Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LXV. Auch #2
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LXV. Auch #2

Pero por dentro, su cabeza era un huracán.

El instinto de huir se activaba sin encontrar salida.

Allí arriba no había puertas que cruzar, ni suelo firme al que correr, ni dirección posible.

Por si fuera poco, vio a la mujer del asiento delantero escribiendo en WhatsApp  con los dedos temblorosos, pegada a la pantalla como si pudiera atravesarla: No sé qué pasa, hija.

El avión… parece que el avión se va a caer.

La respuesta llegó casi al instante: ¿Qué pasa, mamá? Te amo. Te amo, mamá.

«!!!Joder!!!... Ah, porque hay wifi en medio del desastre…».

La ironía cruzó por su cabeza como un reflejo histérico y sacó el teléfono.

Buscó el contacto de su madre, las manos le temblaban y escribió: Te amamos, mamá, no se te olvide nunca.

Se quedó mirando la frase unos segundos.

La borró. Volvió a escribir: Te amamos, mamá.

Casi aterrizamos.  Lo envió sin saber si era verdad.

Abrió el chat  de sus amigas… Las quiero, arpías. Son lo más lindo de mi vida .

Y entonces empezaron los pensamientos en bucle a una velocidad despiadada. En su cabeza comenzaron a abrirse cajones sin orden, recuerdos, reproches, decisiones a medias…

«Joder. Esto no puede estar pasando. Pero este vacío en el estómago no es turbulencia normal. No lo es. Madre mía, no lo es».

«Venga, respira. Eres neuróloga. Sabes lo que es una respuesta de pánico. Sabes lo que es la amígdala disparando cortisol como si no hubiera mañana».

«Pues eso, literalmente como si no hubiera mañana …

¿y si no lo hay? ¿Y si este puto avión se cae y todo se queda aquí, suspendido, a saber, a cuántos miles de pies de altura?

¿Y si esta es la última vez que veo el cielo y es desde esta ventanilla ovalada y cutre?

Joderjoderjoder... ¡Por Dios!, a mamá la abracé ayer.

Fuerte. ¿Fuerte de verdad? Le dije vuelvo pronto  ¿Y si era mentira?

¿Y si ese abrazo fue el último y no lo supe?

Madre mía… Tal vez debía haber ido a ese entrenamiento en Argentina…

quizás sí se hubiera salvado lo que teníamos y ahora estuviéramos juntos haciendo nuestra propia clínica, creando nuestra familia ¿Y si antes… ? ¿Y si hubiera luchado más?».

«¿Estás pensando en Adam a esta hora, Sofía? ¿En serio?».

«Ya sé, ya sé que no se lo merece, pero tal vez fui muy dura, él sí me quería…. Ay, no, noonono… Marcel. ¿Y si hubiera sido feliz con él, aunque no tuviéramos hijos? ¿Y si lo nuestro ya era suficiente y fui yo la que empezó a inventar carencias donde no faltaba nada?

«Basta, Sofía… respira. Ya…».

«La verdad es que he escrito muy poco… No, de hecho, he escrito poquísimo.

Migajas. Tenía que haber escrito más… Tenía que haber protegido ese impulso con la misma fiereza con la que protejo mi vocación médica.

Porque la Neurología la amo. La amo, de verdad.

Me fascina el cerebro, su electricidad, su caos organizado.

Amo entender lo que otros no ven. Pero escribir…

escribir es otra cosa. Es como abrirme el cráneo y desbordarme el alma…

. Nunca me lo cuestioné, pero… ¿Y si no era estudiar Medicina lo que quería?

«No Sofía, eso no es justo. Claro que sí querías. Sí quieres».

«Pero… ¿y si nunca me permití querer dos cosas a la vez?

¿Y si siempre traté la escritura como una infidelidad a mi bata blanca?

¿Y si durante todos estos años he estado en el lugar correcto…

pero incompleta? ¿Y si ahora no llego a ser especialista?

¿Y si todo el esfuerzo se queda a medias?

¿Y si nunca termino esa novela que vive en carpetas ocultas con nombres ridículos como borrador 3.

6_ novela-falta el final- pero ahora sí ...

A nadie le he contado de qué trata. Si alguien la encuentra, nadie podría darle el final que quiero…

¡La madre que me parió…! ¿Cuántos libros habría escrito ya?

¿Cuántas historias he anestesiado porque me daba miedo que no fuera lo mío?

¡Madre mía! Si salgo de esta, no vuelvo a dejarme para después.

No vuelvo a tratar mis deseos más intensos como si fueran caprichos adolescentes…

Lo que más me aterra ahora mismo no es morir.

Es haber vivido con el freno de mano puesto».

Las uñas de Isabel clavándose en la piel de su antebrazo la devolvieron de golpe a la cabina.

—Te admiro mucho, Sofi. Siempre has sido mi mayor inspiración —le dijo con la voz quebrada, y con ojos de por si acaso .

—Cállate ya —susurró Sofía, con la garganta tomada—. No vas a conseguir que te devuelva la frase… porque aquí nadie se va a morir.

Intentó sonreír, pero el gesto no le salió.

Volvió a mirar por la ventanilla, con los ojos empañados.

Ya sobrevolaban un área más urbana —o eso parecía— por las carreteras que se entrecruzaban y los embalses que reflejaban la luz como láminas inmóviles.

