Wrath (MC Almas sin nombre nº 2) Capítulo Nueve
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Capítulo Nueve

Wrath

Mi moto tosió y se paró a un kilómetro de la casa de seguridad. La aparqué a un lado de la carretera, memorizando el paisaje que me rodeaba. Tendría que volver esa noche con combustible.

Mount Nombinnie era nuestra parada de esa noche. Una casa de seguridad a cuatro horas del río Murrumbidgee que pondría bastante distancia entre nosotros y los bastardos, y nos daría un lugar seguro donde escondernos unos días mientras Zero se recuperaba.

El SUV redujo la velocidad y salté dentro, señalando el camino de tierra.

—Sigue recto hasta la bifurcación y luego toma a la derecha. Nuestro destino es la granja fortificada en lo alto de la colina.

La granja se había construido décadas atrás y varias generaciones la habían ido ampliando. La habían levantado en lo alto de la colina para aprovechar las vistas, y ahora ofrecía un punto de observación perfecto para sus ocupantes.

—¿Quiénes son los dueños? —preguntó Lottie desde el asiento de atrás—. ¿Son miembros del club?

—Parientes. Cuando nosotros nos pasamos al uno por ciento, ellos se pasaron al hooah —respondió Butcher.

Hubo una pausa.

—No tengo ni idea de qué significa eso.

—Son todos exmilitares —respondí, escudriñando los campos en busca de movimiento. Switch venía detrás, llevando su moto con cuidado hasta la casa de seguridad.

El resto del grupo probablemente iba horas por detrás, ya que tenían que parar a instalar los transmisores y reabastecer algunos de los puntos de seguridad intermedios.

Ghost y Runner ya habían recorrido este camino antes, y no me cabía duda de que mantendrían a mi mujer a salvo. Tenía que centrarme en Zero.

Fuimos dando tumbos por el camino de tierra, con las rocas y la gravilla crujiendo bajo los neumáticos, hasta llegar a las gruesas puertas de acero de la granja.

Dos hombres montaban guardia en un parapeto en lo alto del muro, apuntándonos con sus armas.

Bajé la ventanilla y asomé la cabeza.

—¿Queréis bajar esas armas y dejarnos entrar? —grité, saludando a Jason y Vince con un gesto—. Tenemos un herido aquí.

—¡Wrath! —gritó Jason, saludándome con la mano—. Me alegro de verte, tío.

Se giró hacia los guardias de la puerta.

—Abridla, chicos.

El chirrido de metal contra metal llenó el aire. Un momento después, una de las puertas gigantes se abrió y dos tipos salieron corriendo a apuntar con sus armas hacia el camino mientras entrábamos.

—¿Siempre son así? —preguntó Butcher en voz baja mientras aparcábamos.

—No. —Miré alrededor—. Este nivel de protección es nuevo.

Habían pasado al menos dos meses desde mi última visita.

La mayor parte de ese tiempo lo había dedicado a recorrer los otros clubes, entregando las órdenes de Shield, nuestro Presidente Nacional.

El creciente riesgo de las milicias, el virus, la escasez de comida y combustible, los esclavistas —sin mencionar a los bastardos— habían obligado a Shield a actuar.

Había ordenado que todos nuestros capítulos se reagruparan en tres clubes: el complejo de Adaminaby, el Búnker de Cunnamulla —que servía como punto intermedio hasta el destino final— y la Plantación del lago Proserpine.

En el Antes, una ruta directa de uno a otro habría llevado veinticuatro horas. En el Después, había calculado que el viaje de Adaminaby a Cunnamulla duraría al menos tres días. Con la herida de Zero, tendría que replantearme esos plazos.

Butcher aparcó donde le indicaron y salimos. Switch, que había entrado junto a nosotros, se acercó enseguida para abrir la puerta y ayudar a sacar a Zero del vehículo.

—¡Esperad! —gritó una voz desde el patio. Una mujer empujaba una cama improvisada hacia nosotros—. Ponedlo aquí.

Descargamos a Zero con cuidado y lo llevamos a toda prisa por el patio hasta la enfermería. No estaba tan bien equipada como la del complejo, pero serviría por el momento.

