Capítulo 10
La puerta se abre a las cinco y diecisiete de la mañana con un gemido de metal vencido.
El técnico que sostiene la palanca da un salto cuando Liam y yo salimos envueltos en la misma lona térmica. Detrás de él, Rachel lleva un vaso de café en cada mano y la ropa arrugada de quien no ha dormido. Una asistente levanta el teléfono antes de que Rachel le ordene guardarlo.
Me aparto de Liam.
El aire del pasillo debería estar tibio. Aun así, me pincha la cara mientras recupero la sensibilidad. Tengo las piernas rígidas, la boca seca y el recuerdo de las manos de Liam calentándome bajo dos capas de ropa.
—La puerta queda clausurada hasta que venga el inspector —dice Rachel—. Y ustedes van al camerino. La gala empieza en cuatro horas.
—Necesitamos dormir —respondo.
—Necesito ocho episodios y un seguro que no me abandone. Ninguno va a conseguir lo que quiere.
Liam entrega la lona al técnico. Al pasar junto a mí, acerca una mano a mi espalda. Me muevo antes de que llegue a tocarme.
No dice nada. Eso empeora el trayecto hasta los camerinos.
El café cubano que Rachel deja frente a mí es espeso, dulce y tan concentrado que el primer sorbo me quema la lengua. El espejo está rodeado de bombillas blancas. Bajo esa luz, las ojeras me llegan hasta media mejilla y el moño parece armado durante una evacuación.
Liam cierra la puerta. Se queda de pie, todavía con el abrigo acolchado sobre la chaquetilla.
—Tenemos que hablar.
—No antes de que este café me devuelva el idioma.
—Anoche lo usabas bien.
La taza golpea el plato con más fuerza de la prevista.
—Estábamos encerrados a cuatro grados bajo cero.
—Soy consciente de la temperatura.
—La adrenalina altera el juicio. El frío también.
Liam se quita el abrigo y lo dobla sobre una silla. La precisión del gesto me irrita porque es la única cosa ordenada en la habitación.
—¿Esa es tu explicación? —pregunta.
—Es un hecho.
—También es un hecho que me dijiste que no parara.
El calor del café me sube por el cuello. Aprieto el asa hasta que la cerámica se clava en el índice.
—No he dicho que no quisiera besarte.
—Has empezado por culpar al termostato.
—Porque existe una tercera cláusula.
—La recuerdo.
—Entonces sabes que no podemos convertir una noche encerrados en una declaración.
Liam apoya ambas manos en el respaldo de la otra silla. No se acerca.
—No te he pedido una declaración, Sofía.
—Todavía.
—Tampoco voy a pedirte que niegues lo que hiciste para que el contrato vuelva a parecer seguro.
Desde el pasillo llegan ruedas de carros, voces de montaje y el golpe de una prueba de sonido. El día ya está funcionando sin nosotros.
—Necesitamos ganar —digo—. Eso es lo que no puede cambiar.
—No ha cambiado.
—Bien.
—Pero el beso ocurrió.
—Ya sé que ocurrió.
—Empiezo a sospechar que quieres convencerme de lo contrario.
Se oye un golpe en la puerta. Rachel asoma la cabeza sin esperar respuesta.
—Prueba de vestuario en diez minutos. Y antes de que alguno pregunte: no, el incidente de la cámara frigorífica no se menciona en directo. El departamento legal ha sufrido suficiente por hoy.
Liam no aparta la vista de mí.
—Qué alivio —digo.
Rachel observa el abrigo doblado, mi taza intacta y la distancia entre los dos.
—Claro —responde—. Se ven muy aliviados.
* * *
Derek presenta a Esteban Marín con un minuto de aplausos, una secuencia de platos en la pantalla gigante y más adjetivos de los que una persona debería soportar antes del desayuno.
Esteban es chef y propietario de Marea, en Coconut Grove. Trabaja productos del litoral de Florida con técnicas del Caribe. Tiene treinta y tantos y barba recortada. La grúa de cámara gira hacia él antes de que Derek termine la presentación.
—Hoy, el chef Marín pondrá a prueba el paladar de nuestras cuatro parejas semifinalistas —anuncia Derek—. Primero deberán identificar a ciegas ocho componentes de una salsa. Después tendrán cuarenta minutos para crear un plato que conserve su equilibrio sin copiarla.
