Epílogo
Dos años después
La Fundación Mateo Acosta tiene sede propia desde el invierno pasado.
Pequeña: un edificio rehabilitado a dos calles del polideportivo, con una sala de espera, dos consultas, un aparato de ecos que ya es nuestro y no prestado, y un patio detrás.
Los sábados de cribado se llena de críos y de padres nerviosos, y yo paso consulta de la mañana a la tarde escuchando corazones de nueve, de doce, de quince años, casi todos sanos y aburridos, que es lo que rezo cada mañana que sean.
Soy residente mayor de cardiología ya, en el último tramo, con Whitfield todavía encima de mí pero cada vez más como colega y menos como verdugo.
La mancha de mi expediente se borró hace tiempo, cumplido el plazo.
Nadie me llama enterradora desde hace años.
Aquí me llaman doctora Acosta, y los críos me llaman «la del fonendo frío», y mi madre, cuando viene, me llama por mi nombre con una cara que no le veía desde antes de que se nos muriera Mateo.
A través de la ventana de la consulta se ve la pista de hielo de al lado. Y en la pista, casi siempre, está Theo.
* * *
Lo veo entre paciente y paciente. Patinando despacio, sin esfuerzo, como le dejan, con el aparato vigilándole el corazón debajo de la cicatriz, dando voces a una manada de niños de nueve años que lo adoran y lo ignoran exactamente a partes iguales.
Les grita instrucciones que no siguen. Les enseña a caerse sin hacerse daño, que es lo primero que hay que aprender en el hielo y lo último que aprende nadie.
Ninguno de ellos sabe quién fue. Para esos críos, el coach Marchetti es un tío grande que patina raro y trae el bizcocho los sábados.
No saben que llevan el catorce colgado en el techo de otro pabellón.
Mejor. Theo dice que entrenar a quien no sabe que fuiste una estrella es lo más limpio que ha hecho con el hockey en su vida.
Y yo, desde la consulta, entre un electro y otro, levanto la vista y lo veo ahí, vivo, con la cara roja del esfuerzo bueno, el del que se cansa porque quiere y no porque le obligan.
Todavía hay días en que me acuerdo de una línea recta en una pantalla de hace cuatro años, de un pitido que no se rompía.
Y entonces lo miro patinar despacio detrás de un crío de nueve años y se me pasa, porque aquella línea no se quedó recta.
Volvió a subir y a bajar. Está ahí, subiendo y bajando, gritándole a un niño que doble las rodillas.
En la pared del pasillo de la fundación hay dos cosas enmarcadas, una al lado de la otra.
La primera es una foto de mi hermano. Mateo, diecinueve años, con la camiseta de fútbol, riéndose de algo que ya nadie recuerda, vivo para siempre en un papel fotográfico.
La segunda es un electrocardiograma. El original.
El de Theo, el de hace cuatro años, el que le hice yo a escondidas y que detectó lo que tenía dentro.
Lo enmarcó él. Lo trajo un día sin avisar, lo colgó al lado de Mateo y, cuando le pregunté por qué, dijo una sola frase: «Es el papel que me salvó la vida dos veces».
Y tenía razón. Aquel trazado salvó a Theo la primera vez, cuando lo leí y nadie me hizo caso, y la segunda, cuando fue la prueba que lo apartó del hielo para siempre.
Un papel con unas rayas y el rastro de una máquina.
Mi madre, la primera vez que lo vio, se quedó callada delante del marco mucho rato.
«Lo de los papelitos con las rayas», me había dicho ella una vez, hablando de Mateo, «la máquina esa.
Eso era todo lo que hacía falta». Ahora ese papel y esa máquina están colgados en una pared, enmarcados, presidiendo un sitio donde a cientos de críos sí les hacen lo que a su hijo no le hicieron.
No le dije nada. Le pasé el brazo por los hombros.
Las dos miramos el marco. No hacía falta más.
* * *
Dominic viene cada tres meses. Puntual como un reloj y siempre un poco incómodo, con su traje gris, a pasar un rato en la fundación, a preguntar si necesitamos algo, a hacer una donación que nunca anuncia.
