Zona Muerta Capítulo 25
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Capítulo 25

Antes — VI

El odio público es un trabajo a tiempo completo, y los dos lo hicimos horas extra.

Después de aquella puerta cerrada, después de «porque pude», la cosa no se quedó quieta como yo había imaginado.

Yo había pensado, ilusa de mí, que él me odiaría en silencio, que cada uno seguiría su vida por su lado, que la herida se cerraría bajo tierra.

Pero no funciona así. Un chico que era el rey de aquel campus, humillado por una becaria sin nombre, no se calla.

Y un campus que adora a su rey necesita un villano, y yo me ofrecí encantada, porque el papel de villana era justo el que yo había escrito para mí.

Empezó con miradas. Luego con desplantes.

Luego, según fue pasando el tiempo y él fue convirtiendo su dolor en algo más manejable, en marca, en personaje, empezó con frases.

Theo descubrió que tenía público, y descubrió que el público se reía cuando me machacaba, y un hombre dolido con público y aplauso es la cosa más peligrosa que existe.

Cada vez que coincidíamos, él tenía algo preparado.

Una pulla. Un comentario. Siempre con gente delante, nunca a solas, porque a solas no había guion y a solas los dos teníamos miedo de lo que pasaría.

Me apodaron la Enterradora en esos meses.

No sé si lo empezó él o solo lo dejó crecer, pero le venía bien, así que vivió.

La chica de medicina del deporte que enterró la carrera del niño de oro.

Me lo gritaban por los pasillos. Y yo lo encajaba, porque encajarlo era la penitencia que me había puesto a mí misma, y porque había una parte horrible de mí que casi lo agradecía: mientras me odiaran, no me preguntaban por qué.

El odio era mi escondite. Cuanto más fuerte, mejor escondida estaba la verdad.

Aprendí a vivir en guerra. Aprendí a entrar en una sala calculando dónde estaba él para sentarme lejos.

Aprendí a comer rápido, a cambiar de ruta, a tener siempre algo en las manos para no parecer perdida.

Me hice experta en ser odiada con dignidad, que es una especialidad que no enseñan en ninguna carrera y que se me dio mejor que la medicina.

Por fuera, una mujer dura que aguantaba el desprecio de un campus entero sin despeinarse.

Por dentro, contando los días para graduarme y desaparecer de aquel sitio donde cada pasillo tenía una versión de mí que no era yo y que ya no podía corregir.

Pero hubo un día que se pasó de la raya. Un día que todavía me duele al recordarlo, y han pasado dos años.

La cafetería.

Yo estaba sentada, sola, en una mesa del fondo, comiendo sin hambre con una carpeta de apuntes abierta al lado, como hacía siempre, porque comer sola con un libro es menos triste que comer sola sin nada.

Y entró él. Con su grupo, con su ruido, con su corte.

Me vio. Y en vez de pasar de largo, que es lo que cualquiera habría hecho, vino directo a mi mesa.

Lo que pasó después lo grabó alguien con el móvil, desde otra mesa, y acabó en internet, y lo han visto cientos de miles de personas.

Pero el vídeo no tiene sonido. Bueno, tiene, pero es ruido: bandejas, voces, el zumbido del sitio.

No se oyen las palabras. La gente que ha visto ese vídeo cree saber lo que pasó y no sabe nada, porque lo único que importaba de aquella escena eran las palabras, y las palabras no se grabaron.

Yo sí las oí. Las tengo grabadas donde no hay forma de borrarlas.

Se plantó delante de mi mesa, de pie, y se inclinó sobre mí, sobre la chica sentada, muy cerca, para que lo oyera bien por encima del ruido.

Y empezó. Primero lo normal, lo de siempre, lo de la Enterradora, lo de que disfrutaba hundiendo carreras, dicho fuerte, para la grada.

La cafetería empezó a girarse. La gente huele la sangre igual que él.

Se hizo un corro. Y él, crecido, fue a por el remate.