Rachel nos coloca frente a una mesa con antifaces negros. Liam toma el mío y revisa el elástico.
—¿Demasiado ajustado? —pregunta.
—Puedo hacerlo sola.
Sus dedos se detienen.
—No he dicho lo contrario.
Me pongo el antifaz. La tela huele a detergente y maquillaje en polvo. A mi derecha, Liam mueve una cuchara contra el borde del cuenco. El sonido es suficiente para ubicarlo.
Esteban pasa por las estaciones. Reconozco su voz antes de que llegue a la nuestra.
—Sofía Carranza. Probé tu seco de rabo de toro hace dos años.
La cuchara se queda suspendida a medio camino de mi boca.
—¿En La Alacena?
—Mesa doce. Pedí otra porción de salsa y fingí que era para estudiar la técnica.
—Espero que haya dejado propina por la investigación.
Esteban ríe. El público también.
—Veamos si tu memoria merece su reputación.
Pruebo. La salsa está apenas tibia. Primero llegan el tomate asado y la grasa de pescado; después, naranja, ajo tostado y una nota salina más limpia que la sal. Al final queda una picazón verde en la lengua.
—Tomate —digo—. Piel quemada, no ahumada. Ajo tostado. Naranja agria.
—Tres —confirma Esteban.
Liam prueba a mi lado.
—Caldo de pescado reducido. Alcaparra. Aceite de hojas de hinojo.
—Seis.
Vuelvo a probar. La textura tiene un grano fino que no viene del tomate.
—Almendra.
—Siete.
Liam tarda. Con los ojos cubiertos, su respiración marca la pausa entre una idea y otra.
—Pimienta verde fermentada —dice.
La campana suena.
—Ocho de ocho —anuncia Derek—. Parece que el frío de esta pareja sigue siendo un asunto estrictamente culinario.
El público ríe. Bajo la mesa, la rodilla de Liam choca con la mía. Esta vez los dos nos apartamos.
Cuando nos quitan los antifaces, Esteban está frente a mí.
—En octubre haré una cena colaborativa con cocineros de Miami —dice mientras las cámaras se acercan—. Me gustaría que participaras.
La propuesta me toma sin una respuesta preparada. Marea reserva sus cenas en menos de una hora. Una colaboración allí pondría el nombre de La Alacena frente a comensales que rara vez bajan de Coconut Grove hasta nuestra parte de la Calle Ocho.
—Me gustaría hablarlo —respondo.
—Te buscaré después de la gala.
—Ella estará ocupada —dice Liam.
Esteban gira hacia él, sin perder la sonrisa.
—La invitación es para octubre.
—Tenemos una final que preparar.
—Y yo un calendario. Por eso invito con tiempo.
Le doy a Liam un golpe con el dorso de la mano contra el antebrazo. Las cámaras lo captan. Derek también.
—Chef Bennett —dice desde el centro del plató—, ¿le preocupa que alguien más reconozca el talento de su pareja?
—Me preocuparía que no lo reconocieran.
La respuesta es buena. Su tono, no. Liam coloca el antifaz sobre la mesa con una exactitud que amenaza con partirlo en dos.
La campana de la segunda fase nos manda a la despensa. Corro hacia las cajas de pescado mientras Liam recoge hinojo, yogur y limones. Habíamos acordado reinterpretar el equilibrio, no repetir ingredientes, pero él deja un frasco de alcaparras en nuestro carro.
—Eso estaba en la salsa —le recuerdo.
—Puede usarse de otra forma.
—Y puede hacer que parezca que no entendimos la consigna.
—Una alcaparra frita no se parece a una salmuera.
—Una alcaparra celosa sigue siendo una alcaparra.
Liam me mira por encima del carro.
—No estoy celoso.
—Acabas de responder una invitación que no era para ti.
Un camarógrafo retrocede para mantenernos en plano. Liam baja la voz.
—Marín no estaba hablando solo de cocinar.
—¿Y qué estabas haciendo tú?
—Recordándole que tenemos trabajo.
—Pues recuérdatelo ahora.
Saco las alcaparras del carro y le pongo en las manos una bandeja de ciruelas amarillas. El peso lo obliga a recibirla.
—Vamos a hacer corvina con yogur de hinojo, ciruela ácida y ajo crujiente —digo—. Tú controlas la cocción. Yo construyo la salsa.
