101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 48 #2
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Capítulo 48 #2

—¿ Papá? —Es la voz de Youssef, después su manita intentando girar el pomo otra vez.

—La puerta está cerrada con llave, hijo.

— Mmm —piensa un poco, habla con los guardias fuera—. ¿Puedo entrar?

Quería pasar la noche en vela y resolver de una vez todos estos problemas, pero le había prometido a Dandara y a mí mismo que sería un hombre mejor.

Tenía ocupaciones importantes ahora, porque oficialmente era el presidente del país, pero esto era temporal.

Podía durar seis, doce, no sé cuántos años.

Yo soy padre de Youssef para siempre. Y él solo es un niño por ahora.

—Claro que puedes entrar, hijo. —Abro la puerta y le doy paso.

Los hombres que protegen la puerta me miran con miedo, desconcertados, me piden perdón en silencio por la intromisión y yo minimizo todo con un guiño.

Cierro la puerta y acompaño a Youssef hasta la mesa.

—Qué desorden —el pequeño analiza.

—Sí, papá está intentando ordenar las cosas —es mi justificación por tanto papeleo esparcido por la mesa.

—Dandara te va a regañar, ¡ay ay ay! —Apunta el índice al aire.

—No le gusta el desorden, ¿eh? —Cierro el portátil y empiezo a organizar los papeles—. A papá tampoco le gusta, pero a veces las cosas quedan fuera de orden antes de ordenarse —explico.

— Papá —Youssef apoya los codos en la mesa después de dejar su tablet encima—. Necesito ayuda con matemáticas —dice triste.

—Mmm, ¿cuál es tu dificultad? —Voy a la silla a su lado y observo los ejercicios del colegio en el aparato.

—No sé hacer divisiones si no es por 2 —lamenta.

— Mmm... —Analizo los problemas—. Solo sabes dividir por dos.

—Sí. —Mordisquea la punta del lápiz magnético que usa para escribir en el aparato.

Yo cuidadosamente alejo el objeto de su boca, sin regañarlo.

—Entonces divide esta cuenta de aquí por 2 —pido, en el problema que pide dividir por 5.

—Pero el ejercicio dice...

—Sí, sé lo que dice el ejercicio, pero papá quiere verte dividir por 2.

Youssef se acomoda de forma graciosa en la silla, se estira todo para hacer la cuenta delante de mí, es bastante ágil y dedicado, termina tan rápido que no me lo creería si no lo hubiera visto.

—Me lo enseñó el tío Rashid —dice orgulloso—. Me ayudaba con matemáticas, pero ahora no está aquí para ayudarme. —Pone un mohín.

—Lo sé, hijo. —Le acaricio el pelo—. Y te enseñó bien, ¿eh? Mira, la respuesta está bien —sonrío—. Estoy orgulloso de ti.

—Pero no sé dividir por 5 —dice indignado.

—Por 2 es más fácil, ¿no? —Cojo el lápiz de su mano y le enseño cómo hacer la cuenta ahora dividiendo por 5—. Pero a veces hay que dividir por más que 2. Es como tú y yo, solo éramos nosotros dos. Y todo lo que teníamos era solo nuestro.

—Sí. —Se mete el dedo en la boca, yo cautelosamente se lo quito, sin regañarlo.

—Pero imagínate, llegó Dandara. Ahora está su abuela, Janaína, la madre de Dandara.

—5 —dice sorprendido.

—Sí. Pero Dandara también va a ser mamá —le recuerdo.

—Sí, pero ella puede seguir siendo mi mamá también, ¿no?

—Eso es, sí lo será. Porque el amor es eso, el amor es no dejar que falte para nadie. Entonces esto es una cantidad de amor. —Le enseño el número que hay que dividir—. Y esto es para cuántos tiene que llegar ese amor, de forma igual.

— Mmm —se queda muy interesado.

—A veces sale un número quebrado, porque el amor es así, ¿vale? —Le enseño el número después de la coma en el resultado—. Lo importante es darlo todo y que el amor quede igual a 0 aquí.

—¿Pero si el amor queda igual a 0 se acaba?

—En la cuenta, sí —ladeo la cabeza—. Pero si cada uno a quien se le divide el amor devuelve lo que recibió —le enseño en la cuenta—. ¿Ves? El amor se llena de nuevo.

—Hala —dice sorprendido, parece que la cabeza le va a estallar.

—¿Sabías que el concepto de 0 lo inventaron los árabes? Personas como tú y yo.

—Sí —dice orgulloso.

—Nuestro pueblo siempre fue muy inteligente. Y tenemos que luchar para que siga así, para que en el futuro haya más inventores, pensadores y gente que cambie el mundo. —Le acaricio el pelo.

Observo al pequeño hacer las otras cuentas, tarda mucho más e intenta imitar mi forma de calcular, pero al final, todos los resultados salen bien.

—Gracias, papá. —Apaga el tablet y lo abraza contra el cuerpo.

—Puedes venir a buscarme siempre que necesites, tu papá siempre estará aquí por ti, ¿vale?

—Vale. ¿Eres muy importante ahora, no?

— Mmm —asiento con la cabeza.

—Lo vi en la televisión y todo el mundo lo dijo. Tú eres el presidente.

—Sí —concuerdo, salgo de la silla en la que estoy y me siento en el sillón detrás de la mesa.

