34 Wolf
TREINTA Y CUATRO
WOLF
Niego con la cabeza, sin poder creer que haya sido Rush, de entre todas las personas, quien me ha hecho entrar en razón antes.
No me malinterpretéis, le estoy jodidamente agradecido por haberlo hecho, pero todavía no he llegado a entender por qué. ¿Por qué es él la voz de la razón? ¿Y por qué ella?
Sé que fue él quien promulgó el pacto, pero ahora que no es una idea abstracta surgida de un subidón de adrenalina, no sé muy bien cómo manejarlo.
¿Cómo funcionará? ¿Nos turnamos las habitaciones o vivimos todos juntos? Quiero a mis hermanos y estoy dispuesto a intentar esto de compartir, pero también me gusta tener mi propio espacio.
Solo pensar en tener a Red en mi espacio —de forma permanente— hace que agarre el volante con un poco más de fuerza.
—La he cagado, pero bien. —Mi afirmación queda suspendida en el aire, incapaz de disimular la culpa que resuena en mis palabras.
—Sí, la has cagado —confirma Sully.
—Voy a arreglarlo —prometo.
Se encoge de hombros. —Me da igual de una forma u otra.
—Dices eso ahora, pero te olvidas de que te conozco de toda la vida. No puedes engañarme tan fácilmente, hermanito —le digo, sin acritud.
—Tú no eres mi hermano —gruñe—. Mi hermano no se estaría follando a mi chica, ¡y desde luego no estaría pensando en quedarse con ella! —ruge.
Le miro de reojo. Tiene la vista fija al frente, el pecho subiéndole y bajándole y las manos apretadas en puños.
—Has dicho «mi chica» —digo en voz baja—. Has dicho «mi chica», no «mi exnovia».
—Que te jodan, no lo he dicho. —Se cruza de brazos y se vuelve para mirarme—. No intentes psicoanalizarme. Además, ambos sabemos que a mí se me da mejor.
Asiento. —Eso es verdad. Pero entonces, ¿por qué vienes?
—Alguien tiene que cubrirte las espaldas.
—Rush está allí —replico.
—Rush está preocupado por otras cosas. Y estamos al borde de la guerra. Así que estoy aquí por ti, no por ella.
—Te lo agradezco.
Suelta un gruñido y sube el volumen, dando por terminada la conversación, lo que me viene muy bien.
***
Setenta minutos después, vamos caminando por la calle en dirección a O’Malley’s. Estoy inquieto, y sé que no son solo los nervios por el gran gesto que tengo planeado.
—¿Lo sientes? —murmuro, mirando de nuevo por encima del hombro. Parezco un puto muñeco de esos que mueven la cabeza, con la forma en que no paro de girarla, buscando cualquier cosa fuera de lo normal. Pero no paso suficiente tiempo en esta puta ciudad como para saber siquiera qué sería inusual.
—Sí, siento que me observan. Y no me gusta una puta mierda.
Nos acercamos a O’Malley’s; el toldo verde bosque se mece suavemente con la brisa. Hace tanto calor y humedad esta noche que la ligera brisa parece más una sauna que algo refrescante. Me separo del estómago el bajo de mi camiseta negra, intentando que corra algo de aire para refrescarme.
Nos detenemos frente al pub junto a unos tipos que pasan el rato delante de la puerta abierta. Oigo el parloteo del interior, pero todavía no oigo a nadie cantar. Bien, espero no habérmela perdido.
—¿Qué pasa, tíos? Benny —los saludo con una sonrisa en la cara. Al fin y al cabo, ese es mi papel. Soy el tío de la fiesta, el que siempre está dispuesto a pasarlo bien. Joder, creo que puedo oír la amargura en ese pensamiento. Es la hostia de jodido.
Me contengo antes de que me invada la irritación: estoy aquí por Red, por nadie más.
Sully se limita a saludar con la cabeza y el ceño fruncido. Genial, no está por la labor esta noche. Le doy un codazo y señalo a los tíos con la cabeza. Pone los ojos en blanco y dice: —Benny.
Reconozco a algunos de las reuniones de la Hermandad y los otros son socios, incluido Benny. Es el portero de O’Malley’s, y corre el rumor de que está intentando entrar en la Hermandad.
—Eh, Benny, ¿a qué vienen tantas velas por todas partes? —Observo los velones blancos sobre cada mesa y esparcidos por la barra.
—Solo por precaución. Jack empezó anoche. Queremos asegurarnos de tener algo por si hay un apagón.
—¿En serio? —Sully se asoma al interior de el pub.
Benny asiente. —Sí, están hablando de apagones parciales pronto, pero nunca se sabe.
—Supongo que ocho millones de personas con el aire acondicionado puesto veinticuatro siete durante la última semana es suficiente para provocar un apagón. —Joder, espero que no. Sería una forma de mierda de pasar tu cumpleaños.
—¿Has visto ya a Rush? —le pregunto a Patrick, el otro portero.
—Sí, señor. Está dentro, en su reservado. —Me mira a los ojos sin vacilar.
Las cejas se me disparan hasta la frente y miro a Sully. ¿Qué coño se supone que significa eso?
