Zona Muerta Capítulo 31
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Capítulo 31

Theo

Cuando una puerta se abre un poco, ya no la vuelves a cerrar.

Lo intentas, empujas, pero la rendija se queda ahí, y por la rendija entra una corriente que no te deja dormir.

Eso me pasó después de la sesión del despacho y la fecha.

Me había pasado meses defendiéndome de mi propia memoria, y de repente era yo el que aporreaba la puerta desde fuera, pidiendo que se abriera del todo.

Lo primero que hice fue lo más lógico. Preguntarle a ella.

—Necesito que me ayudes con una cosa —le dije una tarde, en su sala, después de la sesión—. La semana antes del paro. Los días justo antes de que me cayera. ¿Qué hacía yo? ¿Con quién estaba? ¿Pasó algo raro?

Renata dejó lo que tenía en las manos. Y me miró con una cara que no supe leer, una cara complicada.

—No te puedo ayudar con eso —dijo.

—¿Por qué no?

—Porque esa semana tú y yo no nos hablábamos, Theo.

Llevábamos dos años sin hablarnos. Yo era la Enterradora, ¿te acuerdas?

La que te había hundido. Tú y yo, esa semana, esa época entera, éramos enemigos a muerte de cara a todo el mundo.

—Tragó—. No tengo ni idea de lo que hacías esos días.

No estabas en mi vida. No me dejabas estar en la tuya.

Lo siento. De esa semana, yo sé tan poco como tú.

—¿Y no oíste nada? —insistí—. Rumores, comentarios del equipo, algo. La gente habla. Una semana antes de que su capitán se cayera muerto, alguien tuvo que notar algo raro.

—Theo, yo esa época me dedicaba a sobrevivir a que el campus entero me odiara.

No iba a las fiestas del equipo. No tenía amigos en tu mundo.

Me metía en la biblioteca, hacía mi trabajo y volvía a casa por las calles donde menos gente me reconociera.

—Su voz tenía un filo de cansancio antiguo—.

Lo que pasara en tu vida esos días pasó en un planeta del que a mí me habían echado. Búscalo en otro sitio. En mí no está.

Y era verdad. Lo noté en que no apartó la mirada al decirlo, que es lo que hace cuando miente, y esta vez no lo hizo.

No me podía ayudar. La única persona que me cuidaba el corazón cada noche no sabía nada de la semana en que ese corazón empezó a fallar, porque esa semana ella y yo nos odiábamos en público mientras, por lo visto, los dos guardábamos otra cosa por dentro.

Lo que no entendí entonces, y entiendo ahora, es que en su cara había algo más que pena por no poder ayudarme.

Había alivio. Un alivio pequeño, controlado, casi invisible, el de quien se libra por poco de una pregunta peligrosa.

Lo registré sin saber qué era, lo archivé en el montón de cosas raras de Renata que no sabía dónde colocar, y seguí.

Pero estaba ahí. Ella no quería que yo escarbara en aquella semana.

Y no porque no supiera nada, sino, me parece ahora, porque sabía demasiado de lo que pasaba alrededor.

Así que me tocó hacerlo solo. Sentarme con mi libreta, con mis fragmentos, con lo poco que la terapia me iba devolviendo, e intentar reconstruir a oscuras una semana de mi vida de la que no quedaba nadie que me la contara.

Pasé noches con la libreta abierta, ordenando los pedazos que tenía.

El despacho. El cajón. La fecha que no veía.

Mi voz gritándole a mi padre. El gesto de marcar un número en un ascensor.

Iba colocando cada fragmento en un papel, como quien arma un puzle al que le faltan nueve de cada diez piezas, intentando adivinar el dibujo por las cuatro esquinas que tenía.

Y el dibujo, aunque incompleto, ya tenía una forma que no me gustaba nada: la forma de un chico que descubrió algo, se enfrentó al poder de su propia familia, y se cayó muerto poco después.

Esa forma. Una y otra vez, mirara por donde mirara, esa misma forma.

