Capítulo 9
El pestillo se cierra detrás de nosotros con un chasquido demasiado limpio.
Liam deja la caja térmica sobre el suelo de la cámara frigorífica y prueba la manija. Una vez. Otra. El metal golpea, pero la puerta no cede.
—Dime que eso forma parte del ensayo.
—No forma parte del ensayo.
El ventilador del techo zumba sobre las hileras de estantes.
El aire, a cuatro grados bajo cero, me muerde la nariz y se mete por el cuello de la chaquetilla.
Rachel nos dio abrigos acolchados antes de mandarnos a buscar las proteínas para la tercera gala; el mío sigue abierto porque hace treinta segundos veníamos del bochorno de un plató sin público, con los hornos encendidos y la camisa pegada a la espalda.
Liam acciona la palanca interior de emergencia. Está dura. La golpea con la base de la mano y vuelve a tirar.
—Apártate —le digo.
—¿Para que la intimides?
—Para que vea que tengo más práctica con cosas antiguas que se niegan a cooperar.
Me cede el lugar. La palanca tiene una costra de hielo en la unión. La envuelvo con ambas manos, apoyo un pie contra la parte baja de la puerta y tiro con todo el peso del cuerpo. Nada. El frío del metal atraviesa los guantes finos.
—Es magnética —dice Liam a mi espalda—. Si el mecanismo exterior quedó trabado, romper la palanca no ayudará.
—Gracias por esperar hasta que casi me arranco un hombro.
—Parecías comprometida con el método.
Me vuelvo. Lleva el abrigo cerrado hasta la garganta.
Seis días sin estar a solas con él y su voz aún encuentra el punto exacto donde irritarme.
Producción llenó la semana de entrevistas, ensayos y clips para alimentar la historia de los chefs de Calle Ocho.
Siempre hubo una cámara, un asistente o Clara levantando el teléfono antes de que el silencio pudiera devolvernos al callejón.
Aquí no hay nadie. Tampoco una cámara. Rachel dijo que el sistema de seguridad de la cámara frigorífica estaba desconectado durante las reparaciones y que no tocáramos el estante del fondo. Debimos interpretar aquello como una invitación a correr.
Liam aprieta el botón rojo junto a la puerta. No se enciende.
—El equipo de mantenimiento sigue en el edificio —digo.
—Estaba trabajando en el ala norte.
—Entonces gritamos.
Los dos golpeamos la puerta y llamamos. El aislamiento absorbe nuestras voces. Solo vuelve el rumor constante del ventilador, más grave ahora que sé que nadie puede oírnos.
—Los teléfonos —dice Liam.
—En la mesa de utilería, junto a los micrófonos.
—Excelente protocolo.
Liam presiona otra vez el botón rojo. La carcasa responde con un clic vacío.
—Tú dijiste que no necesitábamos llamar a nadie para escoger un pescado.
—Y tú dijiste que podías distinguir un buen filete congelado sin ayuda.
—Puedo. No puedo abrir puertas con la mente.
—Otra decepción importante.
Lo miro. Él sostiene mi mirada un segundo y después baja la vista hacia la caja térmica.
Dentro hay dos piezas de lubina, una bolsa de guisantes y tres recipientes rotulados con fechas.
La prueba a ciegas de mañana exige reconocer ingredientes sin verlos.
Rachel quiere que ensayemos textura, temperatura y aroma.
Quería, también, «una colaboración con intimidad creíble». Sus palabras, no las mías.
—Tenemos que conservar calor —dice Liam—. El abrigo cerrado.
—Ya sé cómo funciona el frío.
—Tienes la cremallera abierta.
La cierro con más fuerza de la necesaria.
El carro de acero ocupa el centro del pasillo; los estantes dejan apenas espacio para que dos personas se crucen de lado.
A la izquierda hay cajas de cítricos liofilizados y hierbas congeladas.
A la derecha, carnes selladas al vacío. El aire huele a metal, plástico y romero machacado.
Liam revisa las uniones de la puerta con la linterna que encuentra colgada del carro. Su nudillo ya no está rojo. Se lo vendó al día siguiente del mortero, tal como le ordené, aunque retiró la cinta en cuanto dejó de necesitarla.
—¿Cuánto tiempo? —pregunto.
—Antes de que alguien nos busque, no sé. Rachel se fue a una reunión y el ensayo terminó para el resto del equipo.
—¿Y antes de que nos convirtamos en decoración congelada?
—Con los abrigos, bastante. Si seguimos moviéndonos.
—¿Eso es una estimación o estás tratando de que no te golpee?
—Ambas cosas pueden ser ciertas.