—Muy bien, tío. Gracias. —Le doy una palmada en el hombro mientras pasamos a su lado y entramos en el pub apenas iluminado. Me detengo en el umbral y dejo que mis ojos se acostumbren a la penumbra.
Localizo a Rush sentado en la penumbra, en un reservado en la esquina opuesta al escenario. Señalo la esquina con la cabeza. —Ahí está. Tengo que hablar con Jack de una cosa.
Sully asiente y se dirige a la mesa de Rush sin decir palabra.
Está abarrotado esta noche, así que tardo un minuto en encontrar a Jack. Está en el otro extremo de la barra hablando con dos mujeres; ambas pelirrojas, pero ninguna de ellas es mi Red. Espero a ver cuánto tarda en darse cuenta de que estoy aquí de pie, mirándolo fijamente.
Dos minutos y treinta y ocho segundos.
Sale de detrás de la barra, echándose un paño sobre el hombro, con una amplia sonrisa en la cara. —¡Chaval! —me agarra la mano que le tiendo y me atrae hacia él en uno de esos medio abrazos—. Ha pasado demasiado tiempo. Solo veo la jeta de Rush cada semana —dice con una risita, dando un paso atrás.
—¿Estás perdiendo facultades, viejo? —sonrío con suficiencia—. Más de dos minutos y medio antes de verme.
—Bah, intenta tú concentrarte cuando tienes la atención de dos chicas tan guapas. —Me dedica una sonrisa de suficiencia.
—Hablando de chicas guapas. Busco a una pelirroja. De esta altura más o menos —digo, manteniendo la mano a la altura de mi pecho—, con ojos color whisky.
Un brillo de complicidad centellea en sus ojos. —Ay, puede que conozca a una chica así.
—¿Sabes dónde está?
—Puede que sí, puede que sí. —Se cruza de brazos con aire satisfecho.
Aguanto como puedo, conteniendo la irritación. —¿Algo que decir, viejo?
—Cuida ese tono, chaval —espeta, con el cuerpo rígido.
Aprieto los dientes, pero no me disculpo.
Jack tiene una relación complicada con la Hermandad.
No es un miembro, pero tampoco no es un miembro.
Sabe demasiado para ser solo un conocido, pero no lo suficiente como para ser un miembro.
Incluso si fuera de la Hermandad, yo tendría más rango que él como vicepresidente del consejo joven.
Pero Jack me cae bien y no quiero faltarle al respeto, así que inclino la cabeza ligeramente hacia él.
Suspira y se relaja un poco. —¿Qué quieres con el pájaro cantor?
Enarco una ceja y le dirijo mi mejor mirada inexpresiva. —Claro. Necesito que enciendas las luces del escenario en cinco minutos. ¿Te importa si cojo prestada la guitarra de Patrick?
Ladea la cabeza para examinarme. —¿Para qué? ¿Cantas esta noche?
Sonrío. —Pues sí, Jack. Pues sí.
—Bueno, hostia puta. —Silba entre dientes, moviendo sus pobladas cejas naranjas—. Nunca pensé que vería el día en que el Lobo Solitario se subiera al escenario.
—Que te jodan, tío —digo con una risita—. Siempre te dije que haría falta algo grande para que volviera al escenario.
—Ahh —dice, con un brillo en los ojos—. Veo que has encontrado tu algo grande, entonces, ¿eh? ¿Estás seguro de que no tendrás que enfrentarte a tu hermano por este pájaro cantor? Viene casi todas las semanas a verla.
—Vaya. —Guardo esa información en mi mente antes de apartarla. No tengo tiempo para pensar en ello ahora.
Jack asiente, escudriñando mi cara, probablemente buscando una señal de que voy a perder los estribos con él.
Arruga la cara, con los labios fruncidos, y se inclina hacia mí. —No podemos tener otra plaga, por muy especial que creas que es la chica, chaval. —Su voz es baja, pero la música de fondo está a toda hostia, y a nadie le importamos una mierda nosotros dos hablando.
—No te preocupes tanto, Jack. Luego hablamos. Tengo un gran gesto que hacer.
Su risa me golpea la espalda mientras me doy la vuelta para dirigirme al escenario. —Buena suerte, chaval, parece que la vas a necesitar.
—Yo me creo mi propia suerte —grito por encima del hombro.
Saludo con la cabeza a algunas caras conocidas sentadas en las mesas, pero no me detengo a hablar con nadie. Trabajo con un tiempo limitado, y el elemento sorpresa es clave.
Encuentro la guitarra de Patrick en su funda, en la esquina del fondo del escenario. Es la extra que tiene aquí solo para esto, pero normalmente es él quien toca en el pub. Me lo contó todo en la última reunión de aspirantes de la Hermandad.
Me siento en el taburete, en el oscuro escenario, y afino rápidamente la guitarra. Me tomo un momento para respirar y luego empiezo a rasguear las primeras notas de «Shallow».
Echo un vistazo a la barra, y Jack apaga la música de fondo y enciende las luces lentamente. El cambio dramático es suficiente para atraer la atención de todos en el pub.
Pero yo solo tengo ojos para una persona: Red.
Sé que parecerá una elección de canción improbable para todos en este lugar, para todos menos para una persona. Y esa es la única persona a la que miro mientras empiezo a cantar.