

Mi corazón reaccionó más rápido de lo que me gustaría.

—La fotocopiadora ya está en marcha —respondió George—. Coja usted algo antes de que no quede nada.

Alex se giró hacia mí. Su mirada se encontró con la mía, directa y atenta.

—Aún no ha respondido a la pregunta de Maggie.

Parpadee. —¿Qué pregunta?

¿Por qué reacciono siempre así ante él?

—¿A qué se debe este honor? —dijo él, señalando los dulces.

—Simplemente me gusta la repostería —respondí—. Y me apetecía compartirlo con el equipo.

Él se apoyó ligeramente contra la pared y me observó. —Me sorprende.

Bajé la mirada un momento. —No ha sido nada planeado.

Él echó un vistazo discreto a la sala y luego se acercó medio paso.

—Cuando la vi el otro día en la sala de archivos —dijo en voz baja—, por un momento pensé que iba a presentar su dimisión del susto.

Mi pulso se saltó un latido.

Mantén la calma.

—Tendrá que esforzarse más para eso —repliqué con una leve sonrisa.

Por un momento le sostuve la mirada y, esta vez, no la aparté de inmediato.

—¿Qué es esto? —preguntó finalmente, señalando el plato.

—Una masa sencilla con manzanas y almendras.

—¿Le importa si le quito las almendras?

Negué con la cabeza. —En absoluto.

Cogió un plato, apartó los trozos de almendra con una precisión asombrosa y probó el dulce.

Intenté no observar, pero lo hice de todos modos.

—Realmente se le da bien esto de la repostería —dijo por fin.

Una sensación de calidez se extendió por mi interior. —Gracias. Llevo mucho tiempo haciéndolo.

—Se nota.

Sonreí. —Es algo difícil de ocultar.

—Usted no es una persona que oculte muchas cosas, ¿verdad?

La pregunta me pilló por sorpresa y la esquivé.

Alex se dirigió a la cafetera.

Me quedé allí con una sensación que no sabía clasificar: la cercanía y la culpa libran en mi interior una dura batalla que amenazaba con consumirme.

Y además estaba aquello que no podía permitirme. Quería que él confiara en mí, pero yo no estaba siendo sincera. Y precisamente eso lo complicaba todo.

Más tarde, le preparé un plato con las pastas restantes, lo cubrí con cuidado y le puse una pequeña nota.

Era un gesto inofensivo; al menos, en apariencia. Por dentro, ya nada se sentía sencillo.

El día aún no había terminado. Y con él, la certeza de que tendría que regresar de nuevo a la sala de archivos.

Me dije a mí misma que solo lo hacía por Nana.

Sin embargo, de camino a mi despacho, no fue en Carson en quien pensé.

Sino en Alex.