—¿ Papá?

—¿Sí, Youssef?

—¿Yo soy tu heredero?

—Sí, Jeque Youssef —reabro el portátil.

— Mmm… ¿qué quieres que haga? —Se levanta y se pone en una posición como si fuera un soldadito—. El tío Malik dijo que tú empezaste a ser entrenado cuando tenías mi edad…

— Mmm —arqueo la ceja y lo observo.

—¿Qué quieres que haga para ser un buen heredero?

Tuve mucho miedo de que ese momento llegara. Y no tenía idea de qué diría cuando llegara la hora.

Entonces llegó Dandara y descubrí la respuesta. La tengo en la punta de la lengua:

—Para ser un buen heredero, tienes que ir a jugar.

— ¿Jugar?

—Eso, ser niño. Ve a jugar, ve a comer algo rico, sigue haciendo los deberes y llama a papá cuando no sepas responder. Respeta a tus tíos, a los mayores, confía en tu papá y cuando tu papá haga algo mal, dímelo.

— Mmm —parece nítidamente confuso.

—Para ser un buen heredero, Youssef, tienes que ser un buen hermano. Y para ser un buen hermano, tienes que ser un niño feliz, porque solo da felicidad quien tiene felicidad.

—Vale, papá.

—¿Vas a cuidar de tu hermano o hermana que venga de Dandara?

—Sí, papá —dice de un modo dedicado, abraza el 1 ablet contra el cuerpo como si fuera el propio bebé que llegará pronto.

—Yo solo puedo ser un buen presidente si soy un buen padre. ¿Cómo voy a cuidar de millones de personas si no sé cuidar de vosotros? —Espero que saboree estas palabras y las entienda con la madurez de sus 7 años.

—Tú me cuidas bien —es su respuesta.

Yo discrepo de él. Creo que puedo ser mejor.

Dandara, él y ahora el futuro bebé me hacen querer ser una persona mejor y dedicarme más a ellos, como merecen.

—Y pretendo seguir cuidando bien de ti, incluso de formas que no entiendes, hijo. Porque solo así podré ser un buen presidente —asiento—. ¿Estás ansioso por conocer a tu hermano o hermana?

—¡Sí! —dice muy animado.

—Yo también. En breve él o ella llegará. Así que prepárate para ser un buen hermano y te garantizo, hijo, que serás el mejor heredero posible.

—Sí, papá. Te quiero —sonríe.

—Yo también te quiero, hijo. Mucho —sonrío.

Youssef se dirige a la salida, pero antes de girar la llave y coger el pomo, se vuelve hacia mí.

—¿Estás muy ocupado, papá?

—Sí. —Reabro el portátil—. No para ti ni para Dandara —lo observo por encima de la pantalla.

—Es que… —dice de un modo tímido y se queda callado.

—Puedes hablar, Youssef.

—Quería ver «Una Mente Maravillosa» , era la película favorita del tío Rashid, quiero acordarme de él.

— Mmm.

—¿Puedes verla conmigo?

—Puedo. —Cierro la pantalla del portátil—. ¿Quieres verla en el 1 ablet, en la televisión o en el cine del palacio?

—¿Puedo llamar a Dandara? —Quiere saber primero.

—Claro, hijo.

—Entonces el cine —dice—. Pero todo el mundo tiene que sentarse juntito.

—¿Tú llamas a Dandara? Yo voy a llamar para que preparen el cine y cosas ricas para comer.

—¡Palomitas! —dice.

—Voy a pedirlas, no te preocupes.

—¡Refresco! —Cuenta con los dedos.

—Refresco no, hijo.

—Pero a Dandara le gusta y lo bebe a escondidas —delata a la otra.

Me cubro la cara y me rasco la frente despacio. Madre mía, tengo que arreglar esto. Probablemente necesito conseguir a alguien que haga refresco pero sin todos esos conservantes y azúcar…

—Va a tener bebé, no puede pasar antojo —dice en tono de alerta.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Dandara —dice con sencillez.

—Vale, no pasará antojo —garantizo—. Puedes ir a llamarla, voy a prepararlo todo.

—Vale —dice animado, gira el pomo, pero antes de salir, se vuelve de golpe—. ¿ Papá?

—¿Sí?

—¿Estoy molestando a tu trabajo?

Termino de ordenar mi mesa, para luego decir.

—No, hijo. Sois tan importantes como mi trabajo.

Dicho esto, el chaval sale corriendo y gritando animado por los pasillos, no parece importarle que ya sea tarde de noche y haya gente intentando descansar.

Tras dejar la mesa ordenada, me levanto y observo el cuadro detrás de mí.

Ahora ya no son papá y yo los que estamos en la pared, sino Youssef y yo.

Esto cambió todas las perspectivas. Empecé a ver la fotografía ya no con honor y orgullo por estar al lado de mi padre, sino el peso del deber, de la obligación, un recordatorio explícito de que tengo que trabajar incansablemente día y noche, bajo sudor, lágrimas y sangre, porque un día voy a dejar esta silla y la ocupará mi niño.

¿Sería esto lo que mi padre tenía en mente cuando veía el cuadro?

No lo sé. Nunca me lo dijo. Pero algo en su mirada cuando veía la imagen es bastante similar a como yo veo ahora.

El mundo ya no es para mí.

Es para Youssef y todos los hijos que tendré con Dandara.