Capítulo Siete
Harmony
Mi mano tiembla en la de Whiskey mientras caminamos por la sede del club. El bullicio habitual brilla por su ausencia esta mañana: no hay música, no hay risas, solo un silencio denso que lo envuelve todo. Noto miradas curiosas siguiéndonos, de los pocos tipos que andan por ahí.
—Todo va a salir bien —murmura Whiskey mientras me acaricia el dorso de la mano con el pulgar.
Quiero creerle. De verdad. Pero el nudo en el estómago se me aprieta con cada paso hacia la capilla donde el club celebra sus reuniones.
No dormimos mucho después de que Xavier apareciera en la cabaña. Nos quedamos abrazados, hablando en susurros sobre lo que nos esperaba hoy. Sobre lo que Lucas podría decir cuando se enterara de lo nuestro. Sobre lo que haría el club con Xavier.
Ha llegado el momento de la verdad, y estoy aterrorizada.
—¿Lista? —pregunta Whiskey al llegar a la puerta de madera del fondo del pasillo.
No. Ni de lejos. Pero asiento de todos modos.
Llama una vez y empuja la puerta sin esperar respuesta. La conversación se corta en seco cuando cruzamos el umbral juntos, todavía de la mano.
Remo está sentado a la cabecera de la gran mesa de madera, con el rostro impenetrable. A su alrededor están los demás oficiales: Voodoo a su derecha y mi hermano a su izquierda, cuya expresión pasa de la confusión a la sospecha cuando baja la mirada hacia nuestras manos entrelazadas.
—Whiskey. Harmony —dice Remo con voz ronca pero no hostil—. Ya era hora de que aparecierais.
Logro esbozar una sonrisa débil y me acerco sin darme cuenta a Whiskey, buscando su solidez.
—¿Qué está pasando? —pregunta Lucas, entornando los ojos al ver lo cerca que estamos.
Antes de que ninguno de los dos pueda responder, su mirada se clava en nuestras manos unidas. Por una fracción de segundo, el tiempo se congela. Entonces Lucas se levanta de golpe y la silla chirría contra el suelo.
—¿Qué coño, tío? —gruñe con el rostro desencajado de rabia.
Aprieto la mano de Whiskey con fuerza. Esto pinta mal. Muy mal.
—Siéntate y cálmate —dice Whiskey con voz firme, aunque noto la tensión en su cuerpo—. Estás alterando a tu hermana.
Lucas lo ignora, sin apartar la mirada furiosa del rostro de Whiskey.
—Es mi puta hermana. Confiaba en ti —entonces sus ojos se vuelven hacia mí, llenos de dolor y traición—. Confiaba en los dos, ¿y así me lo pagáis?
Se me llenan los ojos de lágrimas calientes, invadida por la culpa y la vergüenza a pesar de saber que no he hecho nada malo.
—Simplemente pasó —balbuceo con la voz rota—. Lo siento. Le quiero.
Whiskey se tensa a mi lado.
—¿Me quieres? —pregunta en un susurro ronco.
Lo miro con las lágrimas cayéndome por las mejillas y asiento.
—Sí.
El mundo a nuestro alrededor parece desvanecerse mientras me toma la cara entre las manos.
—Yo también te quiero, Harmony. Más que a nada.
Entonces me besa, un beso feroz y posesivo que es toda una declaración. Una forma de marcarme como suya. Una promesa.
El grito furioso de Lucas rompe el momento.
—¿Os estáis quedando conmigo?
Whiskey se aparta del beso pero mantiene el brazo firme alrededor de mi cintura y se gira para encarar a la sala. Su expresión es resuelta, inflexible.
—Reclamo a Harmony como mi vieja.
Lucas grita algo ininteligible y golpea la mesa con el puño. Voodoo arquea las cejas, pero no parece sorprendido. Los demás intercambian miradas, algunos con sonrisas apenas disimuladas.
—Esto es una puta mierda —escupe Lucas—. No tienes derecho a tocarla, y mucho menos a reclamarla. No lo voy a permitir.
—No es decisión tuya —dice Whiskey con calma, aunque noto la tensión en su cuerpo—. Es votación del club, y es elección de Harmony.
—Pues votemos de una puta vez —lo desafía Lucas, rojo de ira.
Remo suspira con pesadez, con cara de preferir estar en cualquier otro sitio.
—Vale, vale. Zanjemos esto —clava su mirada severa en Whiskey—. ¿Estás seguro?
—Completamente —responde Whiskey sin dudar.
Remo asiente y luego me mira.
—¿Y tú, pequeña? ¿Es esto lo que quieres? ¿Estás preparada para ser una vieja?
¿Es esto lo que quiero?
La pregunta resuena en mi cabeza. Hace una semana, huía de un hombre que intentó controlarme y poseerme. Ahora estoy aquí, dispuesta a ser reclamada por otro.
Pero esto es diferente.
Esto es Whiskey.
Esto es seguridad, pasión y amor, todo en uno.
—Sí —digo con firmeza—. Es lo que quiero.
Remo me sostiene la mirada un largo momento y luego se vuelve hacia la mesa.
—Todos los que estéis a favor de que Whiskey reclame a Harmony como su vieja, levantad la mano.
Una a una, las manos se alzan alrededor de la mesa. Voodoo. Creole. Thunder. Media docena más. Lucas permanece rígido en su silla, con los puños apretados sobre la mesa.
—Asunto zanjado —anuncia Remo—. Por votación, Whiskey ya tiene vieja.
—¡Esto es una puta mierda! —explota mi hermano y se aparta de la mesa de un empujón.
