CAPÍTULO 6
—¿Dónde están mis pertenencias? La pared frente a ella se iluminó y desplegó un inventario: ropa, identificación policial, arma de servicio, reloj, llaves y dispositivo personal.
Marcela leyó dos veces antes de hablar. —Falta una carpeta.
—No se registró ninguna carpeta durante tu ingreso.
—Se la entregué a un paramédico. Contenía documentos y fotografías impresas.
—No se registraron materiales impresos entre tus pertenencias.
—Busca en la ambulancia. —La unidad fue inspeccionada y sanitizada después del traslado.
No se localizaron objetos personales adicionales.
Marcela apretó los dientes. —Muéstrame el ingreso.
La pared reconstruyó el interior de la ambulancia.
Se vio a sí misma sobre una camilla con el collar cervical puesto y dos paramédicos trabajando a su alrededor.
Pidió retroceder hasta el vehículo accidentado y activar el audio.
Su propia voz apareció entre ruido de herramientas y sirenas: “Primero tome la carpeta”.
El paramédico se inclinó y extendió ambas manos.
Marcela ordenó detener la imagen y ampliar.
Los dedos del hombre se cerraban en torno a un espacio vacío, en una posición demasiado precisa para parecer casual, pero en la reconstrucción no había nada entre ellos.
—Yo se la di. —La grabación no muestra ningún objeto.
Marcela recordaba el cartón presionado contra la costilla, el papel tibio que acababan de imprimir y la vieja cámara de Rachel dentro de la bolsa de evidencia.
Podía recordar incluso el peso desigual de la carpeta después de haber metido las fotografías.
—Comunícame con ese paramédico. —Actualmente se encuentra en servicio.
—Llámalo. —Tu médico recomienda limitar estímulos hasta completar la evaluación posterior al trauma.
Marcela levantó la vista. —¿Qué evaluación?
La primera persona que entró físicamente fue una enfermera llamada Sofía Martínez.
Llevaba uniforme azul oscuro y empujaba una bandeja suspendida a pocos centímetros del suelo.
Sobre ella había un vaso de agua y dos comprimidos.
Sofía explicó que eran un analgésico antiinflamatorio y un relajante muscular estándar para el dolor cervical.
Marcela pidió nombres, fabricante y dosis; la enfermera respondió sin dificultad, aunque tuvo que consultar la pantalla clínica para la concentración exacta.
Nada en los medicamentos resultaba sospechoso.
Aun así, Marcela los rechazó. —Puedo traer al médico si prefiere otra opción.
—Hazlo. —Al menos tome agua. —Quiero una botella cerrada.
Sofía sonrió con cierta incomodidad. —El hospital eliminó envases de un solo uso hace años.
Puedo traerle una botella esterilizada que usted misma abra.
Marcela estuvo a punto de aceptar, pero se detuvo al darse cuenta de lo que estaba haciendo: comenzaba a tratar cualquier objeto conectado con Life como una amenaza.
Eso era exactamente lo que Reeves había temido.
—Está bien —dijo finalmente—. Tráigala. Antes de que Sofía se marchara, Marcela preguntó si había estado presente cuando llegó.
La enfermera negó. —Entonces quiero que encuentre a quien sí estuvo.
Pregúntele si yo traía una carpeta. No revise el expediente.
Pregúntele a una persona. Sofía la miró con curiosidad, pero asintió.
—Lo haré. Cuando salió, Marcela contempló durante varios segundos el sensor de su pecho.
Podía arrancárselo, apagar su reloj y negarse a hablar, pero la habitación seguiría sabiendo que estaba allí por temperatura, presión, sonido y movimiento.
No sabía todavía si debía temerlo. Saber que algo podía observarla no significaba que conspirara contra ella.
El problema era que, después de Teal Avenue y del automóvil, tampoco podía fingir que esa diferencia carecía de importancia.
Pidió abrir el compartimento de pertenencias y una sección de la pared se deslizó.
Su ropa estaba doblada, el arma permanecía dentro de una caja de seguridad y el reloj aparecía apagado junto a las llaves.
El teléfono no estaba allí; Asuntos Internos lo había retenido temporalmente para preservar información vinculada con el accidente.
Marcela tomó la camiseta y encontró debajo un rectángulo de papel.
