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CAPÍTULO 1 El límite del acero
Aquel miércoles de finales de enero, el asfalto de la autopista devolvía los primeros reflejos grises de un amanecer helado.
Miguel conducía con las dos manos sobre el volante y la calefacción aún demasiado baja.
A esa hora solía disfrutar de un intervalo raro: nadie le pedía explicaciones, nadie esperaba una decisión y el teléfono permanecía en silencio.
Aquella mañana el silencio había durado hasta las siete y nueve.
Eduardo Ramírez, director general y director médico de Asterión Madrid, lo había despertado con una frase que bastaba para ponerlo en marcha: traumatismo de alta energía, compromiso vascular y un paciente que no admitía otro traslado.
El informe que le envió inmediatamente después era escueto: varón de veinticuatro años, fractura abierta de la extremidad inferior izquierda, pérdida de partes blandas y sospecha de lesión vascular grave.
El nombre aparecía al final, separado del resto por una línea en blanco: Álex Santacruz.
Delantero internacional y una de las figuras del Atlético de Madrid.
La noche anterior había jugado un partido de Champions.
Horas después había estampado su deportivo contra la mediana al regresar a casa.
El servicio médico del club había pedido el traslado a Asterión por proximidad y capacidad quirúrgica.
Cuando Urgencias comprobó el alcance de la lesión, el hospital activó el acuerdo con CRT Medical Institute.
Asterión aportaría quirófano, hospitalización, enfermería, sangre y material; el equipo de Miguel asumiría la intervención vascular y traumatológica. En los casos complejos trabajaban así.
Antes de vestirse, Miguel llamó a Rubén y a Héctor.
Laura atendió la tercera llamada y, mientras él bajaba al garaje, canceló la agenda de la clínica, confirmó la disponibilidad del resto del equipo y envió a Asterión la relación del material que podían necesitar.
Cuando Miguel se incorporó a la autopista, Rubén y Héctor ya estaban en camino.
Las redacciones deportivas de media Europa ya estarían trabajando con la noticia del accidente.
A esa hora solo tenían un deportivo destrozado, el nombre de Santacruz y la confirmación de que lo habían trasladado a Asterión.
El resto se reducía a llamadas, imágenes tomadas desde lejos y especulación.
Miguel entró en el aparcamiento subterráneo.
El vigilante levantó la barrera en cuanto leyó su nombre en la autorización y le indicó una plaza próxima al ascensor reservado.
Al bajar vio dos cámaras junto a la entrada principal y una furgoneta de una agencia ocupando parte de la zona de carga.
El hospital aún no había emitido ningún comunicado; el nombre de Santacruz había circulado antes que la ambulancia.
El ascensor lo dejó en la planta de hospitalización preferente. El suelo brillaba bajo la luz blanca y el aire estaba demasiado caliente para el abrigo de lana. Detrás del mostrador, una supervisora ordenaba papeles y respondía a dos teléfonos.
—Buenos días, doctor Cortés. Su equipo lo espera en la sala de reuniones.
—Primero veré al paciente. ¿Cómo está?
—Estable desde que llegó. Sus padres están con él. También han venido representantes del club y de la aseguradora. El doctor Ramírez está dentro.
Miguel se desabrochó el abrigo y siguió el pasillo. Algunos empleados aminoraban el paso al acercarse a la puerta; otros fingían no mirar. Lo reconocieron dos médicos jóvenes; respondió al saludo sin detenerse.
Los padres de Álex ocupaban las sillas junto a la cama.
La madre mantenía las manos enlazadas sobre el regazo; el padre se inclinaba hacia delante, con los codos sobre las rodillas y la vista fija en el vendaje.
Cerca del ventanal hablaban tres hombres.
Miguel reconoció a Ramírez, a uno de los médicos del Atlético y a Luis Garrigues, cuya fotografía había visto más de una vez en la prensa económica.
La carpeta de piel bajo su brazo no parecía propia de una visita hospitalaria.
Ramírez se adelantó.
—Gracias por venir tan rápido. Hemos controlado la hemorragia y ahora mantiene la presión. El club ha autorizado la contratación de tu equipo.
—¿Último Doppler?
—Hace poco más de veinte minutos. Débil, pero presente. Tienes las imágenes en la sala.
Garrigues terminó la llamada y guardó el teléfono.
—Doctor Cortés, represento a la familia y al club. Necesitaremos conocer el plan antes de que entren en el quirófano.
Miguel dejó el maletín junto a la pared y se quitó el abrigo.
—Lo conocerán cuando examine al paciente y revise las pruebas con mi equipo. Ahora necesito trabajar.
No esperó permiso. Se acercó a la cama y retiró la sábana. Álex tenía el rostro hinchado, varios cortes en la frente y el brazo derecho inmovilizado sobre el pecho. La férula no ocultaba la deformidad bajo la rodilla. El vendaje estaba limpio por fuera, pero la piel del pie había perdido color.
La madre se levantó.
—Doctor Cortés, nos han dicho que tiene mucha experiencia en lesiones como esta.