—Cierra la puta boca, Smoke —dice Whiskey con voz acerada—. Tenemos problemas más gordos.
El tono cortante de su voz hace mella en mi hermano, porque Lucas se detiene, la ira momentáneamente eclipsada por la confusión.
—¿Qué clase de problemas? —pregunta receloso.
Whiskey me mira.
—Cuéntaselo, Harmony. Todo.
Se me revuelve el estómago al enfrentarme a la sala llena de moteros intimidantes.
Respiro hondo y empiezo a contar la historia: cómo conocí a Xavier, cómo la relación se volvió controladora, cómo empezó a acosarme después de que lo dejé.
Me tiembla la voz mientras les cuento lo de las cámaras que tenía en mi casa.
La del baño, la huida de Nueva Orleans, creer que lo vi en la gasolinera y otra vez a la salida de la cafetería.
—Anoche estaba en mi propiedad —interviene Whiskey—. Las cámaras de caza lo captaron merodeando alrededor de la cabaña.
La sala queda en silencio mientras todos asimilan las palabras de Whiskey. El rostro de Lucas ha pasado de la ira a algo mucho más peligroso.
—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunta con una calma engañosa.
—No quería preocuparte —explico, retorciéndome las manos—. Pensé que se rendiría cuando me fuera de Nola.
—Es policía —añade Whiskey, dirigiéndose a toda la sala—. De la Policía de Nueva Orleans. Eso complica las cosas.
La expresión de Remo se ensombrece.
—No tanto como él podría pensar.
—Quiero que encuentren a ese hijo de puta —gruñe Lucas—. Hoy.
—Primero tenemos que llevar a Harmony a un lugar seguro —dice Whiskey—. A algún sitio donde él no la busque.
—A mi casa —ofrece Voodoo—. Maddie está allí. Harmony no estará sola.
Remo asiente.
—Bien. Llévala ahora. Nosotros nos encargaremos del resto.
Se vuelve hacia mí con una expresión severa.
—Esperarás con Maddie mientras resolvemos esto. Ahora es asunto del club.
¿Esperar con Maddie? ¿Mientras ellos lo resuelven?
Algo ardiente estalla en mi pecho.
—¿Perdona? Estamos hablando de mi vida. Él viene a por mí. Debería formar parte de esta conversación.
—Harmony... —gruñe Whiskey, pero lo interrumpo.
—No. No pienso dejar que me aparten mientras los hombres deciden cómo proteger a la pobrecita e indefensa Harmony.
Mi voz se eleva con cada palabra.
—He estado lidiando con esto sola durante meses. Conozco a Xavier mejor que cualquiera de vosotros.
—No es negociable —dice Remo con firmeza—. Whiskey, sácala de aquí.
Miro a Whiskey, esperando que me apoye, pero su expresión es inflexible.
—Tiene razón, Harmony. Necesitas estar en un lugar seguro mientras nos encargamos de esto.
La traición duele más de lo que esperaba. Me aparto de él y cruzo los brazos sobre el pecho.
—Bien. Como queráis.
Me doy la vuelta y salgo de la sala sin decir otra palabra, impulsada por la ira. Detrás de mí, oigo voces alzadas. Whiskey y Lucas están discutiendo de nuevo, pero no aminoro el paso.
¿Cómo se atreven a apartarme como si fuera una muñeca frágil? Soy abogada, por el amor de Dios. Llevo años resolviendo mis propios problemas. Que sea mujer no significa que no pueda contribuir a la solución.
Atravieso la zona principal del club, ignorando las miradas curiosas de los pocos prospectos que hay por allí.
El aire fresco me golpea al salir y me enfría las mejillas acaloradas, pero hace poco por calmar mis pensamientos acelerados.
Estoy tan absorta en mi enfado que no me doy cuenta del coche aparcado al otro lado de la calle. No registro la figura que se acerca hasta que está justo delante de mí.
—Hola, Harmony.
El hielo inunda mis venas.
Xavier.
Tiene exactamente el mismo aspecto que recuerdo. Guapo de esa forma tan pulida, con el pelo oscuro corto y la camisa impecable. Pero sus ojos son diferentes: duros e implacables, con algo que me pone la piel de gallina.
—¿Qué haces aquí? —pregunto, odiando cómo me tiembla la voz.
Su sonrisa no llega a sus ojos.
—Traerte de vuelta a donde perteneces, por supuesto.
Antes de que pueda gritar, se abalanza hacia delante, me rodea la cintura con un brazo y con el otro me presiona un paño de olor dulce contra la cara.
Lucho con todas mis fuerzas, le araño los brazos, intento retorcerme para liberarme, pero su agarre es de hierro. El cloroformo me inunda los sentidos y me vuelve las extremidades pesadas y los pensamientos confusos.
Lo último que veo antes de que la oscuridad me envuelva es la puerta del club abriéndose de golpe y el rostro aterrado de Whiskey mientras grita mi nombre.
Me despierto con un dolor de cabeza palpitante y sabor a químicos en la boca. Durante un momento, no sé dónde estoy. Entonces noto el metal frío alrededor de las muñecas y abro los ojos de golpe.
Estoy sentada en un suelo de hormigón sucio, con la espalda contra una pared, las manos esposadas a una tubería metálica por encima de la cabeza. La habitación está oscura, iluminada solo por una bombilla que cuelga del techo. Estoy en algún tipo de sótano.
El pánico me sube por la garganta y tengo que obligarme a respirar.
Xavier me tiene. Me drogó. ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
La puerta del sótano cruje al abrirse y unos pasos descienden por las escaleras de madera. Xavier aparece con cara de estar demasiado satisfecho consigo mismo.