Zona Muerta Capítulo 28
63%

Capítulo 28

Theo

Pedir perdón cuando crees que tienes razón es de las cosas más difíciles que hay. Y yo fui a pedírselo a medias, que es todavía peor, porque pedir perdón a medias es pedir perdón reservándote el derecho a repetirlo.

Fui a su piso dos días después de la pelea. Dos días sin hablarnos, durmiendo cada uno en su sitio, los dos igual de tercos. Llamé a su puerta sin saber muy bien qué iba a decir, y cuando abrió, con cara de no haber dormido tampoco, me salió lo único que era verdad.

—No vengo a darte la razón —dije—. Sigo pensando que ese papel es tuyo y que decidir por mí está mal.

Eso no me lo trago. —Tragué—. Pero vengo a pedirte perdón por cómo te lo dije.

Lo del informe, lo de echártelo en cara.

Te hice daño a propósito, busqué el sitio donde más te dolía y di ahí, y eso no se hace, da igual lo cabreado que estuviera.

Lo de la forma lo siento. Lo del fondo, no.

Y he pensado que igual me dejas entrar con ese perdón a medias, que es el único honesto que te puedo traer.

—Es el peor perdón que me han pedido nunca —dijo, todavía en la puerta.

—Ya. Pero es de verdad. Los buenos de verdad suelen ser los peores de forma. No sé pedir perdón por algo que volvería a pensar. Solo sé pedirlo por cómo lo dije. Es lo que hay.

Y aquello le valió más que un perdón perfecto. Porque un perdón perfecto se lo habría podido inventar cualquiera. Este, cojo y honesto, solo se lo podía traer yo.

Se quedó mirándome un segundo. Y luego se apartó de la puerta. Que en ella, cuando está dolida, es la forma de decir «te quiero» sin decirlo.

No hablamos mucho más. A veces las palabras estorban, y nosotros llevábamos dos días sobrados de palabras y faltos de todo lo demás. Lo demás llegó solo.

Renata

No voy a contar esa parte. Hay cosas que ni siquiera yo, que lo cuento todo con distancia clínica, soy capaz de poner en palabras sin estropearlas.

Solo diré que después de dos días de frío, de dos años de guerra, de una vida entera de aguantarme, hubo una noche en que dejé de aguantarme.

Que por una vez no calculé. Que me permití a mí misma, durante unas horas, ser solo una mujer con un hombre y no una guardiana cargando con un secreto que pesa como un muerto.

Y que fue como volver a casa después de mucho tiempo fuera.

Eso sí lo diré. Que el cuerpo de Theo, el que se me había parado una vez en el hielo, el que le cuento las pulsaciones cada noche, esa noche no fue un caso clínico ni una cuenta atrás ni una bomba.

Fue, sencillamente, él. El del lago. El del almacén.

El de antes de todo. Por unas horas recuperé al chico de las fotos sin necesidad de fotos.

Y mientras tanto, en algún rincón de mi cabeza que no se apaga nunca, ni siquiera entonces, una voz me decía: disfruta esto, Renata, grábatelo, porque esto se acaba.

Porque tú sabes lo que él no sabe. Porque cuando esto que estás construyendo a oscuras choque con lo que guardas en el móvil, no va a quedar nada en pie.

Pero por una vez conseguí mandar callar a esa voz.

La até corto. Le robé a mi propio miedo unas horas, y fueron las mejores de los dos años más largos de mi vida.

Luego nos quedamos a oscuras. Y empezó lo que de verdad importaba de aquella noche, que no fue lo de antes, sino lo de después.

Theo

A oscuras se dicen cosas que con luz no.

No sé por qué. Igual es que cuando no te ven la cara te atreves más.

El caso es que ahí, tumbado, con ella en el hueco de mi brazo, con su mano donde siempre, sobre el pecho, contándome el corazón por costumbre, le dije lo que no le había dicho a nadie. Ni a Ozzy. Ni a la libreta. A nadie.

—¿Te puedo contar de qué tengo miedo de verdad? —dije—. No de morirme. Eso ya me pasó y no me acuerdo, así que me da igual. De otra cosa.

—Cuéntame.

—Tengo miedo de acordarme.

Se quedó muy quieta. La mano sobre mi pecho, quieta.

