101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 26 #2
39%

Capítulo 26 #2

Cómo es capaz de chuparme el coño y atarme con una cuerda, no lo sé. Solo sé que hace ambas cosas muy bien, porque me quedo atrapada en su boca y con las manos mojadas. Es decir, ¡ni yo misma sé lo que me está pasando!

—No.

—Y nunca más podrás serlo —garantiza.

Este hombre chupa cada rincón de mi cuerpo; sé que el hormigueo se extiende, una sensación de ser una corriente eléctrica o un chihuahua temblando sin parar; lo hace hasta terminar de atarme. Piernas, brazos, manos, tronco, todo.

Cuando me quita la venda, me doy cuenta de que no estoy en nuestro cuarto. Estoy en otro lugar.

Es una habitación, hay una cama, pero hay espejos por todos los rincones, hasta en el suelo y en el techo.

— ¡Estoy suspendida! —Me asusto, miro a mi alrededor, estoy colgada por una cuerda del techo, pero el cuerpo no me duele tanto.

—Estás volando —corrige la información.

Su cuerpo enteramente desnudo está húmedo y perfumado con un aceite que deja sus músculos con aún más definición. Su polla sigue dura, apuntando hacia arriba, se balancea de un modo hipnótico cuando Khaled camina a mi alrededor.

Consigo verlo desde diversos ángulos diferentes y eso es excitante.

—¿Qué lugar es este? —pregunto cuando dejo de mirar lo que no debo.

—No necesitas saberlo, porque soy yo quien va a traerte aquí —empuja mi cuerpo y empiezo a balancearme suavemente en el aire, de verdad siento como si estuviera volando.

—Vas a acabar con mi juicio, lo sabes, ¿no?

—Estar lejos de ti durante tres días va a acabar con el mío —asiente—. Por eso vamos a aprovechar este momento.

No tengo nada más que decir y, como tampoco puedo hacer nada más que mirar, solo parpadeo y sonrío.

—Soy muy observador. —El Jeque pasa la mano por mi piel caliente—. Y ninguno de nuestros momentos pasa desapercibido. Sobre todo porque pienso en ellos todo el tiempo. —Me da una palmada en el culo con la mano abierta.

Me muerdo el labio inferior y disfruto la sensación de balancearme.

—Hay algo en tus ojos, Dandara. —Me acaricia la cara, me guía hacia su polla, la restriega en mi cara y me hace abrir la boca para tragarla, casi entera de una vez y luego despacio, mostrando lo bueno que es follando.

Es excitante verlo en acción, sobre todo delante de mi cara. En mi cara.

—Cuando pierdes el control y te uso como quiero, veo algo genuino en tu mirada. —Me sujeta el cabello y aparta mi cara de su polla—. Eres toda calientita, toda mandona y atrevida. Pero te gusta que te usen como a un juguetito.

¿Y dije lo contrario alguna vez?

Parpadeo despacio.

—¿Te gusta que te use? —Sus dedos me pellizcan los pezones, la sensación no sería la misma si no hubiera usado ese aceite en mí.

El tacto ha cambiado. La piel reacciona distinto.

—Me gusta, sí —admito.

—¿Te gusta que te folle? —Su mano me masajea la vagina, tres dedos entran y salen muy despacio, insistentemente, hasta me olvido de lo que ha preguntado.

—Me gusta —respondo, como quien no sabe ni qué acaba de leer en el examen y necesita marcar una alternativa.

—Porque a mí me gusta usarte y me gusta follarte. —Balancea mi cuerpo con un leve empujón; en uno de esos vaivenes del movimiento, siento su polla entrar en mí hasta el fondo.

Mi cuerpo intenta estirarse a toda costa, un escalofrío me baja por la columna y busco aire con todas mis fuerzas, pero los pulmones me arden.

—Me gusta hacerte perder el control. —Sigue sacudiéndome, me da la libertad de flotar por encima de los espejos, verme desde diversos ángulos y volver para que su polla quede enterrada hasta el fondo dentro de mí.

Mi cuerpo arde como nunca lo había sentido antes. Es más intenso que la fiebre, más alucinante que cualquier droga, simplemente parezco estar fuera del tiempo y del espacio, en una especie de sueño.

—Y quiero que recuerdes esto, todas las noches en las que no estés en mi cama. —Empuja con fuerza su polla dentro de mí y no sé si gimo, si grito, si pido más—. Y si intentas huir de mí, si esa hipótesis se te pasa por la cabeza, sepas que haría lo que fuera necesario para recuperarte.

¡El síndrome de Estocolmo llamó a mi puerta... y abrí! Señoras y señores, estoy ¡volando en una polla descomunal!

Bromas aparte y pensamientos aleatorios que se me pasan por la cabeza, siento algo que no sé describir. Esto es exactamente como la primera vez que me subió a su caballo y lo hizo salir disparado sin que yo siquiera estuviera preparada.

Fue algo emocionante, loco y que me hizo pensar que no tengo juicio.

Todo esto ahora es lo mismo, solo que elevado a diez.

—Eres mía. —Encaja el cuerpo detrás de mí y tira de mí cuando me pasa el brazo por delante del cuerpo, hace que mi espalda toque su pecho—. Lo sabes, ¿no?

—Sí.

—Entonces, dímelo, Dandara.

— Soy tuya —digo enseguida.

—No estoy convencido de eso —se hunde dentro de mí, me hace retorcerme, o por lo menos retorcerme hasta donde puedo.

— Soy tuya, Khaled —insisto, las palabras tiemblan, igual que mi cuerpo, con cada estocada fuerte que da.

—No sé si soy capaz de prestar atención a lo que dices, estoy distraído con las mil y una mujeres que me interesan. —Señala el espejo.

De hecho, hay muchas versiones mías reflejadas en ellos. No sé si son mil y una, pero son muchas. Una Dandara asustada, excitada, volando, loca, tempestuosa, excitada, protectora, luchadora, excitada.

Joder, de verdad estoy muy excitada.

Khaled sonríe como si pudiera leer mi pensamiento. Sale de dentro de mí y pasa los dedos por mi vagina, me muestra la mano abierta delante de la cara y luego señala el suelo. Un charquito incoloro en la palma y allí.

—Esto fue solo de ti —tras decirlo, se lame los dedos y toda la mano.

Después va hasta el suelo, toca el líquido con el índice y se lo lleva a la boca; por último vuelve a mí, va directo a la fuente, me pasa la lengua por las carnes sensibles y succiona despacito, del modo en que le gusta hacer con mi juicio.

— ¿Esto es bueno? —No sé por qué lo pregunto, solo sé que es lo que sale.

—Esto es todo lo que necesito para vivir.