Capítulo 34
Jeque Khaled
Cosas que necesitan ser dichas
«La ignorancia es el peor conocimiento».
—Proverbio árabe.
Intento tirar de la memoria alguna vez que vi a Dandara perder los nervios y no me acuerdo.
Ella grita, me golpea los hombros con los puños cerrados, me sacude, dice cosas que no tienen ningún sentido.
—¿Por qué no me lo contaste antes?
—Literalmente acabo de descubrirlo...
—¿Y por qué no me lo contaste cuando lo descubriste? ¿Ibas a esconderme esto? —Los médicos que pasan junto a nosotros en el pasillo exigen silencio con la mirada.
—Te lo acabo de contar.
—Ah, ¿estabas esperando a que diera a luz para contármelo? —Ignora mi respuesta, me da un manotazo en el hombro—. ¿O no ibas a contármelo, me ibas a sedar, harías todo el trabajo de parto mientras yo estuviera durmiendo y ni me lo ibas a contar?
—Dandara, ¿estás oyendo lo que dices? —En algún momento pensé en sujetarla y detener sus movimientos, pero la conozco, sé que solo prolongaría la rabia.
Aún dice cosas inconexas, mantiene los ojos como platos, me golpea unas tres veces hasta que se detiene y empieza a tirarse del propio pelo. Sale a paso largo y yo la sigo.
—¿Adónde te crees que vas?
—Ah, ¿ahora ya no puedo ir adonde quiero, sin que me sigas?
—No estás en tu estado normal, solo quiero garantizar que estés bien —explico.
—¡Estoy normal, sí! —grita y me da nuevas bofetadas.
—Señores, esto es un hospital, ¿pueden hacer silencio? O llamaré al guardia. —Una médica mayor sale de su consulta y cruza los brazos.
—No fui yo, fue él. —Me señala.
—No importa quién fue, si siguen haciendo ruido, se les invitará a retirarse. —La mujer se queda aún unos segundos en el pasillo, después entra en la consulta.
Dandara bufa, suelta sonidos irritados con la nariz, la boca, evita mirarme cuando la acompaño en el ascensor. Ni siquiera me dice adónde va, solo entiendo lo que hace cuando se detiene en una farmacia a una manzana del hospital y vuelve con la misma furia y velocidad con la que salió.
—Si me hubieras dicho que querías una prueba de embarazo... —Saco una del bolsillo.
—No cooperas, ¿eh? ¿Por qué no me dijiste que tenías una?
—¡Porque tú no me dijiste que la querías!
—¿Ves? ¡Ese es tu problema! —Se encierra en el baño.
Cada 5 minutos llamo a la puerta solo para comprobar si está viva; en respuesta tengo sonidos que recuerdan a un dragón durmiendo encima de su oro. Cuando sale, parece que le hubieran robado todas las riquezas.
—Dandara. —Le sujeto el brazo.
—¿Ahora vas a impedirme caminar libremente? ¿Solo porque llevo un bebé real? ¿Un mini milkshake?
—¿Qué es eso? —Arqueo la ceja.
—¡Respóndeme! —Exige.
—No voy a impedirte caminar libremente. Estás en tu país, ya estás familiarizada con este lugar, solo quiero garantizar que estés bien y no te hagas daño.
Tarda en aceptarlo, pero cuando lo hace, sale irritada de vuelta al ascensor.
Es difícil seguirle el paso y el ascensor se llena rápido, así que tengo que coger otro. Tardo un rato en encontrarla de nuevo en la planta en la que su hermana está ingresada y, en cuanto la veo, está delante del móvil viendo un vídeo, y me doy cuenta de que se oye una voz masculina.
Está tan en shock que ni se mueve.
Aún alcanzo a oír:
— Para reparar mi error, lo que hice contigo y con tu hermana, voy a pagar toda la pensión que no envié. También necesito que sepas, hija mía, que te quise mucho, pero no estaba preparado para la responsabilidad de tener una hija especial...
Es una voz suave, dulce, no se parece ni de lejos al hombre que visité.
Espío la pantalla del móvil y veo que el padre de Dandara está bastante delgado. Sus ojos muestran exactamente lo que esperaba: el pavor de reencontrarme un día. Que podría traducirse fácilmente con:
— Se está muriendo —murmura—. Me mandó el vídeo y me bloqueó. —Sacude la cabeza en negación—. ¿Cómo puede hacer eso? Ni quiso oírme.
—Llámalo.
En cuanto me escucha, lo hace. Lo intenta tres veces y no consigue. Le entrego mi móvil y prueba con el mío, el número del padre; tras llamar una vez da fuera de cobertura.
—Es tan cobarde... —llora, irritada.
—Sé que estás cabreada. —Le masajeo el dorso de la mano que esconde su cara—. Sé que tienes miedo, Dandara. Pero tú no eres tu madre, yo no soy tu padre. Te prometo que no vamos a cometer los mismos errores.
—Los errores pueden ser peores, ¿no, Khaled? —alza la cara de golpe—. Al fin y al cabo, «mi hijo» te pertenece. Va a nacer en tu cultura, tu hijo va a practicar tu religión, tu hijo va a hablar tu idioma! ¡No va a tener nada mío!
—Estás nerviosa —lucho hasta conseguir entrelazar nuestros dedos—. Yo también. He perdido a alguien en la misma situación, pero tú tampoco eres Sara.
Parece que eso la trae a la realidad, recibe un shock.
—El hijo de un hombre musulmán nace musulmán, igual que el hijo de una mujer judía siempre nace judío.
Eso no significa, Dandara, que nuestro hijo no vaya a aprender con la madre.