El avión seguía estable, pero las pantallas no se encendían, los altavoces continuaban mudos y las azafatas no daban ninguna explicación…

solo repetían que permanecieran con las mascarillas puestas.

«Nadie tiene la contraseña de mi ordenador. ¿Y el dinero? Bueno… ya lo encontrarán, igual no es mucho. Joderjoderjoderjoder… que he dejado muchas cosas para después. Tenía que haber bailado un poco más… Tal vez debí lanzarme en paracaídas aquella vez que Cesar me lo insinuó. Mierda…. Cesar…».

Bajó la mirada hacia el teléfono. En la lista de chats, su nombre titilaba en la pantalla, con un Buen viaje, tesoro  escrito nueve horas atrás.

El impulso fue inmediato. A su alrededor algunos seguían gritando; el hombre del asiento trasero parecía rezar de forma atropellada.

Las azafatas insistían en que todo estaba bien, en que respiraran despacio, pero nadie les creía.

Decenas de corazones latiendo al compás del miedo , comprimidos dentro del fuselaje.

Las lágrimas le nublaron la vista. Abrió el chat.

Y sí, el wifi seguía funcionando.

Sofía:

Cesar, ¿estás por ahí?

Cesar:

…

(escribiendo)

«Vamos, responde… por favor»

Cesar:

Dime, tesoro. ¿Ya llegaste?

Sofía:

Cesar, por favor, busca información de este vuelo en Internet .

Ha pasado algo. Se soltaron las máscaras de oxígeno y bajamos mucho de altura en muy poco tiempo. Nadie nos dice nada.

Ahora te envío el número de vuelo.

Cesar:

Tranquila, yo lo tengo.

«Y cómo es que lo tiene».

Cesar:

No hay ninguna alerta. Dice que aterriza en 35 minutos.

Cesar:

En ruta y en tiempo.

Captura de pantalla adjunta

Sofía:

Pero algo ha pasado.

Foto adjunta de la cabina

Cesar:

Mierda… ¿y eso qué coñó es?

A ver, respira. Debe de ser algo eléctrico.

Todo va a estar bien. Ya casi llegan.

Sofía:

Oye, Cesar…

Sé que he sido insoportable a veces, pero quiero que sepas que eres muy importante para mí. Que te quiero de una forma rara, quizá torpe… pero mucho más fuerte de lo que alcanzo a entender. No quiero que te quedes con la duda.

—¿No huelen a humo? —gritaba un hombre desde el fondo.

Las teorías iban y venían, cruzándose por encima de los asientos, pero lo cierto era que no había turbulencias ni sacudidas…

Todo se veía extrañamente tranquilo, aunque Isabel no podía estarse quieta; movía las piernas sin parar y se separaba la máscara para mordisquearse la uña del meñique hasta casi hacerse daño.

El teléfono vibró.

Cesar:

Uyyy... que sepas que le he hecho captura de pantalla a esas declaraciones.

Pero no te atrevas a morirte. Ya deja de buscar salidas fáciles a todo lo que tenemos pendiente. Además, ya hablé con el piloto, le dije que la pasajera del 17 F no tiene permiso para morirse. Conmigo todavía no has sido feliz.

No te vas a librar tan fácil.

Respira

Sofía sonrió como pudo.       «Solo él puede hacerme reír en un momento así».

Sofía:

Oye, ¿y tú cómo sabías mi número de vuelo y que estoy en el 17F?

Cesar:

Magia negra. Telepatía. Intuición.

Acuérdate: Eres tú.

Sofía:

$inap$is27

Cesar:

¿Y eso qué rayos es?

Sofía:

La contraseña del portátil que me regalaste.

Nadie la tiene.

Cesar:

Pero tú sí que tienes más fe que el papa.

Si eso se cae… ¿en serio pretendes que se salve el portátil?

Sofía:

El portátil se quedó en mi casa en Cuba, gracioso.

Solo me traja el iPad.

Cesar:

¿Te has dado cuenta de que me has elegido para dedicarme tus últimos minutos de vida, verdad?

Cesar:

Eso es…

Tremendamente revelador.

Justo cuando Sofía iba a responderle que no se engrandeciera pero que tenía razón, las pantallas de los asientos se encendieron. Una tras otra. El altavoz soltó un chirrido breve antes de que por fin se escuchara la voz del comandante, firme, aunque quizás más baja de lo que debía.

—Señoras y señores, les habla el comandante. Hemos tenido una despresurización brusca en cabina. Como parte del procedimiento estándar, hemos realizado un descenso inmediato hasta una altitud segura. La maniobra es violenta, pero está prevista en nuestros protocolos.

Varias personas soltaron el aire al mismo tiempo. El murmullo ahí dentro recuperaba la esperanza, aunque la calma con la que hablaba aquel hombre resultaba casi ofensiva, después de aquellos minutos eternos de desasosiego.

—En este momento nos encontramos estabilizados a diez mil pies —continuó el comandante—.

La aeronave responde con normalidad y todos los sistemas operativos están funcionando de manera correcta.

Nos dirigimos al Aeropuerto Internacional Adolfo Suárez Madrid-Barajas según lo programado.

Hemos informado al control de tráfico aéreo y estamos coordinando los siguientes pasos.

Estimamos aterrizar en aproximadamente veinticinco minutos.

Suspiros, alabanzas y más suspiros.