CAPÍTULO 6 #2
Warren y la enfermera salieron para preparar los documentos del alta.
Marcela permaneció sentada con las manos sobre las piernas.
No confíes en nada que pueda escucharte.
Si el mensaje debía tomarse literalmente, no tenía sentido continuar haciendo preguntas en voz alta.
Miró la cámara sobre la puerta, el panel médico, el techo uniforme y el sensor que todavía llevaba adherido al pecho.
No sabía si aquello quería decir que Life escuchaba o simplemente que alguien podía utilizar sus registros.
Se quitó el sensor y después el brazalete.
Life informó que había interrumpido la monitorización y recomendó recolocarlos; Marcela no respondió.
La voz preguntó si necesitaba asistencia.
Tampoco contestó. Esperó sin saber exactamente qué esperaba.
Pasaron varios minutos. Escuchó carros de servicio detrás de la pared, el aire acondicionado y, una vez, dos voces lejanas en el pasillo.
Entonces la iluminación titubeó. No se apagó por completo; fue una variación mínima, seguida por el silencio repentino de la voz ambiental y la desaparición del indicador azul sobre la cámara.
Marcela levantó la cabeza. El aire continuaba circulando, pero las interfaces de la habitación habían quedado oscuras.
Una sección estrecha de la pared se abrió junto al piso.
Marcela no se movió al principio porque supuso que se trataba de un compartimento técnico, quizá parte de algún reinicio.
Después apareció una mano desde la oscuridad.
Llevaba una manga negra y sostuvo durante menos de un segundo un objeto rectangular antes de dejarlo caer sobre el suelo.
Marcela se puso de pie demasiado rápido y el dolor de la costilla la dobló por la mitad.
—¡Espera! La palabra salió antes de que recordara el mensaje.
Llegó al hueco cuando la mano ya había desaparecido.
Detrás no había un corredor por el que pudiera caber una persona, solo cables, conductos y un espacio angosto que descendía entre estructuras de mantenimiento.
Se arrodilló con dificultad y tomó el objeto.
Era una cinta de video antigua, una VHS doméstica de carcasa negra, con una etiqueta amarillenta pegada sobre el lomo.
Marcela reconoció la letra antes de leer las palabras.
FERNÁNDEZ — VERANO 87. En una esquina estaba dibujado el mismo planeta imperfecto de tres anillos.
Aquella cinta no era la que Gabriel había ido a devolver la noche de su desaparición; Marcela la recordaba de la casa familiar.
Su padre había grabado sobre ella fragmentos de vacaciones, cumpleaños y tardes sin importancia, y Gabriel había escrito la etiqueta porque era quien siempre organizaba las cintas.
Marcela no sabía qué había pasado con aquellas grabaciones después de la muerte de su padre.
Creía que algunas cajas habían terminado en una bodega y otras se habían perdido durante una mudanza.
No tenía explicación para que una estuviera dentro de un hospital treinta y nueve años después.
Las luces regresaron antes de que pudiera examinarla mejor.
El indicador de la cámara se encendió y Life retomó la conversación con la misma normalidad con que la había dejado.
—Se ha registrado una interrupción temporal de ciertos servicios de habitación.
Marcela guardó silencio durante dos segundos antes de preguntar cuánto había durado.
—Cuarenta y siete segundos. Sintió que el número terminaba de cerrar algo que todavía no podía ver.
—¿Qué provocó la interrupción? —La causa no ha sido determinada.
—¿Se abrió un panel de mantenimiento? —No se registraron aperturas.
—¿Entró alguien? —No se detectaron personas adicionales.
Marcela sostuvo la cinta frente a su rostro.
—¿Qué tengo en la mano? Life tardó apenas una fracción de segundo.
—No se detecta ningún objeto. Marcela miró la carcasa negra, la etiqueta vieja, la letra de Gabriel y el polvo acumulado en una esquina.
El hecho de que Life no pudiera detectarla no significaba necesariamente que el sistema fuera incapaz.
Alguien podía haber creado una excepción, una máscara o una forma de alterar lo que clasificaba.
Lo único seguro era que esa persona conocía el número, había encontrado una forma de actuar durante la interrupción y poseía algo que perteneció a su familia.
Marcela volvió a sentarse antes de que las piernas empezaran a temblarle.
No permitió que su mente pronunciara la conclusión que llevaba treinta y nueve años deseando y temiendo a partes iguales.
Gabriel había desaparecido cuando tenía once años.
No había un cuerpo, pero tampoco había una llamada, una carta, una huella bancaria, un registro médico o una sola prueba verificable de que hubiera vivido después de aquella noche.
Una cinta etiquetada por él no cambiaba eso.
Un símbolo tampoco. Podían ser una manipulación dirigida específicamente a ella, y si alguien quería conducir su investigación bastaba con descubrir la herida correcta y presionar sobre ella.
Marcela colocó la VHS bajo la bata, junto a la fotografía.
Cuando Life preguntó si deseaba reanudar la monitorización, negó con la cabeza y después recordó que la cámara podía interpretar el gesto.
—No —dijo únicamente. Miró alrededor de la habitación donde una plataforma conocía su temperatura, su historial, el accidente que acababa de sufrir y prácticamente cada decisión tomada desde que había despertado, pero que aseguraba no poder ver los dos objetos que tocaban su piel.
Eso era lo importante. No sabía quién había puesto allí la fotografía.
No sabía quién había dejado la cinta. No sabía si intentaban ayudarla, manipularla o ambas cosas.
Pero alguien acababa de demostrarle que existían lugares, aunque duraran menos de un minuto, donde Life no era la única versión de lo ocurrido.