A comer cuscuz, a hablar portugués, a ir a tu iglesia si así lo deseas, a visitar a tu abuela, a tu hermana.
Yo te lo prometo, yo te doy mi palabra. Va a ser un príncipe, pero su madre va a ser una reina.
Y no solo él, todas las personas tendrán que respetar eso.
Está tan descontrolada, loca y fuera de sí que hace cosas sin ningún sentido.
Ahora me besa. Me agarra el rostro con fuerza, consigue moverme del sitio, así que me equilibro como puedo, y me besa.
Es una mezcla de pasión, miedo, inquietud, pero por encima de todo, siento que confía en mí. Y es todo lo que necesitamos para construir algo juntos, porque yo confío en ella.
—¡Nunca más me escondas cosas!
—Literalmente te lo conté dos días después de saberlo, no te lo dije antes porque estabas en un estado de salud complicado.
—No importa. Pensaste en escondérmelo.
—¿Ahora lees pensamientos? —Arqueo la ceja.
—Sí, tener un bebé dentro de mí me ha dado poderes —pone los ojos en blanco.
*
Dandara actuó dentro de lo esperado, aunque su mente entrara en cortocircuito al principio.
Aún cogía el móvil para ver y oír el vídeo de su padre, no parecía obtener placer con ello, pero intentaba encontrar algo no dicho, algún tipo de mensaje secreto.
Sus palabras eran muy objetivas y directas, no daban margen para ninguna interpretación: él se equivocó, convenció a su propia mujer de no cuidar el estado de Janaína, se fue porque era demasiado para él y tuvo otra familia.
Era eso.
No sé si respondía a las preguntas que ella venía alimentando en los últimos años, pero eran las respuestas que él tenía para ofrecer.
Cuando intenté llamar al número que ella escribió en mi móvil, por la noche, daba un mensaje de voz: este número no existe.
Cuando la abuela llegó y se prepararon para relevarse, llevé a Dandara a casa y garanticé que estuviera bien, con todo lo que necesitaba.
—¿Puedes dejarme sola unas horas? Tengo que pensar.
—Claro.
Raffaello y yo volvimos al hospital.
Él tenía un asunto que tratar con su primo y yo necesitaba descifrar otras cosas en mi cabeza.
Al principio, cuando oí a Dandara decir que el médico que iba a operar a su hermana se llamaba Guilhermo Lamarphe, me puse a pensar qué tipo de coincidencia era esa.
No conocía al doctor Lamarphe, pero tenía el apellido de mi mejor amigo.
De niño, mi madre decía que las coincidencias no existían. Que el universo era un gran rompecabezas de millones de piezas y que, por mucho que algunas fueran idénticas, no eran las mismas piezas.
Supongamos que sea un rompecabezas sobre una granja. Existen cientos de piezas verdes y eso no significa que ocupen el mismo espacio, sino la misma imagen.
Todo se va conectando poco a poco hasta que es posible ver lo que se está montando. Igual que con un lienzo en blanco que un día se convertiría en la Mona Lisa o un archivo de texto vacío abierto que un día se convirtió en El Código Da Vinci.
—Doctor Guilhermo —digo en cuanto abre la puerta de su consulta, casualmente está acompañado de un médico alto, cabello largo, ojos verdes. A este lo conozco.
—Señor Al Makariam, pase.
Todo lo que Guilhermo sabe sobre mí es que estoy acompañando a la familia Bernardes. Debe de saber, claro, que soy un Jeque, fuera de eso, nada más.
La sorpresa estampada en su mirada al ver a su primo, Raffaello Lamarphe, lo deja paralizado en el tiempo y el espacio, los ojos fijos en el hombre.
—Ayslan. —Estrecho la mano del médico, primo del rey Haakon.
—¿Qué tal, Khaled? ¿Has tenido buen viaje? —Sonríe de modo amable.
—¿Os conocéis? —Guilhermo estira el cuello hacia su amigo.
—¿Qué tal, primo? —Raffaello lo dice en italiano, saluda al pariente con dos besos en la cara y lo mira muy de cerca.
—¿Está pasando algo que yo no sepa? —pregunta descolocado, tras los saludos iniciales.
—La verdad, sí. Y tenemos que tratarlo ahora —Raffaello asiente con la cabeza.
—Vamos a un sitio más reservado —el Lamarphe que está en silla de ruedas echa una mirada a su propia sala, sospechando de algo—. Conozco el lugar ideal.
Tres plantas más abajo de la consulta del médico, entramos en un dormitorio amplio, muy limpio; hay una cama individual en un rincón, estanterías abarrotadas de libros, una mesa en el centro con cuatro sillas, y cada uno se sienta allí.
—Si necesitan ir al baño, está allí. —Señala la puerta del rincón que está entreabierta—. ¿Qué es todo esto? —Pide explicaciones a Ayslan y Raffaello—. ¿Os conocéis?
—Nos conocimos en la coronación de su primo —Raffaello lo dice para completa sorpresa de Guilhermo, que ni debe de saber de qué está hablando el otro.
—No lo sabe —Ayslan sacude la cabeza.
Respiro hondo y deslizo los dedos sobre la mesa mientras miro a los otros tres hombres. Tengo que ir desde el comienzo para que el doctor Lamarphe comprenda.
—Tu mujer y tus hijos corren peligro.
Creo que es una buena introducción. ¿Cómo hacer que este hombre preste atención a mis palabras? Explicándole el motivo por el que debe hacerlo.
—¿Yasmin? —Sonríe de un modo confundido—. No es el tipo de mujer que se mete en líos...
Ayslan lo censura con la mirada y yo continúo.