101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 44 #2
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Capítulo 44 #2

—Estaba con los hombres que invadieron el palacio —Dandara se toma un momento para recuperar el aliento—. Intentó matarme.

—¿Dónde está? —Vuelvo la cara y me preparo para ir a buscarla.

—Se convirtió en tentempié del gatito-gatito —Dandara dice con una tranquilidad que me impresiona.

—Gatito-gatito es un buen niño —Youssef intenta defender al bicho—. Solo va a tener mala indigest... indigen ... dolor de tripa —concluye.

—Abusaba de tu hijo. ¿Lo sabías?

Soy bombardeado con tanta información que es difícil procesarla.

—¿ Faridah? —Hago una mueca.

—¡Mató a mamá! —Youssef grita.

—¿ Qué? —Les pido calma a los dos, porque esta historia está escalando rápido—. Sara y Faridah eran mejores amigas. ¡Crecieron juntas!

—Y eso no le impidió matar a su mejor amiga —Dandara dice seria—. ¡Porque estaba enamorada de ti! Y cuando se dio cuenta de que no podía conquistarte, empezó a abusar de tu hijo.

—Espera. —Miro de uno al otro—. ¿Qué?

—¡¿Vas a decir que ni siquiera sabías que estaba enamorada de ti?! —Dandara dice indignada.

—¿Faridah? —Necesito asegurarme de que hablamos de la misma persona—. ¿La esposa de Omar?

—¡¿Por qué los hombres os hacéis los idiotas?! —Dandara cruza los brazos—. Me di cuenta en el primer instante en que vi a aquella cabro... —Se da cuenta de que Youssef la está mirando—. Aquella cabra en el palacio. —Se rasca la nuca.

Realmente no tenía ni idea de nada de esto sobre Faridah.

Ella que estuvo al lado de Sara, desde el inicio del trabajo de parto y tras la muerte de la amiga, cuidó de Youssef como si fuera su propio hijo.

Pensé que era bueno, así el niño crecería con el cariño de alguien que era madre y sería capaz de darle todo lo que yo no podía.

Eso me dio la oportunidad de dedicarme al trabajo, ayudar a mi padre, proveer todo lo que mi hijo necesitaba. Nunca miré a la esposa de mi hermano de otra manera y me desconcierta imaginar que guardaba tantos secretos, y encima uno de estos.

Faridah era una buena mujer, dedicada, obediente, sumisa. Todo lo que un hombre como yo querría, de hecho. Pero el destino quiso que me enamorara de otra mujer, una completamente distinta a Faridah.

—¿Por qué no me lo contaste antes? —le pregunto a Dandara.

—¿Me habrías creído?

—Yo... —me trago mis propias palabras—. No sé. Siento como si estuviéramos hablando de personas completamente distintas —me vuelvo hacia Youssef—. Hijo, ¿por qué tantos secretos? ¿Por qué no me dijiste lo que había en tu móvil? ¿Que viste lo que le pasó al abuelo? ¿Que tu tía te hacía eso?

Baja la cabeza y pone un mohín grande.

Tengo que agacharme para entrar en su campo visual, le toco los lados de la cara.

—No te estoy regañando, hijo mío. —Le presiono las mejillas—. Te quiero. Para protegerte necesito saber lo que te pasa. No le escondas nada a tu papá, ¡tienes que contármelo todo!

Asiente despacio y mantiene un semblante triste.

—Los dos —regaño, pero mantengo un tono suave, porque ya han pasado por demasiadas cosas esta noche—. Si me ocultáis cosas, ¿cómo puedo protegeros? ¿No confiáis en mí?

Ambos parecen entender el mensaje.

—No podemos ser familia si no confiamos los unos en los otros. Si no hablamos los unos con los otros. —Miro a Dandara—. No sé, no sé cuál habría sido mi reacción al oír lo de Faridah hace meses, pero me habría puesto de tu lado.

—Perdóname. Fui inocente, pensé que si sacaba a Youssef de sus garras, todo se arreglaría...

Espero una respuesta de mi hijo.

—Gatito-gatito tiene la tripita llena —es su respuesta.

Dandara contiene la risa para no escupirme el agua a la cara y yo respiro hondo para no perder los nervios.

—Tenemos que hablar —oigo la voz de Raffaello invadir la cocina.

Samira y mi madre entran a continuación.

—¿Y ahora qué? —Le muestro a Raffaello que no estoy en un buen momento.

—Mira esto. —Me entrega su móvil.

En las fotos veo tatuajes hechos de un modo no convencional en la nuca de los hombres que invadieron el palacio. Es pequeño, meticuloso, pasaría desapercibido para otra persona, pero Raffaello no es ese tipo de persona.

—Un escorpión —observo—. ¿Todos lo tenían?

—Sí.

—¿Escorpión? —Dandara se mete en la conversación—. ¿Otra vez un escorpión?

—Sí. Mismo formato que los que capturé en casa de tu abuela —Raffaello pondera.

—A mí casi me picó uno en el palacio hace un tiempo. —Coge el móvil—. Era exactamente así —confirma al ver el tatuaje.

—¿Un escorpión casi te picó hace un tiempo? —Entrecierro los ojos—. ¿Y no me contaste nada?

—Era un... escorpión. —Encoge los hombros—. Bichos así entran en casa sin más, yo qué sé.

— Dandara... ¡¿cuántas veces tendré que pedirte que no juegues con cosas serias?! —gruño—. Bueno, ahora solo queda encontrar al responsable y...

—¿Pero no es obvio? —Mi hermana me quita el móvil de la mano.

Estupendo, van a estar quitándome el aparato cada vez que vuelve a mis manos.

—Cada uno de los clanes tenía un símbolo en la época en que eran nómadas —mi hermana, doctora en historia del arte, pesada hasta decir basta, va a empezar a dar una conferencia—. Toma. —Me devuelve el aparato.

—Gracias.

Busca en su propio móvil algo y me enseña las imágenes que son de un museo de los Emiratos.

—Es el mismo bicho —Raffaello analiza.

—Símbolo del clan Al Shawari que decían descender directamente de un poderoso líder Hashashin.

—¿ Qué? —Dandara no entiende nada de lo que dice.

—Los Hashshin eran una secta, una orden secreta, como los templarios —ejemplifico para que lo entienda—.

Eran extremistas del islam, asesinos entrenados para cumplir misiones...

Fundamentalistas, no les gustaba el rumbo que la religión podía tomar, permitiéndoles a las mujeres tener...

ciertos derechos —suspiro—. Pero la orden se acabó hace siglos.

—¿ Se acabó? —Samira me provoca.