Lottie y Butcher se pusieron manos a la obra. Ambos parecían agotados pero decididos mientras preparaban el suero, limpiaban y revisaban de nuevo la herida, administraban antibióticos y procuraban que Zero estuviera lo más cómodo posible.

Al ver que estaba en buenas manos, me fui. Switch me seguía de cerca, con el rostro tenso.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

—Nunca había visto nada así. —Sacudió la cabeza—. Ha sido una puta locura.

—Sí.

La primera vez que me topé con un bastardo fue a las afueras de la Plantación, el bastión de los Nameless Soul en Queensland, unos ocho meses antes.

Otros dos tipos y yo habíamos salido a cazar ciervos.

Los ciervos los habían traído a Australia unos blancos sin la menor conciencia medioambiental a finales del siglo XIX.

En el Antes los consideraban plagas; en el Después eran una fuente de alimento.

Llevábamos un rato siguiendo el rastro de una manada, con la esperanza de encontrar sus zonas de pasto y montar un escondite cerca. En cambio, habíamos dado con su abrevadero: un pequeño arroyo que serpenteaba entre la maleza.

Nos habíamos agachado a beber cuando apareció una mujer al otro lado del arroyo.

Llevaba los restos desgarrados de un uniforme militar: pantalones de camuflaje y lo que quedaba de una camisa polvorienta color arena.

Tenía el pelo hecho un desastre, lleno de tierra, hojas y ramitas.

Le faltaba una bota; la otra la llevaba desatada.

Tenía la cara destrozada a arañazos, y el resto del cuerpo no estaba mucho mejor.

Tenía los dedos retorcidos, como si las manos estuvieran artríticas o rotas. Le goteaba sangre de un corte reciente en el brazo, un líquido espeso y negro. Había ladeado la cabeza hacia nosotros, con los ojos brillantes y claros, sin señales de que no fuera humana.

—¿Estás bien, cariño? —había preguntado Bear, echándose el arma a la espalda y haciendo ademán de cruzar el arroyo.

Fue entonces cuando ella se abalanzó. Saltó el arroyo y embistió a Bear de frente, tirándolos a ambos al suelo. Lo mordió, desgarrándole la carne del cuello con dientes y manos.

El joven aspirante que iba con nosotros, Wall, se había lanzado hacia delante con el cuchillo en la mano y la apuñaló en el costado mientras ella seguía destrozando el cuello de Bear.

Una segunda había aparecido del lindero del bosque, otra mujer. También llevaba camuflaje, el suyo en peor estado que el de la primera. Le disparé una vez en la pierna, con la esperanza de incapacitarla lo suficiente para llevarla al campamento e interrogarla.

Pero ella siguió avanzando, como si no sintiera el daño en el muslo. Volví a disparar, dándole en el pecho y luego en la cabeza. Entonces sí cayó, muerta.

El aspirante había matado a la otra, pero Bear estaba muy mal. Lo llevamos de vuelta a la Plantación. Pasaron horas hasta que la fiebre le arrasó el cuerpo y la sangre se le volvió negra. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que algo iba muy mal.

En veinticuatro horas empezó a atacar a los hermanos, arrasando la enfermería, golpeando y mordiendo a cualquiera que se cruzara en su camino. Tuvimos que abatirlo, una bala entre los ojos. Todavía me perseguía aquel recuerdo.

—Eh, Wrath.

Me detuve y me volví para ver a Farmer acercarse por detrás.

Como muchos en el Después, ya no usaba el nombre que sus padres le habían puesto. En el Después, los apellidos no significaban nada, carecían de peso o valor. La mayoría del club había adoptado sus apodos de motero, pero algunos insistían en cambiárselos.

Farmer, pese a su nombre, no era granjero. Nadie sabía muy bien de dónde le venía el apodo, pero se le había quedado. Yo siempre había supuesto que era porque el tipo parecía un ranchero: corpulento, bien alimentado, con un pecho de barril. La piel bronceada, el pelo decolorado por el sol.

Esperé a que nos alcanzara. Se puso a mi lado, negando con la cabeza.

—Tu chico tiene suerte de estar vivo.

—Butcher y la chica, Lottie, hicieron todo el trabajo.

—Menos mal. Aunque va a ser un infierno para él.

