CAPÍTULO 24 Quien buscaba el códice antes que Leandro
BLOQUE 1
La carpeta de Álvaro de Velasco no contenía ninguna declaración capaz de resolver de una vez el problema.
Sebastián lo agradeció.
Después de todo lo que habían aprendido sobre el archivo familiar, una frase demasiado precisa habría resultado casi anómala.
Álvaro escribía como alguien que trabajaba con papeles incompletos.
Sus hojas estaban llenas de abreviaturas, remisiones y preguntas.
Había referencias a documentos que quería consultar, correcciones realizadas con tintas diferentes y pequeños grupos de papeles que originalmente no habían formado una unidad, pero terminaron reunidos décadas después porque alguien comprendió que trataban asuntos relacionados.
Irene revisó el primer conjunto antes de que Sebastián comenzara a leer.
Los soportes eran corrientes para papeles de trabajo de finales del siglo XIX. Algunos habían sido doblados para permanecer dentro de correspondencia. Dos conservaban restos de lacre compatibles con cartas o paquetes anteriores.
No había un cuaderno cuidadosamente preparado.
Álvaro había trabajado con hojas sueltas.
—Esto importa —dijo Irene—. No busques una secuencia perfecta porque probablemente nunca existió.
Sebastián asintió.
Almarza había terminado construyendo cuadernos de trabajo con una metodología reconocible.
Álvaro, en cambio, parecía haber partido desde dentro de un archivo familiar, trabajando primero con aquello que tenía delante y agregando después información recibida desde otros lugares.
No había razones para pensar que su investigación hubiese nacido como un proyecto único.
La primera hoja confirmaba esa impresión.
Para saber de dónde proceden ciertos papeles antiguos de la casa.
Nada sobre un Códice.
Nada sobre San Millán.
Ningún manuscrito perdido.
Solo procedencia documental.
Mauro se sentó a su lado.
—Entonces empieza por los papeles.
—Sí.
Álvaro había enumerado certificaciones, relaciones y copias notariales. También extractos.
Intentaba establecer cómo habían llegado al archivo y cuáles dependían de otras piezas.
En varias ocasiones corregía atribuciones heredadas de inventarios domésticos anteriores.
Una relación clasificada bajo Fernando de Velasco no había sido escrita por Fernando.
Otra copia asociada con Juan parecía proceder de documentos recibidos desde otra rama.
Una certificación contenía un apellido medieval, pero Álvaro había escrito:
El nombre pertenece a la relación, no a la procedencia familiar del documento.
Sebastián levantó la mirada.
—Empezó intentando ordenar su propio archivo.
Irene señaló una nota posterior.
—Y después la pregunta cambió.
Al principio Álvaro quería averiguar de dónde provenía cada papel.
Más adelante empezó a preguntarse a qué historia pertenecían las noticias que aquellos papeles conservaban.
El desplazamiento se parecía al que habían reconstruido en Almarza, aunque había comenzado desde otro punto.
Una hoja posterior llevaba por título:
Relaciones que parecen referirse al mismo volumen.
Sebastián quedó inmóvil.
Debajo había cuatro referencias abreviadas.
Una correspondía a la copia conservada con los papeles de Juan.
Otra, a una certificación relacionada con Fernando.
La tercera describía un extracto recibido desde fuera del archivo familiar.
La cuarta remitía a una relación que Álvaro nunca había podido examinar directamente.
En el margen había escrito:
No afirmar identidad hasta comprobar descripción y sucesión.
Aquella frase bastaba para demostrar que ya no estaba trabajando únicamente sobre la organización interna de la casa.
Comparaba documentos porque sospechaba que podían pertenecer a la historia de un mismo objeto.
Sebastián siguió leyendo.
Álvaro había reunido algunos rasgos.
Volumen antiguo.
Pergamino.
Falto o defectuoso al comienzo.
Acompañado de relaciones o papeles de entrega.
Nombres repetidos en copias distintas.
No aparecía Códice de San Millán.
Tampoco códice emilianense.
Eso debía mantenerse.