Me indica que empuje el carro con él. Lo movemos hasta la pared y despejamos un rectángulo de suelo. Después empezamos a caminar de un extremo al otro. Son siete pasos si no contamos el giro. A los cinco minutos, Liam intenta contar en voz baja.
—Si vuelves a cronometrar mis vueltas, te dejo aquí cuando abran.
—No tengo reloj.
—Te conozco. Lo haces por dentro.
—Treinta y ocho segundos la última vuelta. Estás perdiendo velocidad.
—Estoy buscando dónde esconder tu cuerpo.
—Evita los pescados. Contaminación cruzada.
Me sale una risa corta que rebota en el acero.
La última vez que estuvimos tan cerca, olía a lluvia, cava tibio y desinfectante.
Puedo recordar la presión de su pulgar junto a mi mandíbula con una precisión inútil.
Desde entonces nos hemos tocado para las cámaras: la mano en mi espalda durante una entrevista, mis dedos en su cuello para una fotografía, su boca a un centímetro de mi sien mientras un reportero pedía algo más cariñoso.
Ninguno volvió a mencionar lo que el camión interrumpió.
La tercera cláusula ha recuperado su lugar en nuestras conversaciones sin que tengamos que nombrarla.
Liam se detiene frente a la puerta.
—Debí comprobarla antes de que entraras.
—Entraste primero.
—Por eso.
—No necesito que revises cada habitación para salvarme de ella.
—No es eso.
—Se parece bastante.
Tira otra vez de la palanca. El golpe sacude la lámina de metal. Cuando se vuelve, tiene la boca apretada y una marca pálida en la frente donde el aire helado ya le ha secado el sudor.
—Sé que no necesitas que te salve, Sofía.
—Bien.
—Eso no impide que quiera evitarte una noche encerrada en un congelador.
No encuentro una respuesta que no empeore la frase. Retomo la caminata. Al pasar junto a él, mi manga roza la suya.
—No será toda la noche.
—No.
Miente mal cuando intenta protegerme. Su tono se vuelve demasiado exacto.
Golpeamos de nuevo, juntos, hasta que me duelen las palmas.
Nadie responde. El ventilador sigue empujando aire seco sobre la piel expuesta de nuestras caras.
Liam busca entre los estantes y encuentra una lona térmica doblada detrás de un contenedor.
La extiende. Es pequeña para dos personas y demasiado grande para uno.
—Ni se te ocurra —digo.
—El frío no va a respetar el contrato.
—El frío tiene más sentido común que nosotros.
—No es un estándar alto.
Nos sentamos sobre la caja térmica, hombro contra hombro, con la lona alrededor de las piernas. El material cruje cada vez que respiramos. Bajo el abrigo, mis dedos están entumecidos.
—Dámelos.
Liam extiende las manos con las palmas hacia arriba. Le entrego las mías y él las encierra entre sus guantes.
—Están helados.
—Estamos en una cámara frigorífica. Derek podría construir un monólogo con ese hallazgo.
—Derek podría construir un monólogo con una aceituna.
Frota mis dedos despacio. El gesto no tiene público y, por eso, pesa más que todos los contactos de la semana. Miro las cajas apiladas enfrente. Fechas. Temperaturas. Inventarios. Cosas que obedecen cuando alguien las clasifica bien.
—No te he preguntado por Cobalto —digo.
Las manos de Liam se detienen un instante.
—Me di cuenta.
—Pensé que ibas a contármelo cuando tuvieras algo que contar.
—Hablé con ellos ayer. Me dieron hasta después de la final para presentar un plan de pago.
—Eso no es mucho tiempo.
—Es más del que tenía.
—¿Y si no ganamos?
Su pulgar recorre la costura de mi guante.
—Venderé una parte de Éter antes de dejar que Cobalto llegue al edificio.
Seis días atrás habría discutido la palabra venderé hasta arrancarle todos los detalles. Ahora oigo lo que ha puesto delante de su orgullo. No el concurso. La manzana.
—Gracias por decírmelo.
—Te lo debía.
—Sí.
La respuesta le provoca una sombra de sonrisa.
—Tu ternura sigue siendo abrumadora.
—No vine a congelarme para cuidar tu autoestima.
—¿Para qué viniste?
Levanto la vista. Liam ya no mira nuestras manos. Me mira a mí.
La pregunta es sobre el ensayo. Puede serlo. La respuesta correcta incluye a Rachel, la gala y los ingredientes alineados en cajas. Pero estamos solos bajo una lona que cruje, y su rodilla permanece pegada a la mía aunque hay espacio suficiente para apartarla.
