Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XXXIV. El truco más viejo del mundo #3
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XXXIV. El truco más viejo del mundo #3

Al llegar, ella fue directo al baño y él a la cocina a prepararle el desayuno.

Sofía salió con el pelo mojado, sin energía ni para secárselo.

Se puso un polo de Marcel que le caía a mitad de los muslos y le bailaba en el cuerpo, unas medias que encontró en el primer cajón y fue a buscarlo a la terraza.

Marcel ya lo tenía todo dispuesto. La mesa servida, el sol colándose de lado…

y un cappuccino  frente a ella. Esta vez, con whipped cream.

Por un segundo ella pensó que estaba viendo mal.

No sabía si era el cansancio, la falta de sueño o las dos cosas, pero ese café —con la crema batida que él detestaba, que consideraba un sacrilegio y un insulto a la cocina italiana que tanto veneraba— le pareció una declaración en toda regla.

Algo se le aflojó por dentro. Se le aguaron los ojos, pero de una felicidad inesperada.

Una emoción maravillosa se abría paso en uno de esos sitios donde las marcas que se quedarían solo podrían ser bonitas.

—Sofía… ¿estás bien? —preguntó él sentándose a su lado.

—Nada, ehh…, es que estoy feliz y… —Se secó disimuladamente una esquina del ojo—. Que me dieron la noticia de que, por fin, me van a publicar mi libro.

—Oh, cariño, eso es genial… Felicidades —dijo abrazándola. Le dejó un beso en la cabeza y, cuando ella alzó la vista, le robó otro en los labios.

—¿ Whipped cream ? ¿En serio?

—Es la primera vez en mi vida que cometo semejante crimen… —admitió, medio riendo.

—¿Y de dónde sacaste la crema? Si aquí no había.

—Se la compré a Darío, el dueño del bar donde desayunaron el otro día. Estabas tan feliz con tu café que…

Sofía se sentó sobre él y lo abrazó, escondiendo la cara en su cuello. Ahí estaba Marcel traicionando una de sus normas sagradas solo para que ella fuera feliz con aquella herejía espumosa.

—Gracias, de verdad —dijo ella saboreando el primer sorbo mientras esbozaba una sonrisa plena.

Y no lo decía por el café.

Él la observó con gratitud, y se apresuró a limpiarle el rastro de crema que había quedado sobre sus labios con un beso.

—Es un placer. Esa sonrisa tuya justifica cualquier crimen.

Al fondo, Fito Páez hacía lo que mejor sabía: los acordes, los giros de voz, esa manera de subir y bajar como si cada nota abriera una ventana distinta.

Marcel tenía un radar finísimo para la música, muy propio de la generación X, ideal para estirar los silencios sin que pesaran.

Sus playlists eran como museos, buscaban intensidad sin demasiado drama.

Nada en él se dejaba guiar por las tendencias, lo cual para Sofía era un premio.

Ella, que se sabía millennial empedernida, tenía un problema serio con todo lo impuesto.

♪ Cecilia dice siempre lo que piensa

y casi nunca piensa como yo… ♪ [26]

—Marcel… —Sofía aprovechó la euforia tierna del momento, ese brillo que él le dejaba en la piel— respecto al viaje a La Habana… lo he estado pensando y… —Bajó la mirada, como si necesitara hablarle primero al suelo.

—¿Y qué? —preguntó él, intentando sonar despreocupado, pero fracasando bastante.

—Okey.

—¿ Okey  qué? —insistió, ladeando un poco la cabeza, buscándole los ojos.

—Que sí. Que me voy contigo.

El gesto de Marcel se iluminó de repente. Los ojos se le llenaron de una alegría difícil de disimular. Le apoyó una mano en la nuca y le robó otro beso rápido.

—Ya verás que nos la pasaremos genial.

Se mordió la mejilla por dentro y la mirada se le fue un poco más lejos, hacia algún lugar al que Sofía todavía no tenía acceso.

—Te van a publicar tu libro, decides irte conmigo a La Habana… estás aquí, a mi lado… ¿Qué más puedo pedirle a la vida a mis cuarenta años?

