CAPÍTULO 17
Marcela tomó una fotografía y continuó observando.
La caja demostraba que el código existía físicamente, pero no qué significaba.
Poco después salió del edificio un niño acompañado por dos adultos vestidos con ropa clínica.
Tendría once o doce años. Caminaba por sí mismo, llevaba una mochila pequeña y uno de los adultos le colocó una mano sobre el hombro antes de acompañarlo hasta un vehículo.
No había esposas, forcejeo ni nada que pareciera un secuestro.
Reeves dijo que podía ser una instalación pediátrica especializada.
Marcela respondió que sí. Precisamente porque podía serlo, no quería decidir lo contrario desde unos binoculares.
Alcanzó a fotografiar al niño antes de que entrara al vehículo, más por documentación que por una pista concreta.
Uno de los empleados salió después con una tableta, habló con el personal y levantó la cabeza hacia la línea de árboles.
Estaban demasiado lejos para que Marcela pudiera asegurar que los había visto.
El hombre sostuvo la mirada en aquella dirección durante varios segundos.
—Nos vamos —dijo ella. Regresaron sin correr y nadie los siguió.
Horas más tarde Life anunció una inspección preventiva por una anomalía de temperatura en un lote médico y cerró temporalmente varias carreteras secundarias alrededor del complejo, incluida la que llevaba hacia el edificio oculto.
Reeves tomó aquello como confirmación de que los habían detectado.
Marcela no se lo permitió. Podía ser reacción a ellos, una operación ya programada o una coincidencia.
La fotografía de la caja era lo único que no dependía de interpretar intenciones.
Marcela visitó a Laura Mercer esa noche para devolverle la pequeña computadora que Daniel había construido.
Había copiado a mano todo lo relevante y ya no tenía razón legítima para conservar un objeto que pertenecía a un niño muerto.
Laura la recibió sin encender ninguna de las interfaces de la casa y colocó la computadora sobre la misma mesa donde Daniel había trabajado.
La pantalla seguía mostrando HELLO DANIEL.
Laura pasó la mano por la carcasa antes de preguntar si habían encontrado al hombre que mató a su hijo.
Marcela respondió que no. Cuando preguntó por qué había ocurrido, Marcela pensó en la proyección que el operador había visto y en algo mucho más sencillo: Daniel murió por una acción que todavía no había realizado.
Eso era lo único que podía decir sin convertir hipótesis en explicación.
Laura la miró con una mezcla de rabia y cansancio.
—Entonces demuestre por qué alguien creyó que eso era suficiente.
—Estoy intentando hacerlo. Antes de irse, Laura le entregó una caja con cables, tornillos y componentes que habían aparecido al ordenar las cosas de Daniel.
Entre ellos había un papel doblado que, según ella, no reconocía.
Cuando regresó la energía, una cámara exterior del edificio secundario había cambiado de orientación y la puerta lateral permanecía abierta.
Marcela levantó los binoculares. Al fondo distinguió una línea de luz pálida suspendida verticalmente donde debería haber una pared.
No podía saber si era una pantalla, una abertura o algún efecto óptico producido por la distancia.
La línea se ensanchó. Durante apenas unos segundos apareció detrás una superficie blanca que no correspondía con la habitación visible desde el exterior.
Vio estructuras metálicas, algo semejante a soportes médicos y una camilla pequeña.
Ortiz tomó la cámara sin que nadie tuviera que pedírselo.
Disparó una vez. Reeves seguía mirando. Ninguno habló.
Después la abertura se estrechó hasta desaparecer y la puerta lateral se cerró.
La escena completa había ocurrido demasiado rápido para convertirla en explicación, pero los tres habían visto lo mismo desde posiciones ligeramente distintas.