CAPÍTULO 18 La entrega #2
—A él le mantienen el cargo y a mí me quitan el puesto.
—Las medidas son provisionales —dijo el presidente—. Limitan funciones mientras se determina la responsabilidad de cada uno.
Poza volvió la cabeza hacia Ramírez. El director general no intervino.
Cuando el presidente anunció que la documentación se remitiría a la UDEF, Ramírez se inclinó hacia la mesa.
—En cuanto salga de esta sala, no podremos dirigir el alcance de la investigación.
—Ese alcance ya excede lo que podemos investigar nosotros —respondió Adriana.
Medina dejó el bolígrafo junto al informe.
—La UDEF podrá pedir documentación de otras sedes, cuentas, contratos y comparecencias.
También podrá concluir que la responsabilidad no termina en Madrid.
Si comunicamos los hechos, perdemos el control sobre lo que ocurra después.
Si no los comunicamos y aparece otra operación, tendremos que explicar por qué retuvimos el expediente.
—No existe una conclusión cerrada —dijo Ramírez.
—Por eso no enviaremos una conclusión —dijo el presidente—. Enviaremos los hechos, los documentos y las lagunas que no hemos podido resolver.
Preguntó a Control Corporativo si la preservación interna estaba completa. Los registros, las versiones anteriores, los contratos y la documentación económica estaban bloqueados. Lo que perteneciera a Orbe, a Helix o a cualquier tercero quedaba fuera de su alcance.
El presidente miró a los miembros del Consejo.
—Se remite hoy. Que consten el acuerdo, la hora y los nombres de quienes lo adoptamos.
Nadie pidió someter la decisión a votación. Hasta completar la entrega, Ramírez, Poza y Pérez no podrían contactar con proveedores, empleados o terceros para coordinar versiones ni recabar documentos fuera de los cauces establecidos.
Al terminar, Medina acompañó a Ramírez a otro despacho. Pérez permaneció con Adriana y una responsable de Recursos Humanos pidió a Poza que esperara para recibir su resolución completa.
***
Veinte minutos después, Poza firmó únicamente la recepción del cese, la revocación de permisos y la apertura del expediente disciplinario. Pérez lo esperaba cerca de los ascensores.
—Enrique.
—Ahora no, Francisco.
Poza entró solo. Salió de la sede poco después de las dos.
Durante el trayecto no llamó a nadie, aunque Ortega lo intentó dos veces.
Al llegar a casa abrió el portátil y conectó la memoria cifrada.
En la carpeta estaban la solicitud firmada por Ramírez, los correos anteriores a varias actuaciones de Facturación, los dos justificantes de Orbe y las cadenas en las que Ortega aparecía antes de determinadas regularizaciones.
Había mensajes que Poza ya había citado en sus alegaciones, pero no había entregado la secuencia completa.
Seleccionó la solicitud firmada por Ramírez, los justificantes de Orbe y los correos anteriores a las actuaciones de Facturación. Podía detenerse ahí. Aquellos documentos situaban las órdenes fuera de su departamento y sostenían la parte de su defensa que ya había presentado.
Las cadenas completas contenían algo más: sus validaciones, sus respuestas y las instrucciones que después había trasladado al personal de Facturación. Separadas, lo protegían. Juntas, demostraban que las decisiones no habían nacido en su despacho, pero también que él las había ejecutado.
Volvió a seleccionar las cadenas completas y abrió un correo dirigido a Control Corporativo y Jurídico.
«En relación con las medidas comunicadas esta tarde y con el expediente disciplinario abierto, adjunto las cadenas completas relacionadas con las operaciones revisadas.
Incluyen comunicaciones anteriores a las actuaciones de Facturación, así como mis respuestas, validaciones e instrucciones posteriores.
Solicito que se incorporen íntegramente al expediente y a cualquier remisión externa».
Poza releyó la frase «mis respuestas, validaciones e instrucciones». Podía borrarla, reducir los adjuntos a lo que ya había citado en sus alegaciones y obligar a los auditores a reconstruir el resto por su cuenta.
Poza dejó el cursor sobre el asunto del mensaje y pensó en su hija.
Le había prometido pagarle el segundo año en Edimburgo con su parte de aquella remuneración variable.
Orbe cobraba y Ortega cumplía también con él.
Poza nunca preguntó de qué operaciones concretas procedía el dinero.
Durante doce años, conservar el puesto, el sueldo y la tranquilidad necesaria para cumplir promesas así había dependido de no preguntar más de lo imprescindible.
Ramírez tampoco le había pedido nunca que lo hiciera.
Eso era lo que Poza había aprendido a hacer bien: saber lo suficiente para ejecutar y no tanto como para tener que negarse.
Ahora sabía. Y adjuntar las cadenas completas significaba que también constaría, en algún expediente, cuánto tiempo llevaba eligiendo no saber.
Ortega llamó otra vez.
Poza miró su nombre en la pantalla. Si contestaba, todavía podía preguntarle qué sabía, qué había conservado y qué pensaba hacer. Después de la conversación, decidiría qué documentos entregar. El teléfono siguió vibrando sobre la mesa.
Silenció la llamada, comprobó por última vez los destinatarios y pulsó enviar. El mensaje desapareció de borradores y apareció unos segundos después en la carpeta de enviados.
