Capítulo 25 — La verdad de Marcela
(Presente — Juliana)
—Estás haciendo exactamente lo mismo que hiciste hace cinco años —dijo Marcela, por videollamada a la mañana siguiente, con esa honestidad brutal y cariñosa que solo la familia más cercana se permite sin miedo a las consecuencias—.
Estás huyendo preventivamente antes de darle a él siquiera la oportunidad real de quedarse.
—No estoy huyendo de nada. Estoy siendo prudente y cuidadosa.
—Juliana. Te conozco literalmente desde que naciste. Esto no es prudencia disfrazada, es pánico puro con un disfraz bastante elegante.
Me quedé en silencio un momento largo, porque honestamente no tenía un buen contraargumento que ofrecer.
—Él se quedó ahí toda la noche esperando que le respondieras algo —continuó Marcela, con un tono considerablemente más suave—.
Camila me contó que se sentó completamente solo en el jardín, en el mismo lugar exacto donde hablaron ustedes dos, durante casi una hora entera.
No se fue con Valentina, ni con ninguna otra persona del evento.
Se quedó ahí, esperando pacientemente un mensaje tuyo que nunca terminó de llegar.
—¿Y qué se supone exactamente que haga con esa información, Marcela? La última vez que confié plenamente en que esto podía funcionar entre nosotros, terminó destrozándome por completo durante meses.
—La última vez tenían apenas veintitrés años y absolutamente ningún plan concreto más allá de "vamos a intentarlo y a ver qué pasa después".
—Marcela suspiró audiblemente—. Ahora los dos son adultos completamente hechos, con vidas propias construidas, con la sabiduría dolorosamente adquirida de saber exactamente qué fue lo que salió mal la primera vez que lo intentaron.
Eso no es, por supuesto, ninguna garantía absoluta de que vaya a funcionar esta segunda vez.
Pero es, sin duda, una oportunidad radicalmente distinta a la que tuvieron entonces, siendo tan jóvenes.
Miré la pantalla en silencio durante un largo momento, sintiendo que algo dentro de mí, algo que llevaba años enteros cuidadosamente protegido detrás de listas de tareas y planes meticulosos y control absoluto sobre cada aspecto de mi vida, empezaba, muy lentamente, casi imperceptiblemente, a ceder por fin.
—Tengo mucho miedo —admití finalmente, en una voz muy baja.
—Lo sé perfectamente bien. Pero el miedo no debería ser lo único que tome esta decisión tan importante por ti, Juliana.