No hemos vuelto a ser una familia. No sé si lo seremos.
Pero viene. Theo lo recibe, hablan media hora de cosas sin importancia, y se va.
Una vez le pregunté a Theo si ya lo había perdonado.
Me dijo que no. Que lo estaba perdonando.
A plazos. Que cada visita de estas era como pagar un poco de una deuda enorme, y que algún día, dentro de mucho, a lo mejor estaría saldada, y a lo mejor no, pero que mientras Dominic siguiera viniendo a pagar, él seguiría dejándole pagar.
No es perdón. Es algo más lento y más honesto.
Es un hermano construyéndose despacio el derecho a volver.
En el patio de detrás, junto a la puerta, hay una peonía. Plantada. En tierra. Viva.
La pusimos nosotros el primer día. Theo tenía, en un libro que ya no esconde, cuatro peonías secas de hace años, prensadas, marrones, guardadas como reliquias de un amor que tuvo que vivir muerto y a escondidas.
Un día las sacó, las miró, y en vez de guardarlas otra vez compró una planta y la metió en la tierra del patio.
«Las de antes están secas», dijo. «Las guardábamos porque era lo único que nos dejaban tener, un amor de flores prensadas.
Ya no. Ya no coleccionamos cosas muertas».
Y plantó una peonía viva, que cada primavera florece blanca al lado de la puerta por la que entran los críos.
En primavera, cuando se abre, algún padre pregunta qué flor es.
Theo contesta siempre lo mismo, que es una peonía, sin contar nada más.
Pero me busca con la mirada desde el otro lado del patio cuando lo dice.
Y los dos sabemos que esa flor viva, la única, vale por las cuatro secas del libro y por todas las del altar de aquella noche juntas.
* * *
Esta tarde, al terminar la última consulta, salí a la valla de la pista a buscarlo.
Theo vino patinando hasta mí, despacio, con dos críos de nueve años colgados, uno de cada brazo, chillando, los tres a punto de caerse y a los tres dándoles igual.
Frenó en la valla como frena él ahora, sin elegancia, con el aparato haciéndole bien su trabajo callado debajo de la cicatriz.
Soltó a los críos, que salieron disparados, y se apoyó en la valla, sudado y contento.
—¿Has comido? —fue lo primero que dijo. Siempre es lo primero que dice—. No has comido. Te lo noto en la cara. Llevas desde las ocho con corazones y no has parado a comer.
—He comido media barrita.
—Media barrita no es comer.
—Empezamos otra vez con la barrita.
—Es que media barrita no es comer, Renata, lo diga quien lo diga, y tú eres médica, deberías saberlo mejor que…
Le cogí la muñeca por encima de la valla y le puse dos dedos en el pulso, para que se callara.
Lo hago siempre que se pone pesado. Setenta y pocos, tranquilo, ordenado, vigilado, vivo.
Ya no se lo tomo por miedo. Se lo tomo por costumbre, que es lo que pasa con los gestos que un día fueron de vida o muerte: si tienes suerte, se vuelven aburridos.
Se calló, sonrió, me dejó la muñeca un rato entre los dedos como hacía en un lago hace cuatro años, y me dijo que esa noche cocinaba él, que ni barritas ni nada, que íbamos a cenar como personas.
Volveríamos juntos al piso. Al feo, al de la cocina de los ochenta, que dos años después sigue siendo feo y sigue siendo nuestro, con los dos nombres en el buzón de abajo.
Cenaríamos. Discutiríamos de otra tontería.
Y antes de dormir le tomaría el pulso una última vez, por costumbre, por gusto, y lo notaría tranquilo y ordenado debajo de los dedos.
Y mientras discutíamos por una barrita energética, en la valla de una pista municipal, con dos críos chillando detrás, el catorce en otro techo, una peonía viva en el patio y un electro enmarcado en la pared al lado de mi hermano, pensé en lo lejos que estábamos de donde empezamos, y en la frase con la que el mundo entero había resumido nuestra historia sin saber nada de ella.
Me odiaba a muerte. O eso creíamos los dos. Ahora me quiere a vida. Y por primera vez en nuestra historia, los dos sabemos exactamente lo mismo.