Wolf (La Hermandad 1) 13 Alaina
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13 Alaina

TRECE

ALAINA

A pesar de la promesa de Wolf de no despegarse de mí esta mañana, no le he visto desde nuestra conversación en mi cuarto de baño. Lo cual me viene de perlas, sinceramente.

He encontrado el camino a la cocina y he pillado a Sarah de salida. Me ha dado un breve recorrido, señalándome las despensas, los armarios de los aperitivos, los electrodomésticos ocultos y la despensa de almacenamiento a granel. Más importante aún, me ha dado carta blanca para usar lo que quiera.

Mi abuela Eileen solía decirme que uno no entra en la cocina de alguien y altera su orden o ensucia; para ella, era el mayor de los insultos.

Yo tenía siete años por aquel entonces, así que estoy segura de que era más una advertencia para que no manchara nada.

Pero fue una de las últimas veces que la vi, y he acabado aplicando esta filosofía a mi código moral.

Dado que he pasado la mayor parte de mi vida en una suite de una residencia universitaria —aunque sea una muy cómoda y lujosa—, nunca he tenido una cocina completa para mí sola, y mucho menos una cocina como esta. Parece más propia de un hotel o de un complejo turístico de alta gama.

Doy una vuelta sobre mí misma y silbo por lo bajo, contemplando los armarios altos y los pomos y tiradores de cristal.

No puedo contener la sonrisa que se extiende por mi rostro al imaginar todo el partido que le voy a sacar a esta cocina.

No estoy segura de cuánto tiempo más estaré aquí, sobre todo si mi madre ni siquiera está presente.

Quiero decir, esa es la única razón por la que vine, para pasar tiempo con ella, así que mi estancia aquí podría ser limitada.

Mejor aprovecho esta preciosa cocina mientras pueda.

Después de reunir todos los ingredientes para la receta de mi abuela, conecto mi teléfono al sistema de altavoces que hay junto al frigorífico y pongo mi lista de reproducción para hornear en modo aleatorio.

Fleetwood Mac inunda la cocina, y canto algunas de mis canciones favoritas mientras bato, remuevo y tamizo ingredientes.

Horas después, tengo dos docenas de galletas con pepitas de chocolate —una docena con nueces y otra sin ellas—, una tanda de magdalenas de arándanos y bollos de vainilla. Todas ellas son las mejores recetas de mi abuela.

Coloco los dulces bajo los soportes para repostería con cúpula que he encontrado en el armario de almacenamiento mientras canto «The Chain».

Siempre me ha fascinado cómo el mejor disco de Fleetwood Mac llegó después de que todos hubieran roto, como si sus corazones rotos hubieran alimentado su mejor composición.

Uno pensaría que sus mejores álbumes serían de cuando estaban todos juntos y felices, pero no fue así como funcionó.

Pienso en el tiempo posterior a mi ruptura con mi último exnovio, Dean, y no recuerdo haber sentido gran cosa. Ni alivio, ni alegría, ni pena... nada. No tenía ninguna emoción que canalizar en nada, y mucho menos en algo que acabara convirtiéndose en uno de los mejores álbumes de la historia.

Pero después de James podrías haberlo hecho, me atormenta la vocecita de mi cabeza. El corazón me duele igual que cada vez que pienso en mi primer amor... y en mi primer desengaño amoroso.

Por suerte, Stevie Nicks me distrae, y hago una pausa para sacar mi guitarra imaginaria durante el solo y darlo todo, agitando mi melena hacia un lado.

Tengo las mejillas encendidas y me río. No me divertía tanto horneando desde que era niña.

«Go Your Own Way» empieza a sonar a continuación, y me río aún más, con el corazón apretado por la alegría. Tengo algunos recuerdos borrosos de la abuela Eileen cantando esta canción.

Subo el volumen y canto junto a Stevie y Lindsey, moviendo las caderas y cerrando los ojos. Incluso vuelvo a sacar mi guitarra imaginaria y me entrego por completo.

La gratitud por el poco tiempo que tuve a mi abuela me llena por completo, y elevo una oración de agradecimiento a la luna aunque no pueda verla.

Muevo el trasero al ritmo del solo de guitarra en el último minuto de la canción mientras limpio las encimeras cuando Wolf entra con paso arrogante.

Está sudado y respira con dificultad, vestido solo con unos pantalones cortos de gimnasia, y tengo que esforzarme físicamente para que no se me caiga la mandíbula.

Sé que le he visto sin camiseta hoy mismo, pero no he podido apreciarlo como es debido porque me ha dado un susto de muerte.

Sigo con la mirada una gota de sudor mientras se desliza por sus pectorales, sobre sus tatuajes, y baja por cada relieve de sus abdominales. Dios bendito.

Se dirige directamente a la nevera, saca un Gatorade, inclina la cabeza hacia atrás y se lo bebe de un trago. Limpiándose la boca con la mano, tapa la botella y me mira fijamente desde el otro lado de la isla.

—¿Quieres ver una película? —pregunta mientras alarga el brazo para coger una magdalena del recipiente que hay sobre la isla.

No podría haberme sorprendido más ni aunque se hubiera puesto a bailar claqué y a hacer el Charleston. —¿Una película?

—Sí, una película. ¿Has oído hablar de ellas? —dice con la boca llena de magdalena—. Dios, están buenísimas —gruñe en señal de aprecio.

