XXXV. ¿Qué día es hoy? #2
—¿Sincero?
—Sincero.
—Estoy en fase de hacer lo que quiero y punto… evitando preocuparme por si me conviene o no. Ya he tenido todo tipo de historias de amor, Sofía. —Se mordió el labio inferior—. Fugaces, largas, de tres días o diez noches, de para siempres inventados…, de vamos a ver qué tal.
—Vaya… —respondió Sofía, pensativa, con el corazón latiendo más rápido de lo que le habría gustado.
Marcel se inclinó ligeramente hacia ella, apoyándose sobre un codo.
—Tranquila —dijo, rozándole la mejilla con la nariz—. No te devolveré la pregunta.
—No quiero que me dé miedo todo esto entre nosotros.
—Entonces ignora esa sensación… y lánzate —respondió, besándole la comisura antes de volver a acomodarse en la cama—. Que he tenido historias de amor de todo tipo… excepto la que me imagino contigo. Es que contigo voy a ciegas.
Y ella se lanzó, sí, pero sobre él y lo besó con una ternura que la traicionaba. Él desvió la mirada hacia sus labios y sonrió despacio.
—Puedes estar tranquila, cariño. No estoy interesado en romperte el corazón.
Ella le rodeó el cuello y lo miró muy cerca.
—Ni yo de permitirte que lo hagas.
Él soltó una carcajada sobre sus labios.
—¿Vemos por fin la película? —preguntó, acariciándole el pelo junto al oído.
Sofía se apartó un poco y recostó el rostro sobre su pecho, acomodando la vista en dirección al televisor.
—¿Cómo se llama?
— Perdona si te llamo amor . [23]
Ella se giró y lo miró, incrédula, riéndose.
—No me jodas, Marcel.
XXXV. ¿Qué día es hoy?
Los últimos suspiros de enero la encontraron, contra todo pronóstico, de pie.
Sofía había logrado sobrevivir a horarios saturados, pacientes intensos y a Niurka con sus correcciones milimétricas.
Había cumplido con todo… menos con una decisión: ¿en qué condiciones viajaría a La Habana?
Si se daría —o no— la oportunidad de pasar esos meses conviviendo con Marcel.
La idea no le desagradaba; de hecho, la tentaba más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
Pero también pensaba que hacer algo así tan pronto podía jugarles en contra.
No sabía hacia dónde iba con él, ni siquiera si de verdad iban hacia algún lugar concreto.
Solo estaba segura de que no quería estropearlo.
Marcel se le había convertido en la pausa, en el refugio misterioso, en el más bonito de sus amaneceres, en el cappuccino perfecto. Y lo mejor, era duty free. [24]
«¿Y si Amber tiene razón? ¿Dónde está el dilema?
¿No se supone que no hay buena historia sin conflicto?
». Pero al final, esa idea solo tenía sentido cuando se hablaba de protagonistas de novelas, y quizá Sofía no había terminado de aceptar que lo que pasaba con Marcel no…
«Ay, ya son las once, el Zoom ». Se incorporó de golpe de la cama del cuarto médico y caminó casi a tientas hasta el salón de conferencias.
Se recogió el pelo en un moño rápido usando el bolígrafo que tenía a mano, se ajustó la bata y frente al ordenador pulsó el botón de Unirse a la reunión .
Un par de segundos después, el recuadro de la doctora Niurka Castillo apareció en la pantalla, elegante e imponente, como siempre.
—Hola, Sofía, ¿estás de turno hoy? —preguntó Niurka, con esa voz calma de quienes parecen tener siempre la presión arterial óptima.
—Pues sí, y hasta mañana —respondió Sofía, enderezándose en la silla.
—¿Muchos pacientes?
—Los justos para no aburrirme. —Sonrió, intentando parecer más descansada de lo que estaba.
—Bien. Pues vengo con buenas noticias —anunció Niurka, hojeando algo fuera de cámara—. Acabo de enviar el manuscrito de tu libro a la editorial. Por mi parte, ya está listo.
Sofía se llevó las manos a la cara, entre incrédula y asustada. Sus ojos se cristalizaron y un vuelco en el estómago la devolvió al presente. El corazón latía más rápido de lo normal. «¿Esto me está pasando de verdad? ¿Voy a publicar un libro?… Wow ... ¡Sí! Voy a publicar un libro».
Era como si ese proyecto, que había colocado mentalmente en el estante de algún día , de pronto le estuviera plantando cara, abriendo una ventana hacia un sitio desconocido.
—Debes ir pensando en el título —prosiguió Niurka—. En unas semanas deberás tener noticias de tu editora, explicándote el cronograma de todo el proceso y las posibles fechas de publicación.
Sofía seguía en shock . El cursor se movía solo por la pantalla, pero ella no era consciente de estar tocando nada.
—¿Qué pasa, guapa? —sonrió la doctora, inclinándose hacia la cámara—. Te has quedado tiesa. ¿Perdiste la cobertura?
—Perdón, doctora… es que no me lo esperaba —consiguió articular con una media sonrisa. Los ojos le brillaban traicionados por la emoción.
—Es normal. Todos hemos estado ahí. Es tu primer libro —dijo Niurka con una ternura tan poco habitual en ella que casi impresionaba más que la noticia.
«Como si fueran a haber más», se cuestionaba Sofía.
La doctora se acomodó las gafas y cambió de posición.