Miguel le estrechó la mano. Habría preferido que no confundiera la experiencia con una garantía.
—Han hecho bien en traerlo pronto. Necesito explorarlo y bajar con él al quirófano.
Se inclinó sobre la cama.
—Álex.
El muchacho abrió los ojos. La sedación le espesaba la voz.
—Doctor… Tengo que volver a jugar.
—Ahora vamos a ocuparnos de que salgas de aquí.
Miguel descubrió el pie, lo tocó con el dorso de los dedos y comparó la temperatura con la extremidad sana. Buscó el pulso pedio y después el tibial posterior. No encontró ninguno. El relleno capilar era lento; la sedación y la analgesia impedían valorar con precisión la sensibilidad.
—¿Lo notas?
Álex tardó en contestar.
—Poco.
Miguel volvió a cubrirlo. El cambio desde la última exploración no admitía demora.
—Bajamos ya. En cuanto terminemos, saldré a hablar con ustedes —dijo, mirando a los padres.
El padre se puso en pie.
—¿Corre peligro la pierna?
—La lesión es grave. No sabré hasta dónde alcanza el daño vascular y muscular hasta que la exploremos. Sería irresponsable prometerles otra cosa.
Garrigues dio un paso desde el ventanal, pero Ramírez lo detuvo antes de que formulara otra pregunta.
Miguel recogió el abrigo y el maletín y salió hacia la sala de reuniones.
Las pruebas de imagen ya estaban cargadas y los informes recibidos aparecían ordenados por hora y procedencia.
Rubén abrió la reconstrucción tridimensional mientras Héctor localizaba la última analítica.
—Accidente a las seis y cuarto —resumió Miguel mientras se acercaba—.
El SAMUR controló la hemorragia y lo trajo a Asterión poco antes de las siete.
Fractura abierta de tibia y peroné, afectación de la rodilla, pérdida muscular y un Doppler que se ha debilitado desde el ingreso. Arriba ya no he palpado pulso.
Rubén amplió el foco de la fractura.
—Hay fragmentos que no podremos conservar. Necesito desbridar, recuperar algo de longitud y colocar un fijador, pero con ese flujo no voy a entretenerme antes de que veas la poplítea.
El TAC mostraba contraste distal, aunque tan escaso que no permitía determinar cuánto tejido continuaba perfundido ni si la pared arterial resistiría una reconstrucción. Miguel recorrió la imagen desde el canal de Hunter hasta la bifurcación.
—Entraremos juntos. Tú limpias lo imprescindible y me das acceso. Si hay un segmento utilizable, coloco un shunt temporal y después estabilizas. La reconstrucción definitiva irá detrás.
Héctor giró la analítica hacia ellos.
—Ha respondido a la reposición inicial, pero ha perdido mucha sangre. La hemoglobina ha bajado y la temperatura no me gusta. En cuanto empecéis a movilizar la pierna podemos quedarnos sin el margen que parece tener ahora.
—Quiero concentrados dentro del quirófano y más reservados en el banco. Safena contralateral preparada por si necesitamos injerto.
Antes de guardar el teléfono, Miguel abrió el último mensaje de Laura.
Asterión confirmaba la disponibilidad de sangre y del recuperador. El almacén había recibido los shunts , los clamps , una endoprótesis cubierta y el introductor compatible solicitados por el equipo.
Era una alternativa remota; con una herida contaminada y sin zonas sanas de anclaje podía resultar inútil, pero Miguel prefería tenerla disponible antes que descubrir en mitad de la intervención que no existía.
Respondió que el dispositivo debía permanecer cerrado hasta que vieran la lesión. Solo se abriría si la lesión lo justificaba.
Laura había añadido el nombre de la instrumentista asignada: Nuria Bosch. Teresa seguía de baja.
Miguel llamó a Laura.
—¿Tiene experiencia?
—Vascular, trauma y cirugía de control de daños. Neus Márquez la ha puesto en el quirófano por eso. También te he enviado la hoja de contratación urgente del equipo externo.
Miguel firmó el documento en la tableta.
—Cancela también la intervención de las cuatro. Si esto termina pronto, no estaré en condiciones de operar a otro paciente.
—Ya está cancelada. Rubén y Héctor tampoco tienen agenda esta tarde. Te conozco —añadió Laura—. No pensaba mantener una agenda que no ibais a cumplir.
Rubén cerró el estudio. El plan servía para entrar. Lo demás dependería de lo que encontraran al retirar los vendajes.
Miguel cruzó el acceso restringido con Rubén y Héctor. En el vestuario guardó el reloj en la taquilla, dobló la ropa sobre el banco y se puso el pijama azul. Mientras se calzaba los zuecos repasó el plan. Sobre el papel era razonable. La pierna decidiría hasta dónde podían llegar.
Entró en el quirófano antes del lavado. Héctor estaba en la cabecera, ocupado con la inducción anestésica, y Rubén revisaba las radiografías en una pantalla. La circulante retiraba la férula y cortaba las últimas vueltas del vendaje.