Capítulo 38
Theo
El último pedazo me volvió tres días después de la rueda de prensa, en terapia, y fue el más raro de todos, porque no tenía imagen. No vi nada. Solo oí.
Pero no me volvió qué dije. Esa parte no. Por mucho que la doctora insistió, por mucho que apreté, el contenido seguía siendo un agujero negro. Sé que llamé. Sé la hora. Sé que hablé hasta que se cortó. No sé una sola palabra de lo que dije. Es como recordar haber soñado sin recordar el sueño.
Le pregunté a la doctora si era normal. Me dijo que el cerebro es caprichoso con lo que guarda y lo que suelta, que a veces te devuelve el marco de un recuerdo y se queda con el cuadro, que no me obsesionara, que igual el contenido volvía con el tiempo.
Pero yo no tenía tiempo, ni paciencia, ni ganas de esperar a que mi cabeza decidiera devolverme la última pieza cuando le diera la gana.
Había una manera más rápida de saber qué dije aquella noche.
Solo había que ir a buscarlo donde llevaba un año guardado.
Y ya sabía a quién había llamado, porque eso lo había descubierto hace semanas, en mi salón, con su móvil iluminándose.
La había llamado a ella. A Renata. La víspera de morirme, a las once y cuarenta y siete de la noche, le dejé un mensaje a la mujer que me tenía bloqueado.
Un mensaje que ella nunca escuchó, que se quedó ahí, en su buzón, en algún cementerio digital de su operadora, esperando un año entero a nadie.
Un hombre que ya no soy le dijo algo a una mujer hace un año. Y ese mensaje seguía existiendo. Grabado. Intacto. La única parte de aquel Theo que sabía la verdad que no se había borrado, porque no estaba en mi cabeza rota: estaba en una máquina.
Y yo necesitaba oírlo. Necesitaba saber qué le dijo de mí el último hombre que supo quién era yo de verdad.
La fui a buscar.
* * *
La encontré saliendo del edificio del comité.
Acababa de declarar. Lo supe por la cara, esa cara de después de las cosas grandes, vaciada, sin fuerzas.
Llevaba una carpeta bajo el brazo y caminaba con la cabeza alta y los hombros caídos a la vez, que es como camina ella cuando ha hecho algo que le ha costado todo.
Me vio. Se paró. No dijo nada. Después de lo del aparcamiento, después de lo que le dije, no esperaba que dijera nada.
—No vengo a pedirte perdón —dije, porque empezar por ahí habría sido un insulto, demasiado fácil—. Lo de tu hermano no tiene perdón y lo sé. Eso lo dejamos para otro día, si es que hay otro día. Vengo a pedirte otra cosa. Una sola. Y luego, si me dices que me vaya, me voy.
Ella esperó.
No dijo ni que sí ni que no. Se quedó mirándome con esos ojos de médica que lo ven todo, calibrando, midiéndome, decidiendo si yo era de fiar o si era otra trampa más.
Tenía todo el derecho del mundo a mandarme a la mierda.
Acababa de quemar su carrera entera por mí, yo le había escupido a su hermano muerto hacía unos días, y ahora aparecía a pedirle un favor.
Cualquier persona cuerda me habría cerrado la puerta en las narices.
Pero Renata nunca ha sido del todo cuerda en lo que a mí respecta, igual que yo no lo soy en lo que a ella respecta. Por eso esperó. Por eso no se fue.
—Hace un año te llamé —dije—. La noche antes del partido.
Nunca lo escuchaste, lo tenías bloqueado.
Está ahí todavía, en tu buzón, en algún cementerio de tu operadora.
Lo he recuperado en terapia, pero solo el hecho de haber llamado.
No sé qué dice. No tengo ni idea de qué le dije.
—Tragué—. Lo dejó un hombre que sabía todo lo que yo no sé.
El de antes del coma. El que se acordaba de ti, de lo nuestro, de la verdad.
Yo a ese hombre no lo conozco. Y quiero oírlo.
Quiero oír lo último que dijo antes de que me lo borraran.
—La miré—. Escúchalo conmigo. Por favor.
Renata se quedó muy quieta. Y luego, sin decir palabra, sacó el móvil del bolsillo.
Renata
Lo llevé al pabellón. No sé muy bien por qué.
Quizá porque era tarde y estaba vacío y nadie nos iba a molestar.
Quizá porque era el sitio donde todo había empezado a romperse, la pista donde se le había parado el corazón, y me pareció que un mensaje de hace un año merecía oírse en el lugar al que apuntaba.