—La ciruela necesita más acidez.
—Para eso existen los limones que llevas abrazando desde hace un minuto.
Liam aprieta los labios y baja la vista hacia la fruta. Deja la bandeja en el carro.
—De acuerdo.
En la isla, el cuchillo de Liam cae con golpes secos sobre el hinojo. Trabajo el yogur con ralladura de limón, jugo de ciruela y caldo. El sabor necesita profundidad. Tuesto ajo hasta que los bordes se vuelven dorados, lo machaco con sal y lo incorporo poco a poco.
Esteban aparece al otro lado de la encimera.
—Buena elección de fruta —dice.
—Gracias.
—Si la asas primero, concentras el azúcar sin perder la acidez.
Liam coloca una sartén sobre la inducción con un golpe.
—También ablanda la piel y elimina el contraste —responde.
—Depende de la temperatura.
—Lo sé.
Esteban apoya las manos en el borde de la isla.
—No lo dudaba.
—Liam —digo.
Mi tono consigue lo que el argumento no. Él toma la corvina, comprueba la superficie con dos dedos y se concentra en la sartén. Esteban se aleja hacia la siguiente pareja.
—Si vuelves a pelear con el invitado, te frío junto con el ajo —murmuro.
—Su sugerencia era mediocre.
—Tu comportamiento también.
—Anotado.
No vuelve a mirar hacia Esteban. La corvina sale con la piel tensa y crujiente. Yo dejo la ciruela fresca, cortada muy fina, y termino la salsa con aceite de hinojo. Cuando Liam prueba el conjunto, busca la sal. Le retiro el recipiente antes de que la añada.
—La alcaparra fantasma no va a entrar en este plato.
—Le falta un punto salino.
—Prueba el ajo.
Lo hace. Baja la mano.
—Funciona.
—Lo sé.
Emplatamos con veinte segundos de margen. Esta vez nuestras manos no se rozan. La distancia vuelve el trabajo más lento y, aun así, el plato llega completo.
Esteban rompe la piel de la corvina con el tenedor. El crujido llega al micrófono.
—La salsa conserva la estructura de la original sin repetirla —dice—. Grasa, acidez, aroma verde y un final salino. La ciruela es mejor fresca. Bennett tenía razón en eso.
Liam inclina la cabeza.
—Gracias, chef.
—Y Carranza tuvo razón al impedir que arruinaras el equilibrio con alcaparras.
Las gradas estallan. Incluso Liam acepta el golpe con una mueca breve.
Terminamos segundos y pasamos a la semifinal.
En el pasillo detrás del plató, Esteban me entrega una tarjeta con el número de su coordinadora. No intenta tocarme ni convertir la invitación en otra cosa delante de Liam.
—La cena es profesional —aclara—. El coqueteo era para Derek. Le encantan los triángulos.
—Lo tendré presente.
—La oferta se mantiene aunque no puedas venir.
Se despide de ambos y se marcha hacia prensa. Liam espera hasta que dobla la esquina.
—Eso ha sido humillante.
—La parte en la que te explicaron el coqueteo o la parte en la que casi salas un pescado por celos.
—Las dos.
Guardo la tarjeta en el bolsillo de la chaquetilla.
—No puedes reclamar territorio, Liam. Menos después de insistir en que el beso no era una declaración.
—No reclamo territorio.
—Contestaste por mí.
—Y estuvo mal.
La admisión llega sin resistencia. Me quita parte del enojo que necesitaba para mantener la conversación sencilla.
—¿Entonces qué fue?
Liam gira el reloj sobre su muñeca. Producción se lo devolvió después de la prueba y ya lo está usando para esconderse.
—Celos —dice—. Poco elegantes. Bastante reales.
El pasillo huele a cables calientes y al ajo que todavía llevo en las mangas. Detrás de las puertas, el público abandona las gradas. Un grupo repite nuestros nombres.
—La cláusula tres sigue vigente —digo.
—Lo sé.
—Y lo de anoche no puede interferir con la competencia.
—De acuerdo.
—Bien.
Liam deja de girar el reloj.
—Pero no vuelvas a decirme que fue el frío.
Camina hacia el camerino antes de que encuentre una respuesta. La tarjeta de Esteban presiona contra mi costado. En la boca todavía tengo café amargo, ajo tostado y la memoria de un beso que ya no puedo culpar al termostato.