Capítulo 34
Theo
Hay dos maneras de gestionar haberte portado como un hijo de puta con alguien. Una es hundirte en la culpa. La otra es entender por qué lo hiciste, y si lo que te llevó a hacerlo era verdad o no.
Yo no sé hundirme. Nunca he sabido. Lo intento, me siento a sentirme mal, y a los diez minutos mi cabeza ya está haciendo lo único que sabe hacer: desmontar el problema en piezas y mirarlas una a una. Es un defecto. También es lo único que me ha mantenido vivo este año.
Llevo todo el año tratándome a mí mismo como un caso.
Un caso frío, sin resolver, con el principal testigo —yo— incapaz de declarar.
He aprendido a interrogarme, a contrastar lo que me cuentan con lo que encuentro, a no fiarme de ninguna versión por cómoda que sea.
Y si había aprendido a hacérmelo a mí mismo, también podía hacérselo a mi padre.
Su historia también era un caso. Y los casos, cuando los miras de cerca, o cuadran o no cuadran. No hay término medio.
Así que cuando volví a casa de la gala, después de dejar a Renata empapada en aquel aparcamiento, después de decirle lo de su hermano con la peor intención del mundo, no me hundí.
Me senté a la mesa. Saqué el sobre de mi padre.
Saqué la libreta. Y me puse a hacer lo que llevo todo el año haciendo con mi propia vida: auditar.
Porque una cosa es estar dolido, y otra es tener razón. Y esas dos cosas, esa noche, empezaron a no ir juntas.
Lo primero que hice fue lo que hace cualquiera que sabe leer un expediente: comprobar las fechas.
Mi padre me había dado el informe con la cronología completa, las fechas en que Renata hizo la evaluación, en que la firmó, en que me apartó del draft.
Todo de hace dos años. Todo coherente con su historia: ella me denunció, me hundió, fin.
Pero yo tenía otra fecha en la cabeza. Una que no estaba en el sobre. La del despacho.
La fecha, papá. Mira la fecha.
Esa frase, la que recuperé en terapia, la que me grité a mí mismo gritándole a mi padre, era de la semana antes del paro.
No de hace dos años. De hace nada. De los días justo anteriores a que me cayera muerto.
Yo entré en el despacho de mi padre, alterado, a exigirle que mirara una fecha, la semana antes de morirme.
Y la denuncia de Renata, la del sobre, es de dos años antes.
No cuadraban. No podían ser la misma fecha.
Si yo me peleé con mi padre por una fecha la semana del paro, esa fecha era reciente, era de entonces, era algo que yo acababa de descubrir.
No era el informe viejo de Renata. Era otra cosa.
Algo nuevo. Algo que pasó cerca de mi vuelta al hielo y que me puso tan furioso que fui de noche a encarar a mi padre.
El sobre de mi padre hablaba del pasado lejano. Mi bronca con él fue por algo del presente. Faltaba una fecha en esta historia. Una fecha reciente que nadie me estaba contando.
Y eso, para alguien que sabe leer un expediente, no es un detalle.
Es la grieta por donde se cae la versión entera.
Porque las mentiras bien hechas son siempre coherentes con lo que tú ya sabes; lo que las delata no es lo que dicen, es lo que dejan fuera.
Mi padre me había contado una historia redonda sobre hace dos años.
Pero mi propia cabeza guardaba un trozo de hace unos meses que esa historia redonda no podía explicar.
¿Por qué me peleé con mi padre la semana antes de caerme?
¿Por qué a gritos? ¿Por qué una fecha? Su versión no tenía ningún hueco para esas preguntas.
Y una versión que no deja sitio para una pregunta verdadera es una versión a la que le han serrado un trozo.
Punto uno.
Lo segundo era más simple, y más feo. El sobre que me dio mi padre en la gala estaba completo. Todas las páginas, todos los datos médicos, la numeración seguida, sin saltos. Un informe entero.
Y yo recordaba, porque lo había recuperado también, el sobre que me dio Dominic hace dos años. Aquel no estaba completo. A aquel le faltaban las hojas del medio. Las médicas. Me dieron solo la portada, el final y el nombre de ella subrayado.