—Por otra parte, quiero felicitarte por tu sección en el capítulo de meditación del nuevo proyecto.
Al principio entré en conflicto cuando vi que mencionabas el porcentaje de personas a las que meditar les genera ansiedad o estrés.
Parecía ir en contra de todo lo que queríamos transmitir —hizo una pausa estratégica—, pero al final terminaste convenciéndome.
Las mismas estadísticas nos recuerdan que la ciencia nunca es exacta.
Lo has hecho muy bien, Sofía. Te confieso que cuando empecé a leer, pensé en quitar esa parte.
—Entornó un poco los ojos, como dejando caer una confesión que le dolía—.
Ya habrás notado que no es fácil hacerme cambiar de opinión.
Pero el enfoque que usaste fue muy fino.
Eso de hacerme ver que no somos unos raritos porque lo que funciona para la mayoría no siempre funciona para uno mismo, y que entender las particularidades de nuestra neurofisiología también puede convertirse en una ventaja para seguir creciendo... Pues vamos, es difícil rebatirlo.
Sofía sintió que los hombros se le aflojaban solos. No solo no la había regañado, la estaba validando.
—La verdad… —soltó una risita nerviosa—, estaba preparada para el regaño por el atrevimiento y para que me mandara a eliminar esa parte del capítulo. Pero había que intentarlo.
—Venga, Sofía —replicó Niurka, dejando los espejuelos a un lado—. No creo que lo hayas dejado ahí sin la esperanza de que sobreviviera a mi filtro. Al final va a ser que mi cerebrismo, como te gusta llamarle, empieza a complementarse bien con tus atrevimientos.
Sofía sonrió, entre avergonzada y feliz… y sí, claro, también bastante orgullosa de sí misma.
—Gracias, doctora. Por la oportunidad al inicio… y por la confianza ahora.
—Tampoco te me reduzcas —la cortó con suavidad—. Si confío es porque tú confías primero, aunque no seas consciente de ello.
Fijó la vista hacia la cámara, se puso seria, como si rematara una idea importante.
—Se vienen cosas grandes, Sofía —añadió, mirándola a través de la pantalla—. Espero que estés lista.
Cuando la pantalla del Zoom se cerró… Sofía agarró el celular y comenzó a grabar un audio.
Sofía:
🎙️ Mensaje de voz:
Cesar… me van a publicar el libro. No puedo creerlo
No tengo fecha, pero es verdad, está pasando. ¿Te imaginas?
Cesar:
🎙️ Mensaje de voz:
Felicidades tesoro. El primero de tus libros. Qué orgullo siento de haberte conocido, pero ve y cuéntale a las chicas, que esto de ser el primero en enterarme siempre, a ellas no debe hacerles mucha gracia.
Sofía:
🎙️ Mensaje de voz:
¿Y tú cómo sabes que eres el primero?
Cesar:
🎙️ Mensaje de voz:
Se te nota mucho la emoción de decirlo por primera vez.
Tengo que decir que me siento muy honrado… de que lo hagas conmigo.
¿Tendrá eso algún significado especial?
A Sofía se le escapó una sonrisa y, con ella, un pensamiento nostálgico.
Volvió la imagen de él en la playa, su mano entrelazando la de ella, su indulgencia tranquila, aquel beso y, por supuesto, esos ojos verdes, insolentes y magnéticos.
«Qué jodida la distancia… Qué habría pasado si…
A lo tuyo, Sofía, a lo tuyo… que tienes paciente nuevo en Urgencias».
Soltó el aire, casi a modo de regaño interno y buscó en su playlist la canción que resonaba en su cabeza. Se puso los audífonos y salió andando por un pasillo del hospital
♪ Escúchame… Si estás ahí, quiero que sepas
que sigo aquí, sintiéndote con este miedo porque no aguantes… y el corazón se te distraiga por momentos y te olvides de mí…
Qué envidiosa la distancia, también quiso formar parte de lo nuestro. ♪ [25]
***
La guardia no dio tregua. Sofía no durmió ni dos horas seguidas, así que al amanecer del sábado no puso un solo pero cuando Marcel le propuso ir a buscarla.
Lo esperó en la entrada del hospital con la mochila al hombro…
y la noche entera a cuestas. Tenía unas ojeras de espanto y el moño…
bueno, aquello no clasificaba como peinado en ninguna categoría conocida.
Marcel aparcó frente a ella, se bajó del auto y le abrió la puerta. Antes la miró de arriba abajo con una mueca divertida a conjunto con la estampa que traía Sofía.
—Estás… —dijo, dejando la frase caer con intención.
—Desastrosa, ya lo sé...
—Iba a decir hermosa —la interrumpió, y le dio un beso en la comisura, seguido de ese gesto de… «¡Ay, Dios!», ese gesto inhumano de morderse el labio inferior y luego rozárselo con la lengua, que a ella la dejaba en modo pantalla bloqueada.
—¿Lo haces a posta, verdad?
—¿El qué? —Y lo hizo otra vez.
—Eso. Eso mismo. —Le señaló los labios—. Deberían multarte.
—No sé de qué hablas.
—Claro que no lo sabes… si no lo sufres.
Sofía se acomodó en el asiento del copiloto, él cerró la puerta y se puso al volante.
—¿A tu casa o a la mía? —preguntó, arrancando.
—En la mía no podemos andar sin ropa, así que…
Y, por supuesto, él volvió a hacerlo. «Ay, no».