—Todos creen que lo que más quiero en el mundo es recuperar la memoria —seguí—.

Mi padre, los médicos, todos. «Pobre Theo, dos años perdidos, ojalá los recupere.

» Y yo dejo que lo crean. Pero la verdad es que cada vez tengo más miedo de recuperarlos.

Porque he visto los vídeos, Renata. He visto cómo era yo.

Ese tío de la cafetería, el que humillaba a la gente, el que te hacía aquello a ti delante de todo el campus.

Ese era yo. Y no me acuerdo de serlo, y esa es la única suerte que he tenido en toda esta mierda: que se me borró justo el tramo en que fui peor persona.

Tragué. Esto costaba.

—¿Y si me acuerdo de todo y vuelvo a ser ese?

—dije—. ¿Y si la memoria no viene sola, si viene con el carácter, con la crueldad, con todo lo que era?

Yo ahora soy mejor persona que el de los vídeos.

Lo sé. Soy más blando, desconfío más pero hago menos daño, y contigo soy.

.. soy alguien que me gusta ser. Y tengo pánico de que recuperar lo que perdí signifique perder esto.

Perderte. Volver a ser el que te hacía llorar.

Porque hay una cosa que he entendido estos meses, reconstruyéndome a trozos: que un hombre es lo que recuerda.

Mi padre es lo que recuerda. Tú eres lo que recuerdas, por eso cargas con todo.

Y yo, ahora mismo, no soy casi nada, porque casi no recuerdo, y resulta que esa nada me gusta más que el todo que era antes.

Es como si me hubieran dado la oportunidad de empezar de cero, de ser otro, mejor, y me pidieran tirarla a la basura a cambio de recuperar a un tío que te hacía daño.

¿Por qué iba a querer eso? ¿Quién querría volver a ser su peor versión solo por completar el puzzle?

—Prefiero esta versión mía contigo que la verdad con aquel. Lo digo en serio. Si pudiera elegir entre acordarme de todo o seguir así, contigo, sin saber, elegiría no saber. Elegiría quedarme siendo este. ¿Es de cobardes?

Renata

No, le quise decir. No es de cobardes. Es lo más valiente que has dicho en tu vida.

Pero no se lo dije, porque otra cosa me había subido a la garganta y me estaba ahogando con ella.

Porque acababa de regalarme, sin saberlo, la oportunidad perfecta.

Me estaba diciendo que no quería la verdad, que prefería no saber, que elegía esto.

Y una parte de mí, la cobarde, la que llevaba dos años callando, oyó eso como un permiso: «¿lo ves?

, ni siquiera la quiere, la verdad; cállatela, hazle caso, déjalo en paz con su felicidad de no saber».

Pero otra parte, la que estaba harta, la que se moría de cansancio de cargar yo sola con todo, oyó justo lo contrario.

Oyó a un hombre tan bueno, tan desnudo, tan honesto conmigo en la oscuridad, que no se merecía seguir engañado ni un día más.

Que merecía la verdad precisamente porque era capaz de decir cosas así.

Y ganó esa parte. Por primera vez en dos años, ganó la que quería contar, no la que quería callar.

Decidí que se lo iba a decir. Todo. Ahí mismo, en la oscuridad, sin pruebas delante, sin estrategia, sin pensar en las consecuencias, porque las consecuencias me daban igual al lado de la cara de ese hombre confesándome su miedo más hondo y mereciéndose, como nadie se ha merecido nada, que yo le confesara el mío.

Iba a romper dos años de silencio por amor, que es exactamente la misma razón por la que los había construido.

Y la verdad se me vino entera a la boca. La sentí llegar, como se siente venir un vómito o un llanto, imparable. La tenía ahí, en los dientes, formada, lista:

Fui yo, Theo. El informe lo firmé yo y lo volvería a firmar mil veces porque te estaba salvando la vida, tu corazón está enfermo, tienes lo mismo que mató a mi hermano, y por eso te aparté, por eso y porque te quería.

Y hay más. Hay una segunda firma. Tu familia falsificó una evaluación para devolverte al hielo, y esa es la que te mató, y tengo las pruebas, y por eso no te firmo el alta, por eso te he estado mintiendo, por eso. ..