Los correos desplazaban el origen de varias decisiones hacia Ramírez y Ortega, pero no sacaban a Poza del recorrido. Si acababan en la UDEF, también podrían utilizarse contra él. Ya no podía retirarlos ni decidir quién los leería.
***
Poco después de las tres salió del hospital y encontró a Miguel esperándola al otro lado de la calle. No le había avisado. Nuria se acercó al coche sin decidir si le molestaba o le apetecía verlo.
—Tengo piernas y sé volver a casa.
Miguel abrió la puerta del acompañante.
—Las dos cosas me tranquilizan.
—Esto sigue pareciendo un secuestro.
—Sube antes de que alguien llame a la policía.
Nuria entró riéndose. Durante el trayecto, Miguel no le preguntó por el hospital ni le dijo adónde iban.
A ella le gustaba que algunas veces decidiera una cosa pequeña sin convertirla en una demostración de autoridad.
Terminaron en un restaurante discreto, lejos de Asterión y de Salesas, con pocas mesas ocupadas a aquella hora.
Pidieron vino y empezaron hablando de cualquier cosa. Miguel le contó una discusión absurda con Rubén sobre un coche que ninguno pensaba comprar y Nuria defendió durante diez minutos una opinión sobre deportivos que no sabía que tenía. Cuando llegó la comida ya estaba riéndose.
—Esto era una maniobra —dijo—. Sacarme del hospital sin preguntarme cómo estoy.
—Te he preguntado. He esperado diez minutos, pero cuenta.
—Qué detalle.
Nuria probó el vino antes de contarle que le habían ofrecido cubrir una baja en planta la semana siguiente.
Negarse podía presentarse como falta de disponibilidad; aceptar significaba seguir demostrando que Asterión podía utilizarla donde quisiera mientras la mantenía fuera del quirófano.
Ana había preparado una respuesta: estaba disponible para las funciones correspondientes a su puesto y pedía que cualquier cambio continuado se comunicara por escrito.
—¿Y tú qué quieres contestar? —preguntó Miguel.
—Que se vayan a la mierda.
Miguel valoró la propuesta mientras cortaba la carne.
—Breve y clara. Pésima para un expediente.
Nuria siguió comiendo. El teléfono vibró junto a su plato; Miguel leyó el mensaje, escribió dos palabras y volvió a dejarlo boca abajo.
—¿Laura?
—Sí.
—¿Qué pasa?
—Una familia quiere aplazar una intervención de junio.
Nuria apoyó el tenedor.
—¿Por qué?
—Han preguntado si sigue abierta la reclamación de Santacruz y si tengo alguna limitación para operar.
—No la tienes.
—Eso les ha dicho Laura.
—¿Y aun así quieren esperar?
—Quieren pensarlo.
Miguel bebió agua. Nuria esperó un momento antes de preguntar si había ocurrido más veces.
—Tres primeras consultas no han confirmado después de preguntar por Santacruz. Otra intervención se ha retrasado y dos centros han llamado para comprobar que no existe ninguna restricción profesional.
—¿Desde cuándo lo estáis midiendo?
—Desde hace unas semanas. Laura dice que con cuatro casos no hay una tendencia. Yo digo que hace un mes nadie llamaba para preguntarle si estaba autorizado a operar.
—Laura tiene razón.
—Ya. Pero me jode.
—¿Y por lo demás?
—Normal. Operamos, cobramos y trabajamos en los otros centros igual que siempre. Asterión es el único que está reteniendo honorarios.
—¿Y qué es lo que te preocupa, cariño?
Miguel la miró.
—Por diecisiete mil euros no voy a perder el sueño. Me preocupa que la pregunta exista.
—¿Qué pregunta?
—Que alguien llegue a una consulta y necesite saber si puedo operar antes de preguntarme qué le pasa.
Nuria bajó la vista hacia su plato.
—Pasará.
—Seguramente.
Miguel tomó otro bocado y se lo comió. Nuria esperó hasta que dejó el tenedor.
—A veces me gustaría que te cabrearas más.
—Estoy cabreado con Asterión, pero no voy a montar un numerito. Si intervengo por algo que te están haciendo a ti, en cinco minutos dejas de ser Nuria Bosch y te conviertes en la novia del cirujano que viene a defenderla.
Nuria se quedó quieta.
—Gracias.
—No me des las gracias por evitar una estupidez.
—Te daba las gracias por otra cosa.
Miguel sostuvo un segundo su mano sobre el mantel y después siguieron comiendo. Al salir caminaron hasta el coche con el aire tibio de la tarde y el olor de los árboles recién regados. Nuria se enganchó de su brazo.
—¿Qué haces el domingo? Eva ha organizado una comida y viene Sofía.
—¿Y? —preguntó Miguel al notar que ella esperaba algo más.
—Nada. Me hace gracia que no necesites preguntar.
—Sofía me cae bien, tú quieres que vaya y el domingo no tengo nada mejor que hacer. No parece complicado.
—Qué poca imaginación. ¡Hombres!
—Dame tiempo. A lo mejor consigo montar una crisis antes del domingo.
Nuria le dio un beso y continuaron andando.
***