Se quedó inmóvil antes de tocarlo. Era una fotografía de Rachel y Ethan en South Padre Island, la misma que había visto durante la reconstrucción de la casa: Rachel abrazaba al niño por la cintura y Ethan sostenía el flotador naranja bajo el brazo mientras ambos reían hacia la cámara.
No era la impresión médica que había protegido después de encontrar el escondite de Rachel, pero recordaba haberla visto entre las fotografías de la carpeta.
Levantó el papel hacia la luz. —¿Quién entró en esta habitación?
Life proyectó una lista de personal autorizado: dos enfermeras, un médico, un técnico de imagen y un auxiliar automatizado.
—¿Quién puso esta fotografía aquí? Hubo una pausa.
—No identifico el objeto al que te refieres.
Marcela miró la foto. —¿Qué tengo en la mano?
—No se detecta ningún objeto sostenido en tu mano derecha.
El miedo llegó de una forma distinta a la del vehículo.
Allí el sistema había ejercido demasiado control; en ese momento parecía tener un punto ciego.
Marcela pasó el pulgar por la superficie del papel, comprobando su textura, y después lo volteó.
En el reverso había una frase escrita a mano con tinta negra: NO CONFÍES EN NADA QUE PUEDA ESCUCHARTE.
Debajo aparecía un círculo imperfecto cruzado por tres líneas curvas.
Marcela dejó de respirar. Reconocía aquel dibujo aunque no lo hubiera visto en décadas.
Gabriel lo hacía en las etiquetas de algunas cintas domésticas de la familia y en sus cuadernos escolares, asegurando que era un planeta con tres anillos aunque siempre parecía algo dibujado demasiado deprisa.
Nadie fuera de su casa habría tenido razón para recordarlo.
Marcela pasó el dedo sobre las líneas y comprobó que la tinta no pertenecía a la impresión fotográfica.
El primer pensamiento llegó con demasiada fuerza y lo rechazó antes de permitir que tomara forma.
No significaba que Gabriel hubiera escrito aquello.
Podía significar que alguien había tenido acceso a objetos de la familia, a archivos que ella desconocía o incluso a recuerdos descritos años atrás.
Si alguien podía consultar su declaración infantil sin permiso, no resultaba imposible que hubiera encontrado otras cosas.
Lo único que podía afirmar era que una fotografía de la evidencia desaparecida había terminado dentro de un compartimento vigilado, Life aseguraba no verla y el reverso contenía un símbolo asociado íntimamente con su hermano.
Eso era suficiente. Doblar la fotografía le pareció sacrilegio, pero necesitaba ocultarla; la deslizó entre la bata y su cintura justo antes de que la puerta volviera a abrirse.
Sofía regresó acompañada por un médico mayor que se presentó como Elias Warren, director clínico de turno.
No era quien había tratado las lesiones de Marcela, y eso la puso en guardia antes de que dijera una palabra.
Warren revisó los resultados de imagen y explicó que no veía razones para una hospitalización prolongada, pero el alta requería una evaluación neurológica básica y la entrevista postraumática solicitada por el departamento.
—Rechazo la entrevista —dijo Marcela. —Puede hacerlo.
Eso quedará documentado y será el departamento quien decida si afecta su reincorporación.
La respuesta no era la que esperaba. —Entonces quiero irme.
—Después de que comprobemos que puede caminar sin mareos y firme el rechazo de tratamiento, no puedo retenerla contra su voluntad.
Sofía dejó sobre la mesa una botella reutilizable con un sello físico en la tapa y explicó que había hablado con uno de los enfermeros presentes en el ingreso.
—Recuerda que usted insistía en conservar algo —dijo—.
No supo decirme qué. Dijo que pensó que era una cartera o quizá documentos.
Marcela miró al médico. —¿Eso aparece en mi expediente?
Warren consultó la pared. —No. —Entonces una persona recuerda algo que las cámaras no muestran.
—Eso parece. No intentó discutirlo ni sugerir que ella lo hubiera imaginado, lo cual hizo que Marcela se sintiera peor por haber esperado una confrontación.
Warren indicó que el golpe y la sedación podían afectar memoria reciente sin convertirla necesariamente en falsa, y recomendó que cualquier discrepancia se investigara como parte del accidente.
Era una respuesta sensata. Marcela agradeció a Sofía la botella, bebió por primera vez desde que había despertado y decidió no mencionar la fotografía.