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DEL AUTOR
EL BUCLE
(novela)
No entendía qué pasaba. O mejor dicho, sí entendía, pero no sabía cómo actuar ante un suceso como ese. Me senté entonces en el colchón, frente al ventanal. Estirándome alcancé ambas cortinas y las cerré. Quedé en esa posición un par de minutos, inhibido de toda reacción.
De golpe, las cortinas empezaron a verse bordeadas por un resplandor blanco, muy intenso.
Me levanté, corrí las dos black-outs. Aquella luz provenía del centro de la nube.
Era un extraño y gran punto que destellaba.
Su volumen iba en aumento, de forma directamente proporcional con la energía que irradiaba. Mi miedo crecía; a la par de la esfera.
No había manera de que aquello fuese bueno.
Era indudable que no se trataba de un fenómeno climatológico.
Cubrí mis ojos con las manos; el brillo había alcanzado una intensidad cegadora.
Inesperadamente sonó el teléfono. Volteé hacia mi derecha mirando al antiguo aparato que tenía en la mesa de luz.
Volvió a sonar. La situación me excedía.
No tenía idea de qué hacer. Apenas conseguía mantenerme parado; abrumado.
Un fuerte eco hizo que girara de nuevo hacia los ventanales.
La luz que teñía de blanco mi cuarto había comenzado a emitir una resonancia agresiva; penetrante.
Cuanto más destellaba más agudo era el sonido.
Sentía que la cabeza me iba a explotar, pero, de un momento a otro, se hizo el silencio.
Mis oídos zumbaron por unos segundos, hasta que ocurrió lo impensado.
La calma fue precedida por un estruendo tan potente que hizo temblar al edificio. Sentí vibrar el piso bajo mis pies. Pareció un trueno, pero mil veces más estridente. La esfera blanca había estallado, iluminando toda la ciudad y dejándome ciego. Entonces caí, de espaldas sobre la cama.
Ese… Ese es mi último recuerdo de una vida normal.
DONDE HAY LUZ HAY SOMbrAS
(antología de cuentos)
Guillermo dejó de escucharla. Su mente, que había captado algo por el rabillo del ojo, le enviaba una alarma para que dirigiese la atención hacia “eso”.
Viró, por instinto, la cabeza hacia la izquierda y hacia arriba.
Comenzó a buscar sin saber qué. Gente, locales, oficinas, edificios altos, edificios bajos, edificios med…
Entonces, lo descubrió. Un hombre se hallaba parado en la cornisa, de un edificio de unos ocho pisos.
Si bien se lo veía diminuto, como un Playmobil, desde su ubicación pudo notar que estaba vestido de oficina: saco, camisa, pantalón y zapatos.
«Si puedo ver los zapatos, es que está de pie hacia el vacío», dedujo de modo acertado.
—¿Seguís ahí? —consultó ofuscada su señora, al percatarse que estaba siendo ignorada.
—Eh… —aunque quería decirle algo para salir del paso, no podía correr la vista de aquel individuo. «Ese edificio debe estar por Sarmiento… Sarmiento y Esmeralda, o cerca de ahí», lo cual, en cálculos simples, era unos doscientos y pico de metros desde su ubicación.
—¿Eh? “Eh”, ¡¿qué?! —ahora estaba furiosa—. ¡Me dejaste hablando sola una vez más!
—Disculpa, yo… —“estoy viendo algo raro”, pensó en excusarse, pero eso habría sido para más preguntas—. En un rato te llamo, ya llegaron los judíos —cortó.
Avanzó un poco más, en dirección a Sarmiento, con la intención de distinguir con mayor claridad al oficinista de la terraza.
Por un instante lo perdió. La cúpula de un antiguo edificio le bloqueó la visión.
Al segundo volvió a encontrarlo. Seguía de pie, al borde del abismo.
Daba la impresión de que movía con brusquedad los brazos.
«Oh, Dios… ¡Va a perder el equilibrio!».
Y así fue.
DONDE HAY SOMbrAS HAY LUZ
(antología de cuentos)
La mirada intransigente de su hijo, lo llevó a contarle algo que mantuvo varios años en secreto. «Ya está en edad de saber».
—Tu abuelo Oscar murió sobre una de esas mesas.
—¿En serio? —el impacto de la noticia provocó que retrocediera un paso en dirección a su padre.
—Sí. Como eras chico, te dijimos que se había ido al cielo sin darte demasiados detalles —avanzó y recortó más la distancia que los separaba—.
En los hechos, lo que sucedió fue que tu abuelo se obsesionó con un proyecto, al punto de no parar de trabajar.
Se olvidó de comer y de dormir durante tres días.
