Capítulo 41
Theo
Toda esta historia ha ido de mi corazón, y hasta ese día yo no había tenido una sola conversación de verdad sobre él.
Sobre qué tenía exactamente. Sobre qué me esperaba.
La tuve por fin sentado en la consulta de Whitfield, que ya no era la cardióloga del enemigo ni la perito del comité, sino, a partir de ese día, simplemente mi cardióloga.
Me lo explicó sin rodeos, que es como hay que explicar estas cosas.
Tengo miocardiopatía hipertrófica. El músculo de mi corazón, sobre todo una pared, está engrosado de más, de nacimiento, por una lotería genética que me tocó y a otros no.
Un corazón demasiado grueso no se relaja bien, y en los momentos de esfuerzo grande puede ponerse a latir de forma caótica, una arritmia mortal, y pararse.
Sin avisar. Como una máquina que funciona perfectamente durante años hasta el segundo exacto en que deja de funcionar.
—Eso fue lo que le pasó a usted en el hielo —dijo—. No fue mala suerte ni un golpe. Fue esto. Su corazón hizo lo que los corazones como el suyo hacen cuando se les exige demasiado.
Aproveché que la tenía delante para preguntarle por la otra cosa, la de la cabeza: por qué me había borrado lo de Renata y me había dejado el odio intacto, tan a la carta que parecía aposta.
Me contestó con la honradez de los buenos médicos: que la anoxia hace cosas raras con la memoria, que casi nunca borra tan limpio ni tan a la medida, y que lo mío era de los casos atípicos que ni los neurólogos terminan de explicar. El cerebro, a veces, decide solo.
Después le pregunté lo que llevaba toda la novela sin atreverme a preguntar en serio.
—¿Me va a volver a pasar?
—Puede —dijo, sin suavizarlo—. Por eso vamos a ponerle una red.
* * *
La red se llama DAI. Desfibrilador automático implantable.
Whitfield me lo dibujó en un papel: un aparato del tamaño de una caja de cerillas grande, que se mete bajo la piel, aquí, debajo de la clavícula izquierda, con un cable finísimo que llega hasta dentro del corazón.
Y lo que hace es vigilar. Día y noche, durante años, sin descanso, escuchando cada latido.
Y el día que el corazón se desboque otra vez, que se ponga a latir de esa forma caótica que mata, el aparato lo nota en segundos y suelta una descarga.
Una patada eléctrica. Y vuelve a arrancarlo.
—No le cura nada —me dijo, para que no me hiciera ilusiones—.
El músculo va a seguir engrosado. Esto no arregla el corazón.
Lo que hace es que la próxima vez que intente matarlo, no lo consiga.
Es un seguro de vida metido en el pecho.
Vivirá con él dentro y casi se olvidará de que está ahí, hasta el día, si llega, en que le salve la vida.
Lo entendí. Una máquina pequeña que me vigila el corazón para que la próxima vez no me quede tirado en el hielo cuatro minutos esperando a que alguien me arranque.
Una máquina haciendo lo que una máquina debería haber hecho hace años.
Y pensé en una grada y en un chico de diecinueve años que se cayó en un campo de fútbol porque a él nadie le puso ninguna máquina.
Renata llevaba toda la vida intentando llegar a tiempo a esa grada.
A mí me iba a llegar a tiempo. Por fin alguien llegaba a tiempo.
Mientras Whitfield hablaba, yo iba atando cabos hacia atrás, como hago siempre.
El cansancio raro de algunos entrenamientos que achacaba a estar desentrenado.
El pulso a ciento diez en un lago helado a las cuatro de la mañana sin moverme.
Llevaba años con un corazón avisándome en un idioma que yo no sabía leer, y solo una persona en el mundo lo había sabido leer a tiempo. Y le había costado todo por leerlo.
Y entonces vino el veredicto. El de verdad. El que ninguna historia de deporte quiere dar.
—Lo que no va a poder hacer nunca más —dijo Whitfield, mirándome a los ojos para que no quedara duda—, es jugar al hockey de competición.
Ni con DAI ni sin él. El esfuerzo extremo es justo lo que dispara la arritmia que casi lo mata.
Y el contacto pondría en peligro el cable y el aparato.
No es una recomendación, señor Marchetti.
Es un no médico, firme y definitivo. Su carrera deportiva terminó en aquel hielo. No va a volver.
* * *
Y aquí está lo raro, lo que no me esperaba de mí.