Farmer negó con la cabeza.

—No volverá a montar en moto.

En el Antes esa afirmación no habría sido cierta.

Había estado en concentraciones y había visto a muchos moteros amputados con equipos modificados circulando por ahí.

Pero en el Después, sería más difícil. Dudaba que pudiéramos encontrarle una prótesis, y aunque lo hiciéramos, habría que hacerle modificaciones importantes a su moto para que pudiera conducir.

Modificaciones para las que dudaba que tuviéramos el equipo o las piezas.

—Jodido —coincidí.

Salimos al patio mientras Farmer señalaba las nuevas construcciones a nuestro alrededor.

—Estamos viendo más movimiento de bastardos en esta zona. Por no hablar de los imbéciles de las milicias y los aspirantes a soldaditos que quieren jodernos.

Sonrió con suficiencia y se cruzó de brazos.

—Están aprendiendo a no venir por aquí.

Por lo que había ido averiguando a lo largo de los años, Farmer era exfuerzas especiales.

Su grupo de hombres se había retirado unos años antes de que el virus empezara a arrasar la civilización.

El tipo era un survivalista y se había largado de la sociedad pronto, había comprado tierras y se había establecido en esta zona.

Estaba vinculado al club: su mujer era la hermana de Shield, lo que significaba que tenían protección del club, aunque no la quisieran.

—Torres nuevas.

Señaló los edificios de madera en construcción alrededor del patio.

—También vamos a subir la valla.

—¿Más alta? —preguntó Switch, arqueando una ceja—. Pero si los bastardos no pueden trepar.

El virus contenía ciertas cepas de rabia, además de otras hebras de ADN.

Como la rabia, mutaba las funciones musculares, retorcía y paralizaba algunas partes, sobre todo las manos y los dedos de los pies.

Los bastardos podían golpear, pero no arañar.

Eso significaba que trepar algo como una valla era prácticamente imposible.

—Es para mantener fuera a las milicias.

Farmer se metió las manos en los bolsillos y se detuvo en medio del patio.

—Cuanto más alto tengan que trepar, más tiempo tenemos para cazarlos e impedir que entren.

Señaló con la cabeza hacia el frente del patio, donde los hombres trabajaban en fortificar la valla.

—Estamos excavando, vamos a bajar metro y medio bajo tierra y llenar la puta zanja de hormigón. Pueden estrellar un camión contra la valla y aguantará.

—Listo.

Eché un vistazo al patio y conté rápidamente.

—Has reclutado a más chicos.

—Amigos que huyen de las ciudades.

Negó con la cabeza.

—Tenemos un grupo en partida de caza, deberían volver hoy; si no, te ofrecería sus camas. Estamos construyendo un barracón nuevo en la parte de atrás, pero de momento solo puedo ofrecerte el granero o unas tiendas de campaña.

Le di una palmada en el hombro.

—El granero nos vale. No somos exigentes.

Sonrió.

—¿A cuántos esperas?

—Dile a tus hombres que estén atentos a unas cuantas motos y dos camiones cisterna. Habrá mujeres en nuestro grupo.

Farmer arqueó una ceja, interrogante.

—Ya verás.

Miré a Switch.

—Vamos a instalarnos en el granero.

Me detuve y me volví hacia Farmer.

—¿Whip ha pasado por aquí?

Negó con la cabeza.

—No he visto a nadie por aquí en unas dos semanas. El último fue un tipo que venía de Queensland. Dijo que iba a Bathurst a contactar con un club de por allí.

Asentí, con los labios apretados.

—Gracias.

Switch y yo nos dirigimos al granero. Switch me lanzaba miradas de reojo mientras caminábamos.

—¿Qué? —pregunté mientras inspeccionaba el interior. Había ocho establos, seis de los cuales estaban ocupados por caballos o vacas. Los dos del fondo estaban libres, aunque habíamos molestado a un par de gatos que dormitaban allí. Nos bufaron mientras salían disparados.

—Whip debería haber pasado por aquí, ¿no?

—Puede ser.

A mí tampoco me gustaba.

—Podría haberse enterado de lo de la horda y haber decidido cambiar de ruta.

—Eso espero.

Yo también.