Yo sabía que venía algo. Se lo vi en los ojos, ese brillo de cuando había encontrado un ángulo nuevo.

Llevábamos meses de pullas y yo ya tenía callo para casi todas, las de la Enterradora, las de la resentida, las de la sosa con bata.

Esas rebotaban. Pero aquella tarde tenía la cara del que va a sacar un as que se ha guardado mucho tiempo, y se me encogió todo por dentro, porque había un solo as que él podía jugar contra mí, uno solo, y recé por que no se atreviera.

Y el remate fue lo único que no me esperaba, porque el remate no salió de la Enterradora.

Salió de nosotros. De lo nuestro. De una noche, meses atrás, en la que yo, en su cama, en la oscuridad, con la guardia más baja que la he tenido nunca, le había contado lo único que no le había contado a nadie: que yo no estudiaba medicina del deporte por vocación, ni por dinero, ni por las notas.

Que la estudiaba por un muerto. Que había alguien, en mi vida, al que el corazón se le había parado demasiado pronto delante de mí, y que yo me había pasado la vida entera intentando aprender a que no le volviera a pasar a nadie.

No le di el nombre. No le di la grada, ni la camiseta, ni los catorce años.

Le di solo la herida, en bruto, sin contexto, porque confié en él, porque estaba enamorada y los enamorados hacen esas tonterías de entregar lo que más duele creyendo que estará a salvo.

Y él, aquel día, en la cafetería, delante de medio campus, cogió esa herida y la usó.

—¿Sabéis por qué estudia medicina? —dijo, a la grada, sonriendo, pero mirándome a mí—.

Os lo cuento. Estudia medicina para resucitar a un muerto.

En serio. Esa es su movida. —Y bajó la voz solo un punto, lo justo para que la puñalada me llegara entera a mí mientras la grada solo oía el chiste—: ¿Por qué no preguntas por ahí, Acosta?

A lo mejor alguien tiene un cadáver y te deja intentarlo.

Total, salvar a los vivos no se te da, que para eso primero los hundes.

La cafetería estalló en risas. En aplausos, casi.

«Resucitar a un muerto», qué bueno, qué ingenioso, qué zasca.

La Enterradora estudiando para resucitar muertos.

Para ellos era un juego de palabras con mi apodo.

Una genialidad cruel del rey humillando a la villana.

Nadie, ni una sola persona de aquel corro, entendió lo que de verdad acababa de pasar.

Nadie sabía que ese «muerto» tenía un nombre que yo le había susurrado a ese hombre en la oscuridad.

Nadie vio la puñalada. Solo vieron el zasca.

Yo no me agaché. Eso lo recuerdo, y es lo único de aquel día de lo que no me avergüenzo.

No bajé la cabeza, no me tapé la cara, no salí corriendo.

Me quedé sentada, mirándolo a los ojos mientras me clavaba lo más sagrado que tenía convertido en chiste de cafetería, y lo aguanté entero, sin pestañear, porque me había prometido no darle nunca la satisfacción de verme rota, y porque —y esta es la parte fea— porque creía que me lo merecía.

Lo aguanté como se aguanta una deuda. Como quien recibe la factura de algo que compró a sabiendas.

Yo había firmado un papel que lo hundió.

Yo había cerrado una puerta con un «porque pude».

¿Qué derecho tenía a quejarme de que me hiciera daño?

Le había enseñado yo misma cómo se hacía.

Así que aguanté. Por fuera, perfecta. La cara que sale en el vídeo, la que la gente confunde con frialdad, con arrogancia, con culpa. No era nada de eso. Era una mujer pagando.

Por dentro, en cambio, algo se rompió aquel día que no se ha vuelto a recomponer.

Porque una cosa es que te odien. El odio lo entiendo, lo provoqué, lo asumo.

Pero coger lo único que te confié con amor, lo más desprotegido que tengo, la razón por la que soy quien soy, y convertirlo en un arma para hacer reír a una cafetería.