Así que durante dos años tuve un informe capado.
Y de repente, en la gala, mi padre me da el entero.
¿Por qué? Si la historia es tan sencilla como «ella te denunció», ¿por qué me ocultaron páginas hace dos años?
A una traición no le sobran páginas. La verdad de una puñalada cabe en una línea: te apuñaló, firma, fecha.
No necesitas censurar nada. Si me quitaron las hojas médicas fue porque en las hojas médicas había algo que no querían que yo leyera. Algo que estropeaba su versión.
Y ahora que las tenía delante, las leí. Despacio.
Y por primera vez en dos años entendí lo que decían de verdad, más allá del nombre de Renata.
Decían que mi corazón estaba enfermo. Que tenía una anomalía, una de esas que no se ven hasta que te matan.
Decían, en jerga, lo que un año después me confirmó un paro cardíaco delante de catorce mil personas.
El informe de Renata no me apartó del hielo por capricho. Me apartó del hielo porque mi corazón estaba roto y ella lo vio antes que nadie.
Me quedé mirando esas hojas un buen rato.
Porque eso cambiaba la palabra entera. Eso no era una denuncia.
Era un diagnóstico. Era alguien encontrándome una bomba dentro del pecho y tirando del freno para que no la pisara.
La primera vez que jugué con este corazón, hace dos años, alguien me sacó del hielo a tiempo.
Y ese alguien, el que me salvó la vida, era exactamente la persona que mi familia llevaba dos años pintándome como el demonio.
Y entonces até un cabo que me dejó frío del todo.
Renata me había contado lo de su hermano.
Lo de Mateo, muerto a los diecinueve en un campo de fútbol, por un corazón malo que nadie le había mirado a tiempo.
Por exactamente lo mismo que tengo yo. Una mujer que vio morirse a su hermano por un corazón enfermo que pasó desapercibido, dos años después, le encuentra a un chico ese mismo tipo de corazón y lo aparta del deporte que lo va a matar.
Eso no es casualidad. Eso es una mujer haciendo con un desconocido lo único que no pudo hacer con su propio hermano.
Lo que ella me hizo a mí, fuera lo que fuera lo nuestro, no fue traición.
Fue la única cosa que esa mujer es incapaz de no hacer.
Y yo, una hora antes, le había echado en cara a su hermano muerto. Le había dicho que no salva a nadie. A ella. Mientras tenía en la mano la prueba de que me había salvado a mí.
Punto dos.
Y luego estaba lo tercero. Lo que no se podía auditar con fechas ni con páginas, pero que pesaba más que las dos cosas juntas.
Saqué del cajón la peonía. La flor seca.
La que llevo no sé cuánto tiempo guardando sin saber por qué, la que apareció en mi guante de jugar, la que mi cuerpo conserva como conserva el número de su móvil y el camino al punto del hielo.
Una flor muerta, marrón, frágil, que cabría tirar a la basura sin pensarlo.
Y no la tiro. Llevo meses sin tirarla.
Me la puse en la palma de la mano y la miré, e intenté, de verdad lo intenté, encajarla en la historia de mi padre.
En la historia donde Renata es una mujer fría y calculadora que se acostó conmigo para hundirme la carrera.
En esa historia, ¿qué pinta una peonía seca guardada con el cuidado con el que se guarda una reliquia?
¿Por qué un hombre conservaría una flor de la mujer que lo traicionó?
No pinta nada. No cabe. Por mucho que estiro la versión de mi padre, la flor se queda fuera, sobrando, gritándome que la persona que me dio esto y la persona que me describe mi familia no pueden ser la misma.
El cuerpo no miente. Yo he aprendido este año a fiarme de mi cuerpo más que de mi cabeza.
Y mi cuerpo guardó una flor de ella. Mi cuerpo se levanta cuando entra.
Mi cuerpo marcó su número de memoria. Mi cuerpo, que es lo único de mí que no me han podido editar, lleva dos años diciéndome que esa mujer no es mi enemiga.
