Capítulo 4 Setenta y dos horas #2
—Gracias.
—Elena.
—Sí.
—¿Estás en peligro?
Elena miró hacia el otro extremo del pasillo. El hombre de chaqueta azul ya no estaba.
—No puedo explicarlo ahora.
La voz de Marta cambió.
—Entonces escucha. No vayas a casa sola.
Elena guardó silencio.
—¿Me oíste?
—Sí.
—Después de recoger a Evan, vienes a mi casa. La puerta lateral estará abierta.
Elena tragó saliva.
—No quiero meterte en problemas.
—Los problemas no piden permiso para entrar. Pero a veces se arrepienten cuando encuentran testigos.
Por primera vez en horas, Elena sintió algo parecido a una sonrisa.
—Gracias, Marta.
—No agradezcas. Solo llega.
Elena colgó.
Compró lo que llevaba en la cesta y salió del supermercado. Caminó hasta su auto con las llaves listas entre los dedos. Miró alrededor sin mover demasiado la cabeza. No vio al hombre de chaqueta azul.
Pero eso no significaba que no estuviera.
Al llegar al auto, encontró algo bajo el limpiaparabrisas.
Un papel doblado.
No era publicidad.
No era una multa.
Elena lo tomó con cuidado y lo abrió.
Solo tenía una frase.
“No abras puertas que no puedas cerrar.”
Elena sintió que el miedo se transformaba.
No desapareció.
Se volvió más duro.
Más claro.
Más útil.
Aquello no era una advertencia cualquiera.
Era una confirmación.
Nathan o sus hombres sabían que ella había estado en Old Harbor Storage. Sabían que había entrado. Tal vez no sabían cuánto había visto, pero sabían lo suficiente para empezar a presionarla.
Elena guardó el papel dentro del bolso.
Después, antes de subir al auto, hizo algo que nunca habría imaginado esa mañana.
Se inclinó como si se le hubiera caído una moneda y miró debajo del vehículo.
No sabía qué buscaba exactamente.
Pero encontró una pequeña caja negra pegada con imán cerca de la parte trasera.
Un rastreador.
Elena lo miró sin tocarlo.
Su respiración se volvió lenta.
No lo retiró.
Todavía no.
Si ellos creían que podían seguirla, ella podía hacerles creer que sabían dónde estaba.
Entró al auto, encendió el motor y condujo hacia su casa.
Pero antes de llegar, se detuvo a dos calles, en una zona donde había varios vehículos estacionados. Bajó con las bolsas de supermercado, caminó hasta un contenedor de basura, fingió acomodar las compras y, con un movimiento rápido, desprendió el rastreador usando una servilleta.
Lo colocó debajo del parachoques de una camioneta de reparto que estaba encendida y a punto de salir.
Luego siguió caminando sin mirar atrás.
La camioneta arrancó.
Elena volvió a su auto.
Sus manos ya no temblaban tanto.
Por primera vez desde que había encontrado la llave, no se sintió únicamente perseguida.
Se sintió capaz de responder.
Al llegar a casa, no entró por la puerta principal. Fue al patio trasero, revisó las ventanas, observó las cámaras de seguridad que Nathan había instalado meses atrás “para estar tranquilos”. De pronto, aquellas cámaras ya no le parecieron protección.
Le parecieron ojos.
Entró por la puerta de la cocina y desconectó el internet de la casa. No sabía si eso bastaba, pero necesitaba cortar cualquier acceso. Luego subió al estudio de Nathan.
Nunca había sentido curiosidad por sus cosas. Esa era una de las bases de su matrimonio: confianza, espacio, respeto.
Ahora, cada cajón parecía una mentira esperando turno.
El estudio estaba impecable. Libros de arquitectura, maquetas pequeñas, lápices perfectamente alineados, carpetas con etiquetas limpias. Elena revisó los documentos visibles. Todo parecía normal. Demasiado normal.
Probó abrir el cajón inferior del escritorio.
Cerrado.
Buscó la llave en los lugares obvios: un cuenco, una caja de clips, detrás de los libros.
Nada.
Entonces recordó algo.
Nathan no escondía cosas donde nadie buscaría.
Las escondía donde todos mirarían sin ver.
Elena observó la maqueta principal sobre el escritorio. Era una casa moderna, blanca, con ventanas grandes y techo plano. Nathan la había construido meses atrás para un proyecto. A Elena siempre le había parecido hermosa.
Ahora la levantó con cuidado.
Debajo había una llave pequeña pegada con cinta transparente.
Elena sintió un escalofrío.
Abrió el cajón.
Dentro no había documentos.
Había un teléfono.
Un teléfono antiguo, negro, apagado.
También había tres pasaportes, una memoria USB y una tarjeta de identificación con una fotografía de Nathan, pero con otro nombre:
Héctor Vale.
Elena se sentó lentamente.
H. Vale.
El nombre de la unidad.
La identidad que Nathan había escondido bajo la vida de Nathan Harper.
Tomó la tarjeta con dedos fríos.
La foto era su rostro, sin duda. La misma mandíbula, los mismos ojos, la misma calma. Pero el hombre de esa identificación no era el esposo que preparaba pan tostado para Evan. No era el arquitecto que saludaba a los vecinos. No era el padre que leía cuentos antes de dormir.
Era otra persona.
O quizá siempre había sido esa persona.
Nathan Harper era la máscara.
Héctor Vale era la sombra.