Capítulo 44
Jeque Khaled
Cuando el Cielo Cae
«Quien no tiene nada por lo que morir, no tiene nada por lo que vivir».
—Proverbio árabe.
El día en que Khaled reencontró a su Madre
—Hola, hijo mío. Mi niño —me toca la cara.
Pierdo los movimientos del cuerpo un instante, olvido hasta cómo se respira. En algún momento vuelvo a la realidad, lo consigo al pestañear y limpiar la imagen que tengo delante: mi madre. Años más vieja de lo que recuerdo, pero aun así, mi madre.
Sus ojos son los mismos de cuando me acostaba para dormir y me contaba cuentos, sus labios se expanden en una sonrisa materna y reconfortante, sus manos parecen un huracán que barre, arranca pedazos de mí, me saca de mi sitio.
Ni siquiera sé ya si estoy parado en el mismo lugar.
—Mantuve contacto con Elizabeth todos estos años, pero nunca la conocí en persona —explica momentos después, cuando estoy sentado y bebiendo algo salado para que me suba la tensión.
Leonardo, hijo de Elizabeth, asiente.
—Nos conocimos por casualidad... ella quería descubrir más sobre su madre, ya que nació y creció rodeada de la familia paterna, los Boccutti —acaricia por encima de mi mano y sonríe—. Alguien le contó que el último lugar en el que su madre estuvo fue Brasil, y fue a por más información.
—¿Wilhermina? —Haakon pregunta.
—No, mamá solo conoció a Willy después —Leonardo analiza.
—Como era médica, Elizabeth conocía a un joven prometedor italiano, Alfredo Lamarphe, que estaba perdidamente enamorado de ella y que intentó ayudarla a encontrar a su madre, pero no tuvieron éxito.
El hijo de Elizabeth acompaña la historia y asiente a cada palabra.
—Entonces un día, en un lugar llamado Restaurante Romano, Elizabeth conoció a Wilhermina, que iba acompañada de su mejor amigo, Rodrigo Leão. Y... se enamoraron perdidamente desde el instante en que se vieron.
Yo siempre dudé de esas historias en las que una mirada lo cambia todo, pero después de Dandara, podía entenderlo. Es algo que va más allá de la materia, parece sagrado, atómico, nuclear.
—Se casaron. Y tuvieron un hijo llamado Viktor —mi madre cuenta esta historia como si estuviera en un libro como Las Mil y Una Noches, con riqueza de detalles—.
Rodrigo y su socio Eduardo tenían una gran constructora, la Leão&Dourado, una de las empresas más poderosas de Brasil y que se extendió por el mundo. ¡Llegó hasta a los Emiratos!
Es mi turno de asentir. La constructora Leão&Dourado fue responsable de varios edificios en los Emiratos bajo la gestión de un hombre llamado Graco Leão.
—Resulta que, en determinado momento, Elizabeth se dio cuenta de que había una conspiración que conectaba a todas las familias ricas que había conocido. Y solo se percató de eso días antes de que Graco Leão, el hermano de Rodrigo, lo matara, igual que hizo con Eduardo.
Haakon me mira, absorto, se esfuerza por seguir el razonamiento.
—Esa conspiración tenía niveles. Primero mataron a los dueños de la Leão&Dourado y entonces Graco, el asesino, controlado por quién sabe quién , asumió —hace una pausa para asegurarse de que todos seguíamos la historia—.
Eso ocurrió porque la empresa servía de lavado de dinero, Graco, que era del departamento financiero, lo coordinaba.
Y cuando Rodrigo y Eduardo lo descubrieron, intentaron llevarlo a la justicia.
—¿Qué tiene eso que ver con los Kjaerlighet? —Haakon está ansioso por la parte en la que su familia entra en la historia.
—Ese dinero desviado se usó para traficar drogas, armas y personas por toda América Latina.
Curiosamente... —lanza una mirada al rey del norte—.
Algo similar había pasado en el Septentrión.
Solo que el Rey Saavedra, también conocido como «Rey Loco» , intentó exterminar a toda la familia Kjaerlighet, solo que eso ocurrió veinticinco años antes del nacimiento de Elizabeth.
—Hoy sabemos que Joseph Boccutti tuvo con Luma Kjaerlighet, hija del rey Kjaerlighet, a Elizabeth —Haakon asiente.
—Mi padre secuestró a Luma Kjaerlighet, la madre de Elizabeth —mamá explica y eso hace que se me dé vueltas la cabeza—. Y tuvo con ella, a mi madre.
—¿Quién era ese hombre?
—Maximillian... —hace una pausa—. Boccutti. El hermano menor de Joseph.
—Sabía que era un gran «culebrón de familia» —Leonardo suspira, encoge los hombros.
—Cuando reunimos esa información, nos preguntamos por qué había ocurrido eso.
No conseguíamos entenderlo... y Joseph ya no está vivo para explicar nada.
—Mi madre pone morros—. Pero nos dimos cuenta de que tras todo lo que acabo de narrar, la familia Boccutti, que no estaba ni entre las 30 familias más ricas del mundo, se convirtió en la duodécima, en el lugar de los Kjaerlighet.
—Y ahora son la sexta —observo—. Estamos justo detrás de ellos, los Al Makariam somos la séptima —miro a Haakon.
La forma en la que me mira muestra que ha conectado los puntos.
—¿De dónde viene la fortuna de los Boccutti? —Haakon le pregunta a Crystal.