Subimos a las gradas. Las luces de mantenimiento, a medias, dejaban la pista de hielo abajo, blanca y vacía, brillando en la penumbra. Nos sentamos. Un asiento de plástico de por medio entre los dos.
Yo nunca había abierto ese buzón. En un año, ni una vez.
Tenía su número bloqueado desde la guerra, por supervivencia, para no recibir su odio, y cuando bloqueas a alguien sus mensajes caen en una carpeta que el teléfono esconde y que una aprende a no mirar.
Sabía que ahí dentro había cosas suyas de hace un año. Nunca las toqué. No quería su veneno.
Tardé en encontrarlo. El sistema, los menús, la carpeta de bloqueados. Y al final apareció. Un mensaje de voz. La fecha: la víspera del paro. La hora: las 23:47. Un minuto y pico de duración.
Un año llevaba ahí. Un año.
Puse el móvil en el asiento de plástico, entre los dos. Le di al altavoz. Y le di a reproducir.
Sonó el pitido. Y luego sonó su voz.
Su voz de antes. La de hace un año. La del hombre que todavía no se había muerto cuatro minutos, la de antes de la zona muerta. Más entera, más limpia, sin el cansancio que arrastra ahora. La voz de mi Theo. El de verdad. El que yo había querido en secreto.
—Soy yo. Lo sé todo. Tenías razón, Acosta. En el papel, en la máquina, en mí.
Y se me paró todo.
El papel. La máquina. Las palabras de mi madre.
«Lo de los papelitos con las rayas, la máquina esa.
» Las palabras exactas con las que mi madre llora a Mateo, las que llevo grabadas desde los catorce años, las que son mi vida entera y mi herida entera.
Y él las estaba diciendo. Él. Que no podía conocerlas.
Que no estuvo nunca en esa cocina oyendo a mi madre secarse las manos.
Theo, sin saberlo, sin poder saberlo, había usado las dos palabras que nombran el agujero por el que se me cayó mi hermano.
Como si me hubiera leído por dentro. Como si supiera, sin saberlo, exactamente dónde vivo.
Porque eso es lo que hace el amor de verdad, supongo, aunque una tarde toda la vida en aprenderlo: te aprende por dentro sin que se lo cuentes.
Yo nunca le hablé a Theo de las palabras concretas de mi madre.
Le hablé de Mateo, sí, una noche, en la cama, llorando.
Pero no de los papelitos con las rayas, no de la máquina esa, no de las palabras exactas con las que en mi casa se nombra lo que no se nombra.
Y aun así él, intentando solo decirme que me daba la razón, había ido a parar justo a esas dos palabras.
Como si me conociera mejor de lo que yo me dejo conocer.
Como si, sin la memoria, sin la cabeza, le quedara un instinto que sabía dónde tocarme.
Miré las manos de Theo, ahora, a mi lado, porque no podía mirarle la cara.
Tenía las dos agarradas al borde del asiento de plástico, los nudillos blancos, la derecha un poco torpe todavía, la que se le quedó mal del coma.
Agarrado al asiento como quien se agarra para no caerse de un sitio que no se mueve.
La voz siguió.
—Mañana después del partido voy a contarlo todo y después voy a plantarme en tu puerta y vas a tener que volver a romperme la cara o dejarme...
Y se cortó. Un silencio. Un segundo entero de buzón vacío, de su respiración, de él sin saber cómo seguir.
Theo
Yo escuchaba a un desconocido.
Esa es la única manera de explicarlo. Era mi voz, sí, la reconocía como reconoces tu voz en una grabación, con esa extrañeza de «¿así sueno?
». Pero el que hablaba no era yo. Era un tío que sabía cosas que yo no sé.
Que hablaba de un partido como si supiera lo que iba a pasar al día siguiente.
Que decía «lo sé todo» con una seguridad que yo no he tenido nunca, porque yo llevo un año sin saber nada.
Que la llamaba «Acosta» con una confianza, con una intimidad de pelea vieja, que solo se gana queriendo mucho a alguien.
Era yo antes de que me vaciaran. Y me lo estaban presentando como a un extraño.
Oí lo del papel y la máquina y no entendí por qué, al lado, Renata se había quedado de piedra, por qué se llevó una mano a la boca, por qué se le rompió la cara de esa manera.
Yo no sabía lo que esas palabras significaban para ella.
