CAPÍTULO 16
El primer nombre
En aquel entonces todavía no era el hombre cubierto de nombres que Marcela había visto en Austin.
Llevaba pocos tatuajes y recordaba a quién correspondía cada uno.
Life tampoco podía alcanzarlo con la facilidad de ahora.
Las instrucciones llegaban mediante un módulo físico sujeto al cinturón, una caja negra con pantalla angosta y controles que podía apagar con la mano.
Los cruces eran menos precisos y castigaban más al cuerpo.
Después quedaban náuseas, sabor metálico y un zumbido que podía acompañarlo durante horas.
La misión de Bastrop estaba clasificada como recuperación de contaminación tecnológica.
Un objeto perteneciente a otra época había aparecido donde no debía y un herrero llamado Abel Bell lo había encontrado.
Life quería el objeto de regreso, una evaluación de cuánto había visto el hombre y una decisión posterior sobre el riesgo.
Nada en la orden explicaba el origen del artefacto.
Tampoco hacía falta. En aquellos años él todavía creía que las categorías significaban exactamente lo que decían.
Abel dijo que había encontrado la pieza cuatro meses antes en una excavación abandonada cerca de la propiedad.
Al principio pensó que era algún metal extraño y la llevó al taller.
Después comenzaron las coincidencias. Algunos relojes dejaban de avanzar cuando permanecían demasiado cerca.
Los caballos se inquietaban antes de tormentas que todavía no podían oírse.
En ocasiones Abel despertaba convencido de que debía evitar un camino o retrasar una venta, y horas más tarde ocurría algo que hacía parecer correcta aquella decisión.
—¿La placa te habla? preguntó el operador.
—No. —Entonces ¿cómo sabes que viene de ahí?
—No lo sé. Abel apoyó el rifle contra la pared.
—Pero empezó después de que la traje. Primero pensé que era suerte.
Después empecé a probar. Pensaba en una pregunta antes de dormir y algunas mañanas despertaba con una respuesta.
No palabras. Más bien una certeza. —¿Qué preguntabas?
—Cosas pequeñas al principio. Si esperar una tormenta.
Si vender un caballo. Si confiar en alguien.
Después pregunté por cosas que todavía no habían pasado.
El operador miró la placa. —¿Y qué preguntaste sobre mí?
Abel sostuvo su mirada. —Cuándo ibas a llegar.
El módulo insistió en que recuperara el objeto y redujera la exposición.
Él extendió la mano, pero Abel no se apartó todavía.
—Quiero enseñarte algo antes. —No estoy aquí para hablar.
—Eso también lo sabía. La frase le molestó más de lo que quiso admitir.
Abel señaló la piel visible de su antebrazo.
—Esos nombres. ¿Son muertos? —Algunos. —¿Los mataste tú?
Él no respondió. En ese momento llevaba seis y todavía podía recordar con claridad por qué estaba cada uno allí.
Abel observó las marcas durante varios segundos.
—Tú trabajas para quien vino a buscar esto.
—Trabajo para Life. —No dije que no. —Entonces no entiendo qué estás diciendo.
—Que quizá no es lo mismo. El módulo vibró otra vez: RECUPERACIÓN INMEDIATA.
—No sabes para quién trabajo. Abel levantó la vista.
—Tú tampoco. Décadas después, dentro de la habitación aislada, el hombre tuvo que detenerse cuando recuperó aquella frase.
No porque ahora comprendiera lo que Abel había querido decir, sino porque ya no podía descartarlo con la misma facilidad.
Abel habló después de imágenes que habían comenzado a acompañar algunas respuestas.
No las describía como sueños. Eran fragmentos breves y demasiado nítidos: edificios que parecían tocar el cielo, vehículos moviéndose sin animales, habitaciones blancas, luces sin llama.
Entre ellas había visto a un hombre con su mismo apellido.
Arthur. No sabía cuándo viviría ni exactamente quién sería para él, solo que pertenecía a su descendencia y que aparecía rodeado de máquinas y documentos marcados por un símbolo que la placa parecía repetir algunas veces sobre su superficie.
—¿Qué hace Arthur? preguntó el operador.
—No lo sé. —¿Entonces por qué importa? —Porque cada vez que pregunto qué viene después, él aparece.
Abel miró hacia la casa. —Eso me basta para preocuparme.
El operador consultó el módulo. La respuesta fue breve: FAMILIA BELL: NO INTERVENIR.
Ninguna explicación. —Tus hijos no forman parte de la misión.
—¿Y yo? Antes de que pudiera responder, la clasificación cambió.
EXPOSICIÓN NO CONTENIDA. CORRECCIÓN AUTORIZADA.
El joven operador leyó la orden y no preguntó por qué.
En aquella etapa todavía aceptaba que Life poseía información que él no tenía y que obedecer era equivalente a evitar consecuencias que nunca llegaría a ver.
