54 · ANTES DE GABRIEL
ANTES DE GAbrIEL
Cuando Sofía tenía trece años, la policía le devolvió a su madre una bolsa transparente con el reloj de Mateo. El cristal estaba agrietado, pero las agujas seguían marcando una hora. Su madre no quiso repararlo; lo guardó en un cajón con los recibos de la funeraria. A Sofía le costó años tocarlo.
Clara, por su parte, conservó el espejo retrovisor del coche durante meses.
Cambió el parabrisas, pulió los restos de pintura, vendió el vehículo.
El espejo siguió en una caja de mudanzas hasta que una tarde lo tiró a un contenedor sin pensar.
Durante mucho tiempo confundió aquel gesto con haber pasado página.
Quince años antes, Mateo Sanz no caminaba por la carretera.
Había salido de un bar de carretera después de discutir con el camarero por un taxi que nunca llegó. Había bebido. Más de lo que su hija sabría jamás. Menos de lo que Clara necesitó contarse después.
Gabriel y Clara salieron del mismo bar veinte minutos más tarde.
Tenían veinte años y esa sensación de invulnerabilidad que la juventud confunde con suerte.
Clara conducía porque Gabriel estaba peor.
A tres kilómetros del bar vieron a Mateo haciendo autostop.
Gabriel dijo que no parasen.
Clara frenó.
No por bondad.
Porque Mateo había golpeado unos minutos antes el lateral del coche en el aparcamiento al discutir con Gabriel.
—¿Qué haces? —preguntó él.
—Quiero que pague el espejo.
Mateo se acercó a la ventanilla.
La discusión duró menos de dos minutos.
Las fotografías del padre de Gabriel congelaron solo instantes.
No registraron las palabras.
Mateo llamó a Clara niña rica.
Clara le dijo borracho de mierda.
Mateo golpeó el techo del coche.
Gabriel salió.
Los empujones empezaron.
Y entonces apareció Julián Luján con su Mercedes porque su hijo lo había llamado desde el bar.
—Se acabó —gritó.
Mateo retrocedió por la carretera.
—Os voy a denunciar —dijo.
Clara volvió al coche.
Gabriel creyó que se marcharían.
Julián creyó lo mismo.
Mateo levantó el brazo y gritó algo que Clara no oyó a través del cristal.
Ella arrancó.
Primera.
Segunda.
Gabriel golpeó la ventanilla.
—¡Clara, para!
Ella no quería atropellarlo.
Eso era lo que se repetiría durante quince años.
Y era verdad.
Solo que no era toda la verdad.
Quería asustarlo.
Quería que saltara al arcén.
Quería verlo correr después de haberla insultado.
Aceleró.
Mateo se movió tarde.
El golpe sonó mucho más pequeño de lo que Clara habría imaginado.
Un impacto seco.
El parabrisas estalló en una estrella blanca.
Gabriel gritó.
Clara frenó cien metros más adelante.
No dejó marcas cerca del punto de impacto porque no había intentado frenar antes.
Esa era la parte que había borrado primero de su memoria.
Después vinieron las demás.
Mateo respirando.
Gabriel queriendo llamar al 112.
Julián quitándole el teléfono de la mano.
—Si llamas ahora, la hundes —dijo.
—Está vivo.
—Yo me ocupo.
Clara lloraba junto al coche.
—No puedo ir a la cárcel.
Gabriel la miró.
Y tomó la decisión que lo acompañaría durante quince años.
Se fueron.
Julián también.
No llamó a una ambulancia.
Más tarde diría que pensó hacerlo desde una gasolinera para no quedar vinculado.
Nunca lo hizo.
Un conductor encontró a Mateo a las cuatro y doce.
Todavía tenía pulso.
Murió durante el traslado.
Años después, cuando Clara decía fue un accidente, no estaba mintiendo del todo.
Había una diferencia enorme entre querer matar a un hombre y acelerar hacia él para asustarlo.
En el tribunal de su conciencia, aquella diferencia había sido suficiente durante mucho tiempo.
Para Gabriel dejó de serlo.
Y por eso volvió.