Capítulo 5 #2
La segunda tanda sale mejor. Él prepara una teja fina de papa, yo doro los muslos y terminamos la salsa de cilantro con mantequilla clarificada.
En el centro queda una pieza de pollo brillante, crujiente en los bordes, sobre una cucharada de puré de papa; a un lado, el buñuelo de yuca guarda un centro apenas salado de queso azul.
No es completamente suyo ni completamente mío.
Liam toma una foto con la tableta de producción.
—No la envíes todavía —le advierto.
—No iba a hacerlo.
—Eso ha sonado a mentira.
—Quería guardarla para comparar la versión final.
La pantalla se ilumina con una notificación antes de que pueda insistir.
Rachel ha creado un grupo para la gala. Hay una foto de las dos copas de anoche, tomada desde el restaurante de Brickell, y un mensaje que dice: «Mañana, ensayo de cámara a las diez.
Necesitamos su historia de cómo eligieron el plato. No digan “por descarte”».
—¿Qué historia? —pregunto.
Liam mira el plato.
—Podríamos decir que queríamos hacer algo que se pareciera a nosotros.
—Eso parece una frase de una entrevista.
—Lo sé. Me odio un poco por haberla dicho.
—¿Y qué se supone que se parece a nosotros? ¿El pollo o la discusión?
Él señala la salsa con la punta del mentón.
—Tu fondo. Mi obsesión con que no se corte. Las dos cosas tienen motivos razonables.
—Eso es mucho menos romántico.
—No tenemos que mentir en cada detalle.
Su voz no busca convencerme. Solo deja la posibilidad sobre la mesa, junto a las migas de yuca y la harina. No respondo. Pero tampoco le quito la tableta.
—Ah. La versión final, donde seguramente tus veintisiete gramos de aceite ocupen un lugar de honor.
—Veintiocho. Ajusté la receta.
Pruebo una punta de salsa con el dedo. Él espera mi reacción. La lima llega al final, justa; el cilantro sostiene el resto sin borrar el pollo.
—Está bien —admito.
—Ese, en tu idioma, es un elogio de tres páginas.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Lo dice en voz baja, mirando el plato, pero sus dedos permanecen sobre la tableta sin tocarla.
Afuera, el sol se ha hundido detrás de los edificios y la cocina se vuelve ámbar bajo las lámparas.
Por primera vez desde que firmamos el contrato, el silencio entre los dos no se siente como una pausa antes de la pelea.
* * *
Noah Walker llega cuando estoy barriendo la última harina del suelo. Trae una linterna, un medidor láser y una bandeja con tres cafés.
—Pedí uno negro, uno con leche y uno que sabe a castigo —dice, dejándolos en la barra—. No sabía cuál era de Clara.
—El negro —responde ella—. El castigo es para ti por hacernos esperar seis días.
—Llegué el día acordado. Tú cambiaste el acuerdo cuatro veces.
—Eso se llama mantenerte atento.
Noah le entrega el vaso negro sin comprobar las etiquetas. Clara lo acepta con una mirada breve, sorprendida de que haya acertado. Luego señala la carpeta que él lleva bajo el brazo.
—Dime que encontraste algo útil.
—Encontré que el primer permiso de ocupación es de 1958, que al archivo municipal le faltan dos remodelaciones y que alguien cubrió una pared original con acero inoxidable.
Liam, que está lavando su báscula en mi fregadero, cierra el grifo.
—En mi cocina —dice.
Noah lo observa con la misma calma con que examinó la fachada.
—Entonces tú debes de ser el vecino cooperativo.
—Depende de quién pregunte.
—El hombre que intenta impedir que conviertan tu restaurante en el vestíbulo de una torre.
Liam seca la báscula y la deja sobre la mesa.
—Por aquí.
Cruzamos el callejón sin cámaras ni una productora sugiriendo dónde poner las manos. Clara camina junto a Noah, discutiendo qué documentos puede conseguir de los antiguos proveedores. Liam abre la puerta lateral de Éter y espera a que yo entre antes de activar las luces.
La cocina resulta más silenciosa sin servicio. El aire acondicionado mantiene el acero frío y las suelas se adhieren un instante al suelo recién fregado. Noah sigue una línea del plano hasta el almacén trasero, donde una estantería de recipientes oculta casi toda la pared compartida.
—Necesito ver detrás —dice.
Liam empieza a retirar los recipientes.
