Capítulo 31. El festival que no iba a ocurrir
La idea nació de Lucía. Si el festival no podía celebrarse dentro de la librería, se celebraría fuera. Pidieron permiso para cortar la calle durante una tarde, colocaron mesas de segunda mano y convencieron a tres autores locales para leer bajo un toldo.
—Esto no es un festival —protestó Clara.
—Claro que lo es —dijo Lucía—. Solo que no tiene patrocinadores ni una pancarta enorme.
—Tiene una pancarta —dijo Marcos, señalando una cartulina pintada a mano.
En ella se leía: «Aquí caben las historias que todavía no tienen casa».
Clara observó la frase.
—La has escrito tú.
—La ha escrito una niña de ocho años.
—¿Y tú le has dicho qué debía poner?
—Solo le he dejado espacio.
El sábado amaneció con nubes, pero nadie canceló. Los vecinos sacaron sillas, los niños dibujaron en la acera y Amalia vendió tartas caseras. Cuando empezó a llover, Marcos corrió a sujetar el toldo mientras Clara trasladaba los libros al portal de la finca.
Durante una hora, todo fue caos. Luego, poco a poco, el caos se transformó en una fiesta. La gente se refugió bajo los balcones. Un músico sacó un acordeón. Una autora leyó un cuento sobre una mujer que aprendía a regresar a su pueblo sin sentirse derrotada.
Clara miró a Marcos desde el otro lado de la calle. Estaba empapado y reía mientras intentaba que una caja no se mojara.
No había un contrato. No había una promesa perfecta. Solo una persona que había aprendido a quedarse cuando el plan original se venía abajo.
Al terminar la lectura, Marcos subió al pequeño escenario improvisado.
—No estaba previsto que hablara —dijo.
—Eso se nota —gritó Lucía.
Las risas le dieron tiempo para respirar.
—Hace unos meses pensé que un edificio era solo una estructura. Paredes, vigas, planos y números. Me equivoqué. Un edificio se convierte en un lugar cuando las personas deciden volver a él.
Miró a Clara.
—Y una casa no es algo que una persona pueda construir para otra. Como mucho, puede ofrecerle una puerta abierta.
Clara sintió que el corazón le golpeaba con una fuerza absurda.
—Eso sí que no estaba previsto —murmuró Lucía.