Lo que yo no sabía, lo que no podía saber, es que no estaba solo. Que a la misma hora, en otra punta de la ciudad, otra persona estaba haciendo exactamente lo mismo que yo. Investigando la misma semana. Buscando la misma verdad. Desde el otro lado.

Renata

Esa noche yo también tenía los papeles sobre la mesa.

Whitfield me había pedido que ordenara la cronología completa, fecha por fecha, para construir el caso: cuándo se hizo la primera evaluación, la mía, la verdadera; cuándo se fabricó la falsa; cuándo volvió Theo a los entrenamientos; cuándo el paro.

Una línea de tiempo limpia, de perito, para que cuando llegara el momento de presentar esto, no hubiera ni una grieta.

Y en el centro de esa línea de tiempo había una fecha.

La del eco falso. El día que, según un papel fabricado, le hicieron a Theo una prueba que lo declaró sano con una máquina que no existía y la firma de un médico fantasma.

Esa fecha era el corazón de todo. La rodeé en rojo en mi cuaderno, con el bolígrafo, dos vueltas, para no perderla nunca de vista.

La fecha en la que empezó el asesinato lento de Theo Marchetti.

Llevaba semanas metida en aquella cronología.

La conocía mejor que mi propia biografía.

Sabía a qué hora se había registrado el eco falso, sabía qué día Theo había vuelto a pisar el hielo en los entrenamientos después de dos años, sabía cuántos días exactos habían pasado entre la mentira firmada y el corazón parado.

Era una contabilidad macabra, una cuenta de los pasos que dieron para matarlo despacio, y la repasaba cada noche como otros rezan, buscando el detalle, el cabo suelto, la prueba que rematara el caso antes de que se me acabara el plazo que Dominic me había puesto encima de la mesa de aquel hotel.

No sabía que, a la misma hora, en su piso, él estaba sentado con su propia libreta, buscando una fecha también.

La misma. Sin saber el número, pero la misma.

Los dos rodeando en rojo el mismo día desde dos mesas distintas, él desde su memoria rota y yo desde mis registros robados, sin tener ni idea de que estábamos cazando al mismo monstruo, cada uno con la mitad del mapa, cada uno convencido de estar solo.

Theo

Tardé tres días más en sacar el segundo fragmento.

No en terapia esta vez. Llevaba tres noches sin dormir bien, dándole vueltas al despacho, al cajón, a la fecha que no recordaba.

Mi cabeza era un interrogatorio constante a un testigo que era yo mismo y que se negaba a declarar.

Y entonces, sin venir a cuento, en casa, lavándome los dientes, con el cepillo en la boca y la cara llena de espuma, como vienen las cosas importantes, sin avisar, en mitad de una tontería, se abrió otro cajón, uno mío, y salió esto:

Estoy saliendo del despacho de mi padre.

Es de noche, la misma noche de la fecha y el cajón.

Estoy alterado, me tiembla todo, bajo en el ascensor solo.

Y mientras bajo, me saco el móvil del bolsillo.

Y marco. Marco un número sin pensarlo, deprisa, con la urgencia del que necesita contarle algo a alguien antes de arrepentirse.

Un número que me sé de memoria. Lo marco entero sin dudar, dígito a dígito, los dedos solos.

Y se cortó.

Pero me quedó el gesto. El gesto entero, clavado.

Yo, en un ascensor, hace dos años, saliendo de pelearme con mi padre, marcando un número de memoria con una urgencia desesperada.

A alguien. A alguien le quise contar lo que fuera que había descubierto en ese despacho.

¿A quién llama un tío a medianoche cuando acaba de descubrir algo que le revienta la vida?

A la persona en la que confía. A la única.

Y me obsesioné con eso. ¿Quién era mi única?

Hace dos años, en plena guerra, con mi familia controlándome cada paso, con todo el campus mirándome, ¿en quién confiaba yo lo suficiente como para llamarlo de madrugada y vomitarle un secreto que me quemaba?

No tenía a nadie así, que yo supiera. Estaba Ozzy, claro.

Pero Ozzy no encajaba con la urgencia de aquel gesto, con la desesperación de aquellos dedos marcando deprisa en un ascensor.