Según el tío Miguel, un sábado a la mañana, como hoy, bajó y lo encontró con la cabeza apoyada sobre la computadora portátil.
Creyó que se había quedado dormido… A los minutos entendió que estaba muerto.
—Uf… —visualizó, entonces, el cuerpo sin vida de su abuelo en una de las mesadas—. ¿Qué pudo haber sido tan importante para que se olvide de comer y de dormir?
—Fue culpa de la estúpida máquina del tiempo por la que el tío… —se detuvo. Tampoco jamás le había hablado de eso.
—¿Máquina del tiempo? —sus ojos manifestaron gran asombro.
—Sí… —«¡Ya metí la pata!» —. Desde que tengo uso de razón, los recuerdo trabajando en ese proyecto. Llegaron a ser grandes referentes en el campo teórico y, al parecer, estaban muy cerca de lograrlo en el aspecto práctico. Al menos, eso nos dijo Miguel.
—¡Qué copado ese proyecto! —ahora en lugar de un cadáver, visualizó a los científicos trabajando codo a codo sobre el artefacto.
—No hijo. De hecho, fue una tragedia. Tu abuelo terminó muerto y su hermano en un loquero.
AMOR DE MADRE
(novela)
Paso a paso, con el cuidado necesario para que los viejos pisos de madera no crujieran, el flamante cumpleañero fue avanzando hasta llegar al ambiente más grande de la casa: el living-comedor.
Recorrió dos metros más hasta toparse con una de las seis sillas de pino oscuro que, con un poco de luz, hubiese visto alrededor de una económica mesa de madera enchapada color wengue.
Allí permaneció unos cuantos y eternos segundos intentando descifrar qué lo había llevado a esa hora a ese preciso lugar.
Clock, clock, clock.
Decía el reloj una y otra vez.
Clock, clock, clock.
Insistía sin cesar.
«El tiempo… La hora…». Fue descifrando sin apuros, el joven. «Ya debe ser primero de agosto. Hoy es mi cumpleaños. Odio mi cumpleaños. Odio mi cumpleaños».
Se agitó. La bronca se había enlazado a su esternón y le alteró la respiración hasta ponerla al ritmo de un galope.
Clock clock clock acompañaba su intensa inhalación; clock clock clock respondía el péndulo a su frustrada exhalación.
Clock, inhalaba; clock, exhalaba. Clock, inhalaba; clock, exhalaba.
De forma hipnótica, el viejo artefacto logró calmar a Tomás, a punto de quedarse dormido de pie. Con la mente despejada, sus sentidos se expandieron como nunca. Como el sonar de un submarino en las profundidades del océano, barrió la sala en búsqueda de algo… o de alguien.
PSICÓPATAS INTEGRADOS
(relatos)
—Gracias —dijo Lourdes cuando se quedaron a solas—. No quería que me viera morir.
—Lo sé…
Salvarla no había sido parte del plan. Solo ocupó al hijo para que no hiciera una locura; y de paso, no presenciaría la caída de la madre.
«¿Ahora, qué?». Comprendía que lo correcto, o lo esperado, era transmitirle ánimos y fuerzas.
«Vos podés, todo va estar bien» o «Resistí, por favor, te amo, no puedo vivir sin vos».
No obstante, lo único que se le ocurrió fue sentarse a esperar en silencio.
Ella tampoco intentó despedirse ni hacer una última declaración memorable que él pudiera atesorar para momentos venideros, en los que el dolor de extrañarla le resultase intolerable.
«Podría disculparse, al menos... Por hacernos vivir esta situación de mierda», pensaba.
«¿Disculparse? ¡Ja! No es una de sus habilidades, ni siquiera debe conocer el significado de esa palabra».
La bronca contenida en la última década comenzaba a aflorar.
«Por supuesto, ella es la inteligente, la señora perfección.
El idiota, el incompetente, soy yo». Recordó entonces las cientos de veces que lo hizo sentir un estúpido.
En la casa, en el trabajo, en la crianza del hijo…
«¡Según ella hago todo mal! Por eso, no me consultó siquiera para planificar esta excursión… Ella siempre impone».
“Crack”, se escuchó. Seguido de un “¡Ay!” y un sollozo débil. Luis se asomó hacia el abismo.
«Sigue ahí, aunque no por mucho». Observó el arbusto y le resultó inverosímil que la delgada raíz sostuviese el peso de una mujer adulta.
«Te llegó la hora querida…», no lo pensó con lástima ni con desdén.
La sensación que lo atravesaba era de emancipación.
«Recuperaré el control de mi vida. Las cosas se harán a mi modo y funcionarán de diez.
Cuando toques el fondo del precipicio, seré libre… ».