A dos pasos del amor
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Capítulo 1. La librería de la esquina
La primera vez que Clara Valdés vio el cartel de «Se traspasa», llevaba una caja de libros contra el pecho y una carta de despido doblada en el bolsillo del abrigo.
No era un buen día para tomar decisiones importantes. Tampoco era un buen día para cruzarse con Marcos Ferrer.
La caja se inclinó cuando Clara frenó delante del escaparate. Un ejemplar de poesía resbaló por un lateral y cayó al suelo con la dignidad de quien ha decidido abandonar una conversación aburrida.
—Perfecto —murmuró.
Se agachó para recogerlo y, al levantarse, chocó con alguien.
—¿Siempre bloqueas las aceras o solo las que tienen una librería que quieres ocupar?
Clara reconoció la voz antes de mirar.
Marcos Ferrer llevaba un abrigo oscuro, el pelo ligeramente mojado y esa expresión tranquila que a ella siempre le había parecido una forma elegante de provocación.
—¿Siempre apareces cuando alguien está teniendo un día horrible o también cobras por ello?
Él bajó la vista hacia el libro que Clara apretaba contra el pecho.
—Poesía. Ahora entiendo muchas cosas.
—Y yo entiendo que sigues siendo insoportable.
Marcos sonrió. No era una sonrisa completa; apenas una curva breve, casi invisible. Precisamente por eso Clara la odió más.
—Me alegra comprobar que algunas cosas no cambian.
Detrás de ellos, el cartel se balanceó con el viento.
La librería de la esquina llevaba cerrada tres semanas, desde que su dueño, el abuelo de Marcos, había muerto sin dejar claro qué quería hacer con el local.
Clara había pasado allí cientos de tardes durante su adolescencia.
Era el lugar donde había descubierto que los libros podían salvar una vida sin que nadie se diera cuenta.
—¿Has venido a comprarla? —preguntó.
—A inspeccionarla.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Tú tampoco has respondido a la mía.
Clara miró la caja que tenía entre las manos. En realidad, contenía sus últimos libros de la editorial donde había trabajado hasta esa mañana. Le habían dicho que no era nada personal. Siempre era personal cuando alguien utilizaba esa frase.
—No estoy ocupando nada —dijo—. Estoy ayudando a Lucía a vaciar el almacén.
—¿Y después?
—Después encontraré un trabajo de verdad.
Marcos observó la carta que asomaba del bolsillo de su abrigo. Clara quiso taparla, pero ya era tarde.
—No sabía que estabas buscando trabajo.
—No sabía que seguías hablando sin que te preguntaran.
Esta vez la sonrisa de Marcos fue un poco más evidente.
—El local estará disponible dentro de un mes.
—¿Para qué?
—Para algo que no venda libros.
Clara dejó la caja en el suelo.
—Entonces será mejor que te acostumbres a perder.
—¿Eso es una amenaza?
—No. Es una promesa.
La puerta de la librería se abrió detrás de ellos. Lucía apareció con un manojo de llaves y dos cafés.
—Llegas tarde —le dijo a Clara—. Y tú debes de ser Marcos Ferrer.
—Depende de quién pregunte.
—La persona que tiene tu café.
Marcos aceptó el vaso que Lucía le tendía. Clara lo miró con desconfianza.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
—Intento averiguar por qué mi abuelo dejó este local en manos de dos mujeres que parecen dispuestas a iniciar una revolución.
Lucía le dio una palmada en el hombro.
—Porque tenía buen gusto.
Clara recogió la caja y empujó la puerta con el codo.
—Entra, Ferrer. Te enseñaremos lo que estás a punto de destruir.
Marcos la siguió.
Y, aunque Clara todavía no lo sabía, aquel fue el primer paso de la peor decisión de su vida.
También fue el primero de la mejor.