Punto tres.
Cogí la libreta. La de las preguntas, la de toda mi reconstrucción, y fui a la última página en blanco.
Y escribí, despacio, en mi letra torpe de mano derecha rota, la lista más importante que he escrito nunca.
La escribí entera, como un atestado, porque cuando las cosas las pongo por escrito dejan de poder mentirme:
Cosas que sé:
1. Me mintió.
2. Me salvó la vida la primera vez que jugué con este corazón.
3. El odio no me sale.
Conclusión: me falta la mitad del expediente. Otra vez.
La miré un rato largo. Las tres cosas eran verdad, las tres a la vez, y las tres juntas no cabían en ninguna historia sencilla.
Me mintió: cierto, esta noche misma, con lo de «porque pude», con esa cara de piedra.
Me salvó la vida: cierto, lo decían las hojas que mi familia me ocultó dos años.
Y no consigo odiarla: cierto, por mucho que lo intento, por muy cabrón que haya sido con ella hace una hora, el odio no me prende, se apaga solo, como una cerilla mojada.
Una mujer que te miente, que te salva la vida y a la que no consigues odiar no es un personaje.
Es un misterio con la mitad de las páginas arrancadas.
Igual que el informe. A mí me han vuelto a dar el expediente capado.
La diferencia es que esta vez lo sé. Esta vez tengo la experiencia de hace dos años para reconocer el patrón: cuando los Marchetti te dan una historia limpia y redonda, es que te han quitado las hojas que la complican.
Y si me faltaba la mitad del expediente, había dos cosas que tenía claras de golpe.
La primera. No iba a jugar el partido. El de presentación del protocolo, el del regreso, el numerito de RESURRECCIÓN.
No pensaba subirme a ese hielo con este corazón mientras la única persona que entendía este corazón me había dicho una vez, con un informe, que ese hielo me iba a matar.
Me daba igual lo que firmara cualquier médico de mi padre.
La auditoría mandaba sobre la fe, y la auditoría decía que volver al hielo era un riesgo que yo no había aceptado con toda la información. Así que no. No jugaba.
La segunda. Iba a recuperar esa semana. La del despacho, la de la fecha, la del número que marqué en un ascensor.
Costara lo que costara. Si la memoria no venía sola, la iba a sacar a la fuerza, sesión tras sesión, arrancándomela del cerebro con las manos si hacía falta, porque en esa semana estaba la mitad que me faltaba, y sin esa mitad iba a seguir haciéndole daño a quien no debía y creyéndome a quien no debía.
Y para las dos cosas, antes o después, iba a tener que hacer una tercera que llevaba toda la vida sin atreverme a hacer: plantarme delante de mi padre.
No el padre cariñoso de las fotos. El otro.
El que me da informes con páginas de menos y versiones redondas que no dejan sitio para las preguntas difíciles.
Iba a tener que sentarme enfrente de Vincent Marchetti y, por primera vez en mi vida, no creerle.
Pedirle cuentas. Exigirle la fecha, las hojas que faltan, la verdad.
No esa noche; no estaba listo, ni tenía aún con qué.
Pero pronto. En cuanto reuniera la munición, iba a por él.
Lo decidí ahí, a oscuras, con la flor seca en la palma de la mano: se había acabado lo de tragarme lo que mi familia decidiera servirme.
A partir de esa noche, a mi padre lo iba a auditar igual que me auditaba a mí mismo.
Y una cosa más, que no escribí en la libreta porque no era una conclusión sino una herida.
Que le había dicho a Renata lo de su hermano.
Que había cogido lo más sagrado que ella me había confiado y se lo había clavado, esa misma noche, mientras la versión que me hizo clavárselo se me deshacía entre las manos como esta flor seca.
No me hundí en eso. Ya he dicho que no sé. Pero lo guardé. Lo puse en la lista de cosas que iba a tener que reparar cuando entendiera el resto. Si es que ella me dejaba, alguna vez, reparar algo.
Apagué la luz. Me quedé un rato a oscuras con la flor en la mano.
Mañana empezaba a cavar.