—Uyyy… y ese milagro de que no dijiste treinta y nue… —«joderjoderjoder». Sofía se echó hacia atrás, llevándose una mano a la cabeza—. Espera… ¿Qué día es hoy?

La respuesta le llegó como un baldazo helado. «Mierda… hoy es treinta y uno. Es su cumpleaños. No le compré nada. Nada . Y encima me prepara cappuccino  con whipped cream  él a mí… Mierda, mierda, mierda».

—Marcel… perdona. Se me fue de la mente, tengo tanto encima que ni sé qué día estoy viviendo. —Se colocó frente a él con la mirada cargada de ternura y frustración a partes iguales—. Feliz cumpleaños.

Y lo besó, lo besó con deseos y con remordimientos.

—Te juro que no soy este desastre todos los días.

—¿De verdad crees que necesito algo más hoy? —musitó él contra sus labios—. Nunca pensé que celebraría mis cuarenta así… Tenerte aquí conmigo es el mejor regalo del día.

Ella sonrió, un tanto aliviada por fuera, pero en guerra interna.

—Por cierto —añadió Marcel, como quien no quería que la explosión lo salpicara—, hoy viene Vicky con mi madre a hacerme una cena.

A Sofía la expresión se le rompió en los ojos.

Él carraspeó.

—Solo estaremos nosotros… y, bueno, Melissa y Samir —corrigió, aunque ese solo  seguía sin encajar del todo—. ¿Quieres quedarte?

—¿Crees que deba? —preguntó ella, sintiendo una corriente de incertidumbre treparle por la espalda.

—Me encantaría.

—Hum —farfulló ella, escéptica—. ¿Y cómo me vas a presentar ante tu madre?

Marcel respiró profundo y teatral, como si desplegara las opciones en una pizarra imaginaria.

—Pues tengo dos alternativas. Una: como una amiga que ha llegado de repente… y entonces mi señora madre no te tomaría en serio. O… —tartamudeó con una sonrisa taimada escapándose por sus comisuras —, como mi novia. Y ahí, sí empezaría a preocuparse.

—Elige tú si quieres preocupar a tu madre o mantenerle su paz —respondió Sofía, elevando una ceja, como si la etiqueta que le pusiera no le importara demasiado; pero le importaba.

Marcel soltó una carcajada.

—Muero por ver de nuevo a mi madre celosa.

—Si me quedo necesito ir a mi casa a buscar ropa. Solo traje el pijama de guardia.

Él le lanzó esa mirada pícara que era como su marca registrada.

—Pues este atuendo no te queda tan mal… o si prefieres, en uno de los cajones hay ropa de esas que han dejado otras mujeres, y yo las colecciono como trofeos de guerra. Si tienes suerte, algo será de tu talla.

—No me gusta la ropa de segunda mano —dijo Sofía, fingiendo un mohín de decepción.

—Que es una broma, mujer —rio él, rozándole la cadera por debajo de la ropa para desactivarle cualquier duda—. Te llevo por la tarde, después de que descanses. —Le guiñó un ojo.

—Hablando de eso… —dijo ella, después de morderle el labio inferior—, ¿me llevas a la cama, por favor?

Él se levantó del sofá con ella en brazos, como si fuera lo más natural del mundo, y la llevó directo a la habitación.

La dejó sobre la cama con una delicadeza que desmentía la fuerza de sus manos y, cuando se giró para cerrar las cortinas, Sofía ya se había despojado de la poca ropa que llevaba.

Estaba de pie frente a él, completamente desnuda, y, aunque todo por dentro le temblaba, su respiración se percibía tranquila, aún.

Marcel entornó los ojos hasta fijarlos en los de ella y recorrerla entera.

Se quedó inmóvil, hipnotizado, sin terminar de comprender esa necesidad que de pronto lo dominaba de estirar las horas a su lado, de quedársela otro día, y otro, y otro...

—Ahora sí —susurró ella, acercándose un paso y guiándole las manos hasta la base de su espalda—. ¡Feliz cumpleaños!