Aquello no era una llamada a un colega para desahogarse.

Era una llamada a alguien que importaba de otra manera, a alguien que era mi refugio, mi sitio seguro.

Y cuanto más lo pensaba, más se me encogía algo en el pecho, porque una sospecha empezaba a tomar forma, una que no quería tener, una que cambiaba el tablero entero.

Y aquí está lo raro, lo que me dejó frío: que el número seguía en mis dedos.

No en mi cabeza. En mis dedos. Igual que mi cuerpo sabe levantarse cuando ella entra, igual que mis piernas me llevaron solas al punto del hielo, mis dedos se acordaban de un número que mi memoria no me daba.

Memoria muscular. El cuerpo guardando lo que a la cabeza le borraron.

Llevaba meses aprendiendo a fiarme de mi cuerpo más que de mi cabeza, porque mi cuerpo no me mentía y mi cabeza era un solar vacío.

Mi cuerpo había reconocido a Renata antes de que yo supiera quién era.

Mi cuerpo me había llevado solo al punto exacto del hielo donde caí.

Mi cuerpo sabía cosas que a mí me habían robado.

Y si mis dedos guardaban un número de hace dos años con esa precisión, ese número importaba, importaba de verdad, porque el cuerpo no malgasta sitio guardando lo que no duele.

Estábamos en mi piso. Ella había venido después del trabajo, cansada, callada, con esa distancia rara que arrastraba esos días y que yo achacaba a la pelea del alta. Estábamos los dos en el sofá. Y yo, sin pensarlo bien, llevado por una corazonada de detective, hice una cosa.

—Mira esto —dije—. Mira lo que hace mi cuerpo.

Ella levantó la vista, entre curiosa y prudente, con esa alerta que se le enciende siempre que me pongo en plan investigador, porque sabe que cuando tiro de un hilo no paro hasta el final.

—¿Qué vas a hacer?

—Un experimento. Fíate de mi cuerpo, que estos meses ha demostrado ser más listo que yo.

Cogí el móvil. Abrí el teclado numérico.

Y dejé que los dedos hicieran solos lo que sabían hacer.

No pensé el número. No lo recordé. Solo solté la mano, como quien suelta un volante para ver si el coche sigue recto, y mis dedos empezaron a marcar, deprisa, seguros, dígito tras dígito, un número que yo no sabía que sabía.

Fue una sensación rarísima. Ver tu propia mano hacer algo que tú no le has mandado.

Los dedos iban solos, con una soltura que no tengo para nada relacionado con móviles, encadenando números como quien toca de memoria una melodía que aprendió de niño y no ha vuelto a olvidar.

No dudé en ningún dígito. Ni uno. La mano sabía el camino entero.

Y mientras la veía marcar, me recorrió un escalofrío, porque entendí que aquel número lo había marcado tantas veces, en otra vida, que se me había quedado grabado en los tendones.

Lo dije en alto mientras lo marcaba, los números, uno a uno, asombrado de que me salieran.

—No tengo ni idea de quién es —dije, con el dedo encima del botón de llamar—. Pero mi cuerpo lo marcó aquella noche. Llamé a alguien al salir del despacho de mi padre. Y voy a averiguar a quién, porque sea quien sea, es alguien a quien yo le conté algo importante la semana antes de morirme.

Y le di a llamar.

Y entonces, en el sofá, a medio metro de mí, el móvil de Renata se encendió.

Se iluminó la pantalla en la penumbra del salón. Vibró contra el cojín. Y yo bajé la mirada hacia él, hacia el móvil de ella, que estaba sonando justo en el instante en que yo acababa de pulsar llamar a un número que no sabía de quién era.

En la pantalla de su teléfono, una llamada entrante. Mi número. El que acababa de marcar de memoria.

Y debajo del número, una palabra que el sistema ponía solo, una etiqueta que ella le había puesto a ese contacto hacía tiempo y que ahora aparecía sola, fría, en mitad de la pantalla iluminada:

Bloqueado.

Bloqueado hacía un año.