Llevaba toda la vida creyendo que esa frase me iba a destruir.
«No vas a volver a jugar.» Llevaba meses dándole vueltas como al peor de los castigos.
El draft, la carrera, los millones, el nombre en una camiseta, todo lo que mi padre me había metido en la cabeza desde que tenía cinco años como lo único que daba sentido a mi existencia.
Pensé que perder eso sería como morirme otra vez.
Pero cuando Whitfield lo dijo, en voz alta, definitivo, me di cuenta de una cosa: esa parte ya la había llorado.
La solté en una rueda de prensa, cuando me planté contra mi padre.
El draft, la carrera, el imperio Marchetti, todo aquello lo había enterrado ya, y resulta que pesaba menos de lo que me habían hecho creer toda la vida.
Lo que me dolió, lo que me partió de verdad ahí sentado en la consulta, fue otra cosa. Algo mucho más pequeño y mucho más mío.
Me acordé del lago. De una madrugada de nueve de febrero, dos años atrás, en un lago helado fuera del condado, dando volteretas sobre el hielo a las cuatro de la mañana sin pensar en nada, sin saber que tenía una bomba dentro, riéndome con todo el cuerpo, libre como solo se es cuando no sabes que eres frágil.
Aquel chico patinaba sin miedo. No conocía la palabra «corazón» más que para las cosas del amor.
Se subía a un hielo y su cuerpo era suyo y respondía y no le había traicionado nunca.
Por ese chico era el duelo. No por el draft.
Por el chico del lago que patinaba sin miedo y que no iba a volver.
Ese se quedó en el hielo aquella noche del partido, y no hay desfibrilador que lo resucite.
A partir de ahora, cada vez que pisara un hielo, lo haría sabiendo.
Con una máquina en el pecho. Con cuidado.
Y el cuidado, por necesario que sea, es lo contrario de aquella libertad.
Lo lloré. En la consulta, delante de Whitfield, sin disimular. No por la carrera. Por el chico.
Es difícil de explicar a quien no haya tenido un cuerpo que respondía.
Durante veintidós años mi cuerpo fue lo único de mí que no me falló nunca.
Le pedía algo y lo daba, sin trampa, sin letra pequeña.
Era el único sitio donde yo no tenía dudas.
Y ahora resultaba que ese cuerpo, el único en quien confiaba a ciegas, llevaba toda la vida con una grieta dentro a punto de tragarme.
Perder el hockey era una cosa. Perder la confianza en mi propio cuerpo era otra, más honda, y esa no sale en ningún contrato de la NHL.
* * *
Se lo conté a Renata esa tarde. Lo del DAI, lo del no volver, y lo del chico del lago.
No me dijo ninguna de las cosas que dice la gente.
No me dijo que volvería a jugar, que los médicos a veces se equivocan, que encontraríamos una solución.
No me mintió. No intentó arreglarme. Sabe, mejor que nadie en el mundo, que hay cosas que no se arreglan, y me respetó lo suficiente para no insultarme con un consuelo falso.
Lo que hizo fue coger las llaves.
Me llevó a la pista de hielo municipal. La pública.
La de los cumpleaños y las clases de los sábados.
Pagamos la entrada como dos cualquiera, alquilamos dos pares de patines horribles, gastados, de plástico naranja, que olían a pies de mil desconocidos, y nos metimos en el hielo entre niños de seis años que se caían cada tres metros y abuelos agarrados a la barandilla.
Y dimos vueltas. Despacio. Muy despacio, porque más no podía y porque tampoco hacía falta.
Vueltas tontas a una pista municipal, esquivando críos, con música de la radio sonando por unos altavoces malos, sin nada de gloria, sin nada de épica, sin nadie mirándome, sin un solo motivo para estar ahí salvo que estábamos vivos y era martes.
—¿Esto cuenta como hockey? —le pregunté, a media vuelta, medio en broma.
Renata me miró. Y me lo dijo con una sencillez que me desarmó.
—Esto cuenta como vivir.
Y me quedé pensando en eso, dando otra vuelta tonta entre los niños.
Toda mi vida el hielo había sido un sitio para ganar.
Para demostrar, para que mi padre asintiera desde la grada, para que un ojeador apuntara mi número.
Nunca, en veintidós años, había estado en el hielo solo por estar, sin marcador, sin que sirviera para nada ni para nadie.