.. eso fue otra cosa. Eso me enseñó que el chico que yo había querido, el del lago, el del almacén, también podía ser esto.

Que la persona a la que más quieres es siempre la que tiene las llaves de las habitaciones donde más duele, y que a veces entra en ellas a romper.

Y lo peor es que las llaves se las había dado yo.

Nadie se las robó. Se las puse en la mano una noche, voluntariamente, porque quererlo me había hecho creer que con él estaba a salvo.

Esa es la lección que me llevé de la cafetería, la que me ha durado dos años: que dar la llave y que te abran con ella la herida son la misma historia contada en dos tiempos.

Una se enamora y entrega el mapa entero de sus puntos débiles, confiada, feliz.

Y luego solo le queda rezar para no haberse equivocado de persona. Yo recé tarde.

Salí de la cafetería andando despacio, sin correr, con la carpeta apretada contra el costado.

Y solo cuando llegué a mi piso, sola, con la puerta cerrada, me permití lo que no me permití delante de él.

Igual que la otra vez. Siempre igual. Por fuera, la Enterradora.

Por dentro, una chica de catorce años en una grada viendo caer a su hermano, otra vez, para siempre.

Eso fue la guerra. Eso fue lo que el campus celebró durante dos años como la justa caída de una arpía.

Lo que el campus no vio fue lo que pasó esa misma noche, al otro lado de la ciudad, en otra habitación. Eso no lo vio nadie. Eso lo cuento ahora porque lo sé ahora, aunque entonces habría dado un brazo por saberlo.

Theo

(esa misma noche, hace dos años)

Lo hice bien. Esa es la parte que no me dejaba dormir: que lo hice muy bien.

Que vi su cara en la cafetería, la cara de no esperárselo, el medio segundo en que la herida le llegó antes de que pusiera el escudo, y supe que había acertado, que había encontrado el sitio exacto donde más dolía, y una parte de mí se sintió poderosa, vengada, y la otra parte llevaba desde entonces con ganas de vomitar.

Estaba en mi habitación. Tenía el móvil en la mano. Tenía su número, que no había borrado, que no era capaz de borrar por mucho que jurara delante de todos que esa tía no existía para mí.

Y escribí.

«Perdón. No tenía derecho a usar eso.»

Lo miré. Lo borré.

«Hoy me he pasado. Eso de tu muerto no debí.»

Lo miré. Lo borré.

«Renata.»

Solo su nombre. Lo miré mucho rato. Lo borré.

«Sé que firmaste el papel pero hay algo que no me cuadra y necesito que…»

Borré.

«No sé por qué te odio tanto si…»

Borré ese también, rápido, antes de terminarlo, porque ese se acercaba demasiado a una verdad que no estaba listo para mirar.

Lo escribí y lo borré catorce veces. Conté las catorce, porque conté todo aquella noche, para no pensar.

Catorce mensajes a una mujer a la que se suponía que odiaba con toda mi alma.

Uno no le escribe catorce veces a alguien que odia.

A alguien que odias lo ignoras. A alguien que odias no le pides perdón a las dos de la mañana con el pulgar temblando sobre la tecla de enviar.

No envié ninguno. Al final tiré el móvil al otro lado de la cama y me quedé mirando el techo, odiándola con todas mis fuerzas porque odiarla era más fácil que la alternativa, que era admitir que la había destrozado en público usando lo que ella me había dado en privado, y que un hombre no hace eso con una desconocida.

Un hombre solo hace eso con alguien que le importó tanto que ahora no sabe dónde meter lo que siente.

El odio también era teatro. No todo. Pero una parte. Una parte grande del odio era el disfraz que me había puesto para no tener que llamar a las dos de la mañana y preguntarle por qué, si nos habíamos querido tanto, los dos estábamos haciéndonos esto.

Me dormí sin enviar nada. Como todas las noches de aquellos dos años.

Y a la mañana siguiente volví a ser el que la odiaba en público, porque era el único papel que me dejaba seguir de pie.