—Hoy dominan la industria farmacéutica y médica. Fábricas, centros de investigación, laboratorios en todo el mundo. Pero de dónde vino esa riqueza antes de eso... nunca conseguimos descubrirlo.
Sé cuándo mi madre miente. Me doy cuenta de que está omitiendo esa información por algún motivo, o quizá no quiere decir con todas las palabras que su bisabuelo y su abuelo fueron responsables de toda esta mierda.
—No tienen escrúpulos —Haakon parece en shock—. ¿Exterminaron familias y fomentaron tráfico de personas, armas y drogas solo por dinero?
—Solo para ser la familia número uno, la más rica y poderosa del mundo —cruzo los brazos y apoyo la espalda en el sofá.
—Cuando Elizabeth y yo nos dimos cuenta de eso y sabiendo qué familias poderosas están alrededor de los Boccutti, empezó a unir a las familias que fueron destruidas —mamá sonríe—.
Los Leão, Dourado, Mattarazzo... Mitchell, Cavalieri, Lamarphe, Saavedra, Kjaerlighet...
—sonríe a Haakon—. Yo también hice mi parte de este lado, ya fuera espiando a quién controlaban los Boccutti o haciendo alianzas con familias que perdieron su poder.
—Y hay una novedad —Leonardo nos mira de un modo sigiloso.
—¿Cuál?
—Los Boccutti no lo saben, pero hay una heredera fuera del árbol genealógico.
Una que fue escondida de la familia y tiene derecho a una buena parte de la fortuna —Leonardo muestra que este punto es importante—.
Mi madre, Elizabeth, heredó todo de Joseph, que ya era 1/3 de toda la fortuna.
Cada uno de los otros dos hijos heredó 1/3.
Pero uno de los descendientes tuvo una hija que escondió todo este tiempo...
Y ella es la que marcará la diferencia. Porque su parte del poder puede desestabilizarlo todo y cambiar el juego.
—¿Quién es esa? —pregunto.
—Aurora Lopez —mi madre dice—. Si esa chica se pasa a nuestro lado, nuestras posibilidades de ganar esta guerra son mayores.
Actualmente
No tenía intenciones de quedarme en Haza Hal más tiempo, pero tuve que volver a Awmaj con urgencia cuando supe de lo ocurrido.
Mi corazón se cerró por completo y mi alma se quedó helada cuando vi parte de mi palacio en llamas, coches de policía, bomberos y una multitud rodeándolo fuera de los muros.
Trastabillé unos pasos y se me nubló la vista al mirar la escena apocalíptica. Parecía justo eso: el fin del mundo.
El olor del hollín, la visión de los escombros, toda esa gente acumulada, nada me afectó más que la preocupación: ¿dónde estaban Dandara, Youssef, Rashid, los empleados del palacio?
—Hola, hijo mío. Mi niño. —Me toca la cara—. No tenemos más tiempo, ellos van a actuar. Tenemos que hacer todo lo planeado esta noche —informa y se cubre la cabeza con el velo, se mezcla entre la gente.
Recé, dentro de mi corazón, para que no le hubiera pasado nada a nadie. Sabía que perder a mi mujer o a mi hijo me destruirían por completo de una forma irreversible, de una forma de la que jamás podría curarme.
—¡ Papá! —En cuanto cruzo la puerta, veo a Youssef venir con los brazos abiertos hacia mí. Lo abrazo contra mi cuerpo al sacarlo del suelo, le veo bien de cerca la cara.
—¿Estás bien? ¿Te han hecho daño? ¿Estás bien? —Mi cabeza entra en cortocircuito.
El niño no me responde nada, solo me abraza con todas sus fuerzas.
—Dandara. —Para mi completo alivio, la segunda persona a la que veo es a ella, lo que ya me tranquiliza la mente.
Veo a Raffaello seguir adelante y observar la escalinata, desaparece por el pasillo.
—Zayn —respira hondo, es perceptible el esfuerzo que hace para no llorar.
Abrazo a los dos y compruebo si están bien, si los han herido. Dandara tiene una mano vendada, por lo demás parece estar entera.
—Vinimos en cuanto nos lo contó —Haakon me sujeta del hombro.
Doy un vistazo panorámico y veo todo destrozado: mis caras obras de arte, jarrones y tapicería que eran regalos de reyes y presidentes..., pero no es eso lo que me revuelve el estómago.
En el suelo veo caras conocidas, mi cerebro tarda en procesar quién es quién, tarda aún más en descifrar quién falta.
Hamzah, Malik y mis otros hermanos están aquí, me alegro de que hayan venido. Cuento mentalmente las otras caras: Samira... Janaína...
—¿Dónde está tu abuela? —Sujeto la cara de Dandara.
—Ella... —se queda jadeante—. Los médicos ya la han llevado al hospital, el cuadro es muy grave. Le dispararon —entonces rompe a llorar.
Sujeto el hombro de mi mujer y la llevo a un lugar más reservado, para que esté cómoda y menos expuesta.
Cuando llegamos a la cocina de la planta baja, pongo a Youssef encima de la encimera y cojo agua para Dandara.
—Va a estar bien —ella misma dice tras dar un trago—. Los niños consiguieron contener la sangre mucho tiempo, los médicos llegaron rápido... —aunque no llora, solloza.
— Papá, la tía Faridah intentó matar a mi hermano que ni siquiera ha nacido —Youssef es quien empieza a llorar ahora.
¡Por Alá! ¿Cómo voy a manejar a estos dos así?
—¿Cómo? —Levanto las cejas, solo para asegurarme de que oí bien.