Lo sabía el de la grabación. El de la grabación sabía exactamente lo que le estaba diciendo.
Yo solo veía el efecto: una mujer partiéndose en dos a mi lado por unas palabras que mi propia voz le decía desde hace un año.
La miré. No pude no mirarla. Tenía los ojos cerrados y las lágrimas le caían sin que hiciera nada por pararlas, sin sonido, sin teatro, una detrás de otra, mientras escuchaba a un muerto pedirle perdón.
Y mientras la miraba pensé una cosa que es lo más cruel de toda esta historia, más cruel que perder el dinero o la familia o la carrera.
Daría lo que fuera por recordar ser ese tío.
Por recordar la noche de grabar aquello, lo que sentía, por qué elegí esas palabras y no otras.
Porque me han dejado el odio entero: recuerdo cada cosa horrible que le hice a esta mujer, cada palabra fea, la cafetería, los dos años de guerra, todo.
Y el perdón, el amor, la noche en que por fin lo entendí todo y la llamé para arreglarlo, esa me la borraron.
El mejor momento de mi vida es justo el que no me devuelven.
Estoy condenado a oír al mejor hombre que fui en una grabación, como a un extraño, sin poder volver a ser él.
Y entonces volvió la voz, después del silencio.
—Tenías razón. En todo. Mañana.
Y se acabó. El pitido final. El buzón. El silencio del pabellón vacío.
«Mañana.» Había un mañana en aquel mensaje.
Un mañana que el de la grabación daba por seguro.
Un mañana en el que iba a contarlo todo y a plantarse en su puerta y a arreglarlo.
Un mañana que no llegó nunca, porque doce horas después de grabar eso me caí sobre ese hielo de ahí abajo y me llevé el mañana conmigo.
Ella había escuchado, un año tarde, un perdón que le llegó doce horas antes de que yo dejara de poder dárselo.
Y yo acababa de conocer al hombre que fui. Al que la quería. Al que sabía. Y lo había perdido igual que ella, en el mismo hielo, la misma noche.
Ninguno de los dos dijo nada. No se podía. No había palabras para ponerle encima a eso. El mensaje las había gastado todas.
Renata
Nos quedamos así no sé cuánto. En silencio. El móvil apagado entre los dos en el asiento de plástico. La pista de hielo abajo, blanca, vacía, el sitio exacto donde él se había llevado aquel mañana.
Yo había esperado un año sin saber que esperaba.
Había bloqueado ese número para protegerme de su odio, y resulta que entre todo aquel odio que no quise oír había estado, un año entero, esto.
El perdón. La verdad. El hombre que volvía a mí.
Lo había tenido en el bolsillo todo este tiempo, a un par de clics, y no lo supe.
Pude haberlo escuchado el día después del paro.
Pude haber sabido, mientras él estaba en coma, que había muerto sabiéndolo todo, queriéndome, de camino a mi puerta.
Y no lo escuché. Por miedo. Un año de duelo equivocado, de creer que me había muerto odiándome, cuando en realidad se había muerto queriéndome y avisándome y dándome la razón.
No sé cuál de los dos dolores era peor. El de oírlo ahora o el de no haberlo oído entonces.
Miré la pista. Miré sus manos, todavía agarradas al asiento.
Y por primera vez en dos años, en todo lo que llevábamos de guerra y de mentira y de daño, no me quedó nada que calcular.
No había estrategia. No había verdad que esconder ni precio que pagar ni piedra que cargar.
Estaba todo dicho. El mensaje lo había dicho todo, lo que él no podía y lo que yo no me atrevía, las dos cosas a la vez, con su voz de hace un año.
Solo quedaba una cosa por hacer. Y no eran palabras.
Alargué la mano. Despacio. Sobre el asiento de plástico que nos separaba, crucé el medio metro que llevábamos dos años sin cruzar, y dejé la mano ahí, abierta, en mitad del espacio vacío.
En mitad de la zona muerta. Ofreciendo lo único que me quedaba por ofrecer, que era esto: una mano abierta y ningún cálculo detrás.
No dije nada. Él tampoco.
Y entonces noté su mano cerrarse sobre la mía. La derecha, la torpe, la que se le quedó mal. La puso encima de la mía y la cerró, con cuidado, como se agarra algo que se podría romper, y la sostuvo.
Nada más. Dos manos sobre un asiento de plástico, en unas gradas vacías, encima del hielo donde casi se había acabado todo.
Por una vez, la verdad consiguió pasar.