—Por supuesto que sí. —Me erizo ante su insinuación y me ruborizo por su gemido. Mi cerebro quiere ofenderse por su comportamiento de cal y arena, pero a mi libido no le importa lo más mínimo; está prácticamente jadeando—. Pero es que me confunde que quieras ver una. Conmigo.

—Me aburro. Y mis hermanos no están —dice mientras se termina la magdalena—. Joder, estaba riquísima. Hostia, ¿también galletas? Sarah nos está malcriando.

Me encojo de hombros y empiezo a limpiar las encimeras de nuevo. —¿Por qué no llamas a otra persona, entonces? Tengo que estudiar. Y yo he hecho todas estas cosas.

—¿En serio? Joder, de verdad que están muy buenas. Si sigues haciendo estas cosas, no te dejaré marchar nunca —murmura mientras se come las galletas de pepitas de chocolate con nueces.

Mis mejillas se calientan ante la insinuación, y de repente siento que mi rostro pierde todo rastro de color al darme cuenta de un detalle muy importante.

—¡No te comas eso! ¡Tiene nueces! —Me estiro por encima de la isla y le quito la galleta de la mano de un manotazo. La expresión de horror en su rostro hace que el pánico y la adrenalina se disparen por mi cuerpo—. ¡Dios mío, ¿eres alérgico a las nueces?!

Me mira con los ojos muy abiertos y se agarra el cuello con ambas manos. Emite un horrible sonido de asfixia y noto lágrimas en los ojos. —Joder, joder, joder. —Con las manos temblorosas, arrebato mi teléfono y rodeo la isla para ponerme a su lado—. ¡Vale, espera! ¡Voy a llamar al 112!

Mis manos revolotean a su alrededor mientras empiezo a marcar. Antes de que pueda llegar al segundo número, los ahogos se convierten en risitas. Al cabo de un segundo, las risitas se transforman en carcajadas.

Le miro y veo que la mano que tenía en la garganta ahora tapa su boca sonriente, con los ojos arrugados en las comisuras. Me cuesta más de lo que me gustaría admitir darme cuenta de que no se está asfixiando y de que me está tomando el pelo por completo.

—Ay, Red —dice entre risas—. Tendrías que ver tu cara ahora mismo.

El alivio de no haber matado accidentalmente a Wolf me consume y se me entrecorta la respiración. Las lágrimas asoman a mis ojos y parpadeo, dejando que rueden por mis mejillas. —C-Creía que te había matado.

Él recupera la seriedad rápidamente. —Oh, mierda. —Da un paso hacia mí, dejándome casi acorralada contra la isla—. Shh, Red, no. Solo estaba bromeando. Estoy perfectamente, ¿ves? —Extiende una mano hacia un lado, con la otra firmemente apoyada en la isla, detrás de mí.

—N-No sé por qué estoy l-llorando. Est-taba t-t-tan asustada.

—Oh, nena, no pasa nada. Solo es el bajón de adrenalina. —Desliza lentamente su mano por mi brazo—. Estarás bien en un minuto. Toma, come esto. El azúcar te ayudará.

Y si no estuviera en medio de una crisis, apreciaría la forma en que sus dedos largos y tatuados rozan mis labios mientras me da de comer la otra mitad de su galleta de chispas de chocolate y nueces.

Me como la galleta, mirando las golondrinas tatuadas en su pecho e intentando controlar mis extremidades temblorosas. Siempre he tenido los peores bajones de adrenalina: llanto, temblores, náuseas. Al cabo de unos minutos, lo peor ha pasado.

Se lleva las manos a mi cara y pasa los pulgares por mis pómulos, secándome las lágrimas. Le miro de reojo bajo mis pestañas y me pierdo en sus ojos. En este momento, parecen el cielo en un día brumoso.

—Lo siento. Por casi matarte. Y por el llanto —susurro, manteniendo su mirada.

—No, lo siento yo, Red. Solo estaba tonteando. Estoy acostumbrado a las bromas y a las estúpidas tonterías con mis hermanos. ¿Estás bien?

Me aclaro la garganta y asiento. —Estoy bien.

—Vale —murmura mientras me estudia la cara.

Tras un momento, retrocede, dejando que sus manos se deslicen lentamente por mi cuello—.

Luego nos vemos para esa película, Red, ¿vale?

—Wolf esboza lo que empiezo a notar que es su sonrisa característica: es engreída y sexy, y hace que pierda la concentración cada vez que me la dedica.

—Sí —suspiro.

Madre mía, me gusta muchísimo mi posible hermanastro.

Unas horas más tarde, Maddie por fin me devuelve la videollamada.

—Por fin —refunfuño, respondiendo a la videollamada—. ¿Por qué habéis tardado tanto? Mandé ese mensaje de socorro hace como dos horas. ¿Y dónde está Mary?

—Cariño. Sabes que mi cobertura aquí es una mierda. ¡Y creo que Mary está saliendo con alguien!

El tono agudo de Maddie basta para distraerme de mi actual línea de pensamiento y me incorporo. —Espera, ¿por qué crees eso? ¿Y por qué pareces enfadada? ¿No deberíamos animarla a salir con gente? —Sacudo la cabeza ligeramente.

—No estoy enfadada porque esté saliendo con alguien. ¡Estoy enfadada porque está mintiendo sobre ello! —Maddie agita la mano.

—Vaaaale... empieza por el principio.