Y resulta que eso, lo inútil, lo lento, lo de dar vueltas sin premio entre críos de seis años, era lo más feliz que me había sentido sobre unos patines desde una madrugada en un lago.
* * *
Y entonces, en mitad de la pista municipal, entre niños y patines de alquiler, hizo el gesto.
Me cogió la muñeca, me puso dos dedos en el pulso, igual que hizo en el lago hace dos años, igual que le hace a todo el mundo desde los catorce.
Y por un segundo volví allí, a la madrugada del lago, cuando me tomó el pulso tumbados en el hielo y me enseñó el truco, lo de sincronizar mi latido con el suyo, lo de que el cuerpo se calma con un pulso tranquilo al lado.
Aquella noche le dije, de broma, que me quedaba el truco para siempre, que el día que me agobiara de algo vendría a cogerle la muñeca y listo.
Pues había llegado el día. Y la diferencia era todo.
Porque en el lago, aquel pulso mío iba a ciento diez sin que ninguno supiera por qué, y ahora sé que era mi corazón enfermo dando señales que nadie leyó.
En el lago, el gesto estaba lleno de cosas sin decir, de miedo escondido, de un secreto que pesaba.
Ahora no había secreto. Ahora ella sabía exactamente lo que latía debajo de sus dedos, con todos sus defectos, con su pared engrosada y su máquina a punto de entrarle, y me tomaba el pulso igual, sin miedo, a plena luz, en una pista municipal cutre, delante de quien fuera.
—¿A cuánto voy? —pregunté.
—Setenta y dos —dijo—. Tranquilo. Bien. —Me apretó la muñeca, suave, una vez—. Vas bien, tramposo.
Cerré los ojos en mitad del hielo y respiré a su ritmo, como me enseñó, y noté mi pulso ordenado por el suyo, despacio, los dos al mismo paso, igual que en el lago, solo que esta vez sin nada escondido debajo. El mismo gesto. Sin el miedo.
* * *
La operación fue dos semanas después. De eso no voy a contar mucho, porque tampoco hay mucho que contar y porque, sinceramente, no me enteré de casi nada.
Anestesia, un par de horas, un cirujano que había hecho aquello quinientas veces.
Me dormí con miedo, como es lógico, y me dormí cogido de la mano de Renata, que no se separó de la camilla hasta que me entraron al quirófano.
Desperté en una habitación, mareado, con el pecho dolorido y vendado, y lo primero que noté, antes que la luz y antes que el dolor, fue su mano.
Seguía ahí. Como si no se hubiera movido en dos horas.
Como si llevara dos años aprendiendo a quedarse y por fin se le permitiera hacerlo a la vista de todos.
—Ya está —me dijo, bajito—. Ya lo tienes dentro. Ya estás a salvo.
Días después, en casa, me miré en el espejo. Tenía una venda, y debajo de la venda, una cicatriz pequeña, recta, debajo de la clavícula izquierda, con un bulto debajo donde vivía ahora la máquina que me iba a vigilar el resto de la vida.
Y me quedé mirándola un buen rato, esa marca sobre el pecho, justo encima del corazón que tantos líos había dado.
Porque me di cuenta de que era la segunda.
La primera firma sobre este corazón la había puesto Renata hace dos años, con un informe, un papel con su nombre denunciando lo que tenía dentro, una firma que me costó dos años entenderla y que era, lo supe tarde, lo que intentó salvarme la vida la primera vez.
Y esta cicatriz era la segunda firma. La que existía solo porque ella había destapado todo lo demás, porque sin ella yo seguiría jugando con una evaluación falsa hasta caerme otra vez y no levantarme.
Dos firmas sobre el mismo corazón. Una en papel y una en la piel.
Las dos suyas, al final. Las dos diciendo lo mismo.
Ella me había escrito en la carta que, si pudiera, firmaría aquel informe dos veces.
Pues ya estaba firmado dos veces. La segunda, aquí, para siempre, encima del corazón que había denunciado por amor.
Hay gente que lleva tatuado el nombre de quien quiere.
A mí me había quedado algo mejor y más raro: una mujer me había firmado el corazón dos veces, una con tinta y otra con un bisturí que no era el suyo, y las dos firmas decían la misma frase, que es la única declaración de amor que esa mujer sabe hacer y la más grande que me han hecho en la vida.
Te quiero lo suficiente como para apartarte del hielo que adoras con tal de que sigas respirando.