Álvaro no había identificado el volumen mediante el nombre con el que ellos lo conocían.
Había llegado hasta él siguiendo descripciones y procedencias.
Mauro preguntó:
—¿Podemos decir que buscaba el mismo libro?
Sebastián tardó un instante.
—Podemos decir que intentaba identificar un volumen cuyos rasgos documentales coinciden con el que nosotros seguimos.
—Eso es bastante.
—Sí. Pero no significa que él lo llamara Códice de San Millán.
Irene asintió.
La precisión evitaba atribuir a Álvaro un conocimiento posterior.
Podía estar siguiendo el mismo objeto histórico sin haber reconstruido todavía su identidad completa.
La hoja siguiente mostraba con mayor claridad la transformación.
Álvaro había escrito:
La cuestión ya no es solamente explicar por qué estas copias están en casa, sino saber qué libro obligó a producirlas.
Nadie habló durante unos segundos.
Sebastián apoyó un dedo junto a la frase.
—Acá deja de estudiar únicamente el archivo familiar.
Mauro asintió.
—Y empieza a seguir el volumen.
Eso podía sostenerse.
Pero seguirlo no significaba imaginar viajes secretos ni búsquedas clandestinas.
Los papeles demostraban un trabajo mucho más ordinario.
Álvaro escribió cartas.
Pidió extractos.
Comparó inventarios.
Consultó nombres vinculados con antiguas responsabilidades.
Intentó localizar documentos capaces de explicar las relaciones conservadas por su familia.
Una nota decía:
Preguntar en San Millán si conservan relación semejante.
Otra:
Nájera: averiguar si el nombre de R. de H. pertenece a la misma entrega.
Y una tercera:
No confundir noticia del monasterio con presencia actual del libro.
Mauro dejó escapar el aire.
—Estaba haciendo una parte del mismo trabajo.
—Eso sí —respondió Sebastián—. No necesitamos convertirlo en otro Almarza.
Los recursos y objetivos podían haber sido distintos.
También su formación.
Lo importante era que ambos hombres habían llegado a una dificultad común.
Varias relaciones parecían conservar la trayectoria de un mismo volumen cuya localización presente ninguno conocía.
Irene encontró una nota fechada.
Era anterior a la primera mención demostrable de Almarza dentro del archivo Velasco.
Sebastián la revisó.
Eso era importante.
Álvaro había empezado a investigar aquellas procedencias antes de que pudiera demostrarse cualquier influencia del riojano sobre su trabajo.
Sebastián escribió:
ÁLVARO INVESTIGA PROCEDENCIAS ANTES DEL CONTACTO DEMOSTRABLE CON ALMARZA.
No podían decir que Almarza le hubiera enseñado el método desde el comienzo.
Tampoco lo contrario.
Ambos habían llegado de manera independiente a algunas preguntas.
La convergencia posterior sería otra cuestión.
En una hoja siguiente apareció la expresión que cambió definitivamente la dimensión del personaje:
Buscar qué fue del libro después de D. S.
Diego Sánchez.
Sebastián leyó despacio.
Álvaro había llegado al mismo punto de interrupción.
No preguntaba únicamente dónde habían terminado las copias.
Preguntaba qué había ocurrido con el libro.
Mauro lo miró.
—Entonces el título se sostiene.
Sebastián asintió, aunque hizo una precisión.
Antes que Leandro, Álvaro de Velasco había buscado la continuidad material de aquel volumen.
No había evidencia de una misión familiar transmitida de generación en generación.
Tampoco de una búsqueda clandestina.
Pero un Velasco del siglo XIX había intentado averiguar qué ocurrió con el objeto más allá del último tramo que podía reconstruir.
Diego Sánchez seguía siendo el último receptor o portador material probado antes de aquel vacío.
Eso no alteraba la responsabilidad formal de Gonzalo de Pancorbo, que permanecía vigente mientras no apareciera un relevo explícito.
Irene preguntó:
—¿Hasta dónde llegó Álvaro?
Sebastián pasó la página.
—Eso sí podemos intentar reconstruir.