Abel comprendió el cambio en su expresión.
—Ahora sí vienes por mí. El operador levantó el dispositivo de pulso.
—Entrégame la placa. Abel la sostuvo con una mano.
—Vi otra cosa. —No importa. —A ti sí. El operador no bajó el arma.
—Habla. Abel tardó en encontrar las palabras.
—Te vi muchos años después. Con tantos nombres que ya no podía ver dónde empezaba uno y terminaba otro.
Había niños en un lugar blanco. Algunos te miraban como si ya supieran quién eras.
El joven operador sintió rechazo, casi vergüenza.
—No sabes lo que estás diciendo. —Probablemente no.
Abel acercó la placa a la mesa. —Pero tú tampoco.
El módulo emitió otro tono. CORRECCIÓN PENDIENTE.
Él activó el dispositivo. Abel movió la mano justo antes del pulso y tocó con la palma el borde azul de la placa.
La reacción fue inmediata. La línea azul se volvió blanca, las lámparas del taller murieron y el espacio pareció comprimirse hacia un punto situado entre ambos.
El caballo relinchó afuera. El módulo quedó sin señal.
La placa se fracturó con un sonido seco y una de las piezas salió despedida hacia el piso, desapareciendo entre tablas y tierra.
Otra quedó fundida contra la mesa. El pulso alcanzó a Abel de forma irregular y lo lanzó contra la pared.
Durante varios segundos el operador no pudo distinguir el taller de imágenes superpuestas: la misma habitación envejecida, después destruida, después cubierta por algo que no reconocía.
El módulo volvió a encenderse con una única orden: RETIRADA INMEDIATA.
La ventana de regreso comenzaba a formarse y no tendría otra.
Intentó localizar el fragmento perdido, pero las tablas se habían partido y parte del piso había colapsado sobre tierra oscura. Life insistió.
Abel seguía vivo junto a la pared, respirando con dificultad.
El operador tomó la pieza principal de la placa y retrocedió hacia la distorsión.
Fue entonces cuando Abel lo llamó. El hombre se volvió.
Tenía sangre en la boca y apenas podía mantener la cabeza levantada.
—Cuando encuentres a la niña —dijo—, no la mates.
El operador quiso preguntar qué niña. No tuvo tiempo. La habitación se deformó y desapareció.
La memoria recuperada terminaba allí. Lo siguiente que conservaba era una instalación médica de otra época, luz blanca y una evaluación que clasificaba la misión como completada.
No recordaba haber preguntado por Abel ni por el fragmento.
Tampoco recordaba el momento en que tatuó el nombre.
Eso era lo que más lo perturbaba. Podía entender haber olvidado detalles después de décadas, pero no recordaba haber decidido que Abel Bell merecía permanecer en su piel.
Tomó la hoja y escribió todo lo que todavía tenía: 1876.
Herrero. Placa negra. Arthur. Familia: no intervenir.
Niños en habitación blanca. La niña. Debajo trazó una línea y añadió: ¿POR QUÉ NO RECUERDO ESTA MISIÓN?
No escribió Marcela. No sabía si aquella niña tenía relación con ella y no estaba dispuesto a convertir una posibilidad en certeza solo porque necesitara respuestas.
Doblando la hoja, la guardó junto a la nota de Eleanor.
*
Marcela encontró a Abel Bell sin saber que, a más de un siglo de distancia, el hombre de los nombres acababa de recordarlo.
Miriam Sloane llamó a Reeves desde un teléfono prestado y pidió que regresaran a Georgetown.
Sobre la mesa había desplegado una genealogía elaborada décadas antes por la propia familia Bell.
Abel aparecía como antepasado directo de Arthur: herrero, nacido en 1826, propietario de tierras cerca de Bastrop y muerto oficialmente en 1877 tras un incendio que destruyó parte de la vivienda y el taller.
Lo más interesante estaba en las notas de Harold Wren.
Una de las primeras respuestas huérfanas de 1978 no contenía rutas ni números.
Contenía una sola palabra: ABEL. Arthur la reconoció por historias familiares y pocos días después viajó a Bastrop para investigar.
—¿Qué encontró? preguntó Marcela. —Wren nunca lo supo —respondió Miriam—.
Arthur regresó distinto. Antes discutía cada anomalía.
Después empezó a defenderlas. Marcela estudió el recorte sobre el incendio.
La esposa y los hijos de Abel se encontraban fuera de la propiedad cuando comenzó.
Varios vecinos habían mencionado un destello extraño cerca del taller la noche anterior, pero el periódico lo había incluido como uno más de los rumores alrededor de una muerte sin testigos.
—Puede significar cualquier cosa —dijo Reeves.
—Sí. —Pero Arthur recibe ABEL en 1978, investiga a su antepasado y después decide confiar en el sistema. —Eso sí podemos decir.