—Porque confío en cómo cocinas —digo.
No responde enseguida.
—Eso ha debido dolerte.
—Muchísimo. Mañana lo negaré.
—Mañana habrá cámaras.
—Ese es el problema.
El ventilador se apaga.
El silencio deja un pitido fino en mis oídos. También se apaga la luz roja sobre el botón de emergencia, aunque no llegó a encenderse por completo. Liam se levanta y comprueba la puerta. La linterna corta la oscuridad parcial; las lámparas del techo siguen encendidas, conectadas a otro circuito.
—El sistema de refrigeración perdió corriente —dice.
—¿Eso ayuda?
—La temperatura subirá poco a poco.
—Seguimos encerrados.
—Sí.
El aire inmóvil resulta distinto. Menos agresivo. O quizá es el alivio de saber que no seguirá bajando. Liam se queda frente a mí, entre el carro y el estante de las especias. La lona resbala de mis rodillas cuando me pongo de pie.
—En el callejón —dice—, no me aparté porque quisiera.
—Ya lo sé.
—No estaba seguro de que lo supieras.
—Un camión de limpieza separó nuestras caras, Liam. La interpretación no es complicada.
Sus dedos se cierran un momento sobre el borde del estante.
—Has pasado seis días tratándolo como un accidente de tránsito.
—Tú no dijiste nada.
El borde de la lona roza mis botas cuando la aparto con el pie.
—Me pediste que no hablara por ti.
—Eso no significa que no puedas hablar por ti mismo.
Da un paso. No tengo a dónde ir sin rozar el estante, pero él se detiene antes de cerrar la distancia. Alza una mano y la apoya en el borde de acero, a la altura de mi hombro. No me toca. Entre los dos, el vaho se forma y desaparece.
—Si hubiera dependido de mí, habría vuelto a besarte esa noche —dice—. Habría seguido hasta que alguno recordara que firmamos siete cláusulas absurdas en mi cocina.
El frío me ha secado los labios. Paso la lengua por el inferior y su mirada sigue el movimiento.
—Solo una de las siete habla de esto.
—Dos, si contamos el contacto físico gradual.
—Eso es para las cámaras.
—Aquí no hay ninguna.
La frase no sirve para la competencia. Si lo beso, no habrá un clip, un voto ni una ventaja en la despensa. No podremos culpar a Rachel. Ni a Derek. Ni a un contrato que se supone que nos protege de la parte que no sabemos fingir.
Apoyo la palma en su pecho. El abrigo cruje bajo mis dedos. Liam espera.
—Dime que pare —dice.
—No pares.
Su otra mano llega a mi cintura y me atrae despacio. La cautela dura hasta que su boca toca la mía.
El primer contacto es frío. Le sujeto el cuello del abrigo y lo acerco hasta que el borde del estante presiona mi espalda.
Liam inclina la cabeza; su boca se abre sobre la mía y el sabor leve del café que tomó durante el ensayo se mezcla con el aire seco.
La delicadeza calculada que reservamos para los fotógrafos desaparece.
Me besa, se aparta lo suficiente para mirarme y vuelve cuando tiro de su cuello.
La mano de mi cintura sube por la espalda, firme sobre el abrigo. La mía encuentra su cabello, menos ordenado después de horas bajo los focos. Su respiración tropieza contra mi mejilla. El acero me enfría los omóplatos; el calor de Liam atraviesa las dos capas de ropa sobre mi vientre.
—Sofía —murmura contra mi boca.
—No uses mi nombre para detenerte.
—No era mi intención.
Lo beso yo. Esta vez no queda espacio para esperar instrucciones. Su mano abandona el estante y me sostiene la cara, el pulgar bajo la oreja, mientras el vaho se rompe entre los dos. Mi cuerpo reconoce el gesto del callejón y lo termina.
Un golpe suena al otro lado de la puerta.
Nos separamos apenas. Otro golpe. Luego una voz amortiguada que no alcanzo a entender.
—¡Estamos aquí! —grito.
Liam golpea la puerta con la palma.
—¡El pestillo está bloqueado!
La voz responde algo sobre mantenimiento. No se abre. Todavía no.
Miro a Liam. Tiene los labios enrojecidos y una arruga nueva en el cuello del abrigo. Mi mano sigue aferrada a su solapa.
—Cuando salgamos —dice—, tendremos que hablar de esto.
Afuera, una herramienta raspa el metal.
—Cuando salgamos —respondo—, habrá cámaras.
La puerta tiembla bajo otro golpe. Liam baja la vista hacia mi boca.
—Entonces no salgamos mintiendo.