Lo tenía todo. Entero. Iba a salir. Después de dos años, por fin, en la oscuridad de mi habitación, con su mano en la mía y su corazón latiendo bajo mi palma, iba a contárselo todo y a dejar de estar sola con ello de una vez.

Abrí la boca.

—Theo —dije—. Hay una cosa que tengo que...

Y el móvil se iluminó.

Theo

El móvil estaba en la mesilla, boca arriba, y se encendió de golpe en la oscuridad, iluminándonos a los dos con esa luz azul fea, y los dos miramos hacia él por puro reflejo, y Renata se calló a media frase, con la cosa que iba a decir colgando en el aire.

Era un mensaje. De Dominic.

No era texto. Era una foto.

La abrí con el estómago encogido. Y era nosotros. Renata y yo, esa misma noche, hacía un rato, vistos a través de mi ventana desde fuera, desde la calle, desde un coche. Una foto nuestra, juntos, inconfundible. Y debajo, dos líneas de mi hermano, escritas con la calma de hielo de mi familia:

«Papá no lo sabe todavía. Tú y yo tenemos que hablar antes de que lo sepa. Mañana. Solos.»

Me levanté de golpe. Fui a la ventana. Aparté la cortina.

Y ahí estaba. Enfrente, al otro lado de la calle, aparcado en la sombra entre dos farolas, el coche de Dominic.

Con él dentro. Llevaba ahí Dios sabe cuánto.

Cuarenta minutos, una hora, vigilando, esperando, haciendo fotos de las luces de mi ventana, fotografiando la única cosa buena que me había pasado en dos años para convertirla en otra arma de la familia.

Se encendieron los faros. Dos haces blancos que me dieron en la cara a través del cristal, como diciéndome «sí, soy yo, sí, te he visto, sí, ya lo sabes». Y el coche arrancó, despacio, sin prisa, con esa tranquilidad de quien ya ha conseguido lo que venía a buscar.

Renata

Lo vi desde la cama. La espalda de Theo recortada contra la ventana, rígida. Y por encima de su hombro, fuera, los dos faros de un coche encendiéndose en la oscuridad de la calle, apuntándonos un segundo, y luego girando, alejándose, haciéndose pequeños.

La verdad que tenía en la boca se me volvió a bajar, sola, derrotada, al sitio de siempre.

No iba a salir esa noche. No iba a salir ya, no así, no en paz.

Dominic lo había estropeado. Sin saberlo, con sus fotos y su coche y su «tenemos que hablar», acababa de robarme el único momento en dos años en que había estado dispuesta a contarlo todo.

Porque ahora ya no podía. Ahora todo era distinto.

Ahora la familia sabía de lo nuestro, o estaba a punto de saberlo, y contarle a Theo la verdad en este momento, con Dominic apretando, con las fotos en marcha, era más peligroso que nunca.

La ventana de la confesión se había abierto un segundo, justo un segundo, el tiempo de tomar aire, y se había vuelto a cerrar de un portazo.

Y lo que más rabia me dio, mientras veía esos faros alejarse, fue entender que el destino, o la familia de Theo, que para el caso vienen a ser lo mismo, tienen un sentido del momento perfecto.

Llevo dos años sin atreverme a hablar. Elijo la única noche en dos años en que me atrevo.

Y justo esa noche, justo en ese segundo, aparece un coche en la calle a quitarme la palabra de la boca.

Como si alguien, en alguna parte, hubiera decidido que esta historia no merece el alivio de una confesión a tiempo.

Que nos toca el camino largo. El más caro.

El que pasa por el sitio donde más duele.

Theo seguía en la ventana, mirando la calle vacía donde había estado el coche.

—Era Dominic —dijo, sin volverse—. Tiene fotos. Quiere hablar mañana.

—Lo sé —dije—. Lo he visto.

No nos dijimos nada más. Nos quedamos los dos en la oscuridad, él de pie junto al cristal, yo en la cama, separados por toda la habitación, mientras fuera, calle abajo, los faros del coche de su hermano se apagaban del todo al doblar la esquina, llevándose con ellos la foto de nuestra única noche entera y la última oportunidad que tuve de quererlo con la verdad por delante.

Cuánto le habría ahorrado, a él y a mí, esa frase que no llegué a terminar.

Cuánto nos iba a costar a los dos que se quedara dentro.