—No tienes que hacerlo solo —le digo.
—No iba a hacerlo solo. Iba a asignarte los más pesados.
—Qué considerado.
Le quito una caja antes de que pueda medir cuál pesa más. Trabajamos desde los extremos. Cuando nuestras manos coinciden sobre un recipiente ancho, Liam suelta primero y sostiene la estantería para que yo pueda pasar. Mantiene el peso hasta que mis dedos quedan libres.
Noah se arrodilla junto al zócalo y dirige la linterna hacia una junta.
—Aquí hay un panel añadido —dice—. ¿Sabes qué quedó debajo?
—Azulejo de cemento —responde Liam—. Azul y crema. Estaba agrietado cuando arrendé el local.
Yo lo miro.
—Pensé que habías quitado todo lo anterior.
—Quité la grasa, las tuberías rotas y un refrigerador que sonaba como una avioneta. Los azulejos no me habían hecho nada.
Liam abre un armario bajo y saca una caja plana envuelta en espuma. Dentro hay seis piezas numeradas. Una conserva una flor geométrica azul partida por una grieta fina.
—Guardé las que tuvieron que desmontar —explica—. Por si algún día podía restaurarlas sin convertir la cocina en una imitación.
Noah toma una fotografía y anota los números de las piezas. Clara se agacha a su lado, equilibrando el café sobre una rodilla.
—¿Sirven para el expediente?
—Sirven para demostrar que la estructura conserva materiales originales y que el propietario no los destruyó.
—Copropietario —corrige Liam.
—Eso también importa.
Clara le quita el lápiz a Noah y añade una línea en el margen del plano.
—¿Qué más importa?
—Las fotografías antiguas, los permisos, testimonios de vecinos y que dejes de escribir sobre mi trabajo con mi propio lápiz.
—Tu letra es ilegible.
—Mi letra tiene formación profesional.
—Tu letra necesita un traductor jurado.
Noah extiende la mano. Clara espera a que él la mire antes de devolverle el lápiz. Noah anota algo en el margen y, por primera vez desde que llegó, escribe dos veces la misma línea.
Liam me pasa uno de los azulejos. Pesa más de lo que parece y tiene el borde áspero, todavía manchado de mortero viejo.
—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunto.
—Nunca me preguntaste qué conservé. Solo enumerabas lo que suponías que había destruido.
No hay reproche en su voz. Eso vuelve la respuesta más incómoda.
—Tu fachada de acero no invita a pensar en flores azules.
—Ese era el objetivo de la fachada. La cocina es otra cosa.
Paso el pulgar cerca de la grieta sin tocarla. Liam coloca la mano bajo la pieza para sostener parte del peso.
—No todo lo viejo necesita quedarse a la vista para seguir importando —dice.
—Eso sí parece una metáfora.
—Culpa a tu caldo.
Noah termina de medir la pared y se pone de pie.
—Con esto puedo pedir una revisión preliminar. No detendrá el plazo por sí sola, pero obliga a Halcón a responder y nos compra tiempo si el comité acepta estudiar la solicitud.
—¿Cuándo sabremos algo? —pregunto.
—Cuando Clara y yo encontremos los permisos que faltan.
Clara se endereza.
—Mañana a las siete. Archivo municipal.
—Abre a las ocho.
—Entonces tendrás una hora para explicarme por qué tus formularios piden la misma dirección tres veces.
—Con café.
—Si llegas tú primero.
Noah guarda el plano. Clara toma la bandeja vacía antes de que él pueda hacerlo y la dobla por la mitad para tirarla al salir. Se marchan discutiendo sobre estacionamiento, horarios y si una fotografía de 1962 cuenta como prueba o como rumor bien encuadrado.
Liam y yo nos quedamos en el almacén, con la cocina apagada al otro lado y el azulejo entre nuestras manos.
—Gracias por guardarlos —digo.
Él toma la pieza y la devuelve a la espuma.
—No era mío destruirlos.
Cierra la caja y la coloca en el armario con cuidado. Cuando se incorpora, su hombro bloquea el pasillo. Ninguno retrocede hasta que una gota del grifo golpea el fregadero al otro lado de la pared.
—Mañana te devuelvo la báscula —digo.
—Mañana voy a pesar tus buñuelos.
—Acabas de arruinar el momento.
—Eso también lo conservo.
Me aparto para dejarlo pasar, pero la sonrisa me acompaña hasta el callejón.