Votos Cautivos (El Bratva Dubinin 1) 39 Luka
98%

39 Luka

LUKA

Después de que Gabriella y yo dijéramos nuestros votos, recibimos felicitaciones del pequeño público que habíamos invitado. Siguió una cena sencilla. Sencilla era quedarse corto para el banquete gourmet, pero era un evento discreto.

Así era como lo quería yo, con ella cómoda y asumiendo su posición como mi esposa.

Mientras ella alimentaba a Andre, tapándolo mientras hablaba con Allen en la mesa, yo me quedé atrás y sorbí mi bebida.

Ya se estaba adaptando a sus nuevos roles.

Como madre.

Como mi esposa.

Y también como cabeza de la familia. Sabía que despedir al personal de la casa la había sorprendido, pero demostró, una vez más, que no correría riesgos con su seguridad.

La abrumaba la idea de contratar nuevo personal, pero lo haría.

Era tenaz. Lista. Y tenía mi confianza. Igual que sabía que podía contar con todos los que se consideraban miembros de la Familia Dubinin, también podía confiar en ella.

Emil se acercó a la barra donde yo bebía. Ivan también estaba ahí, bebiendo más vodka de lo habitual.

Detestaba la posibilidad de que estuviera triste en mi boda, pero podía entenderlo. Había perdido a su gran amor, y si había un momento para que estuviera enamoriscado, este era ese.

—¿De qué coño hablabas antes con Gabriella? —le pregunté a mi hijo.

Se encogió de hombros. —Estaba tanteando el terreno. Viendo cómo se sentiría si matamos a Miguel.

—Ella no puede esperar —dije con desdén.

—Apuesto a que está deseando que ese cabrón muera —añadió Ivan—. La ha amenazado cada vez que sale de casa.

—Lo sé. —Emil se metió las manos en los bolsillos, observando cómo le hacía eructar a Andre con delicadeza—. Pero aún es nueva en gran parte de nuestro mundo.

—Cierto —admití—. Pero se está adaptando bien.

Dejándolos para unirme a ella en un baile, agradecí que Alexsei se ofreciera a sostener al bebé.

—¿Me concedes este baile, esposa? —pregunté, tendiéndole la mano.

Me sonrió con tal fulgor que me pregunté si bajar a chupársela rompería la norma de no tener sexo hasta después de su revisión.

Con ese vestido de novia, estaba deslumbrante. Radiante. Preciosa. Y pasaría el resto de mi vida recordándoselo.

—Claro que sí, esposo. —Se levantó y se dirigió a la pista de baile para bailar conmigo. No había más parejas. Solo estaban mis hombres más cercanos para la ceremonia y la cena. Pero eso no importaba.

La besé, grabando este recuerdo en mi corazón. Con solo nosotros dos moviéndonos al ritmo de la suave música, era como si estuviéramos en una burbuja propia. Donde lo único que importaba era que estábamos juntos y enamorados.

—No te estás excediendo, ¿verdad? —pregunté mientras nos movíamos al unísono. Sentir su cuerpo esbelto, aún atlético, balanceándose con el mío era una provocación.

—No. Estoy bien. Recuerda que he bailado casi toda mi vida. —Me besó la mejilla—. Unos meses de descanso no me retrasarán tanto.

—¿Cuándo crees que volverás al estudio para bailar de nuevo? —pregunté. Quería que conservara su pasión, que nunca dejara de perseguir sus sueños.

—Pronto. —Se encogió de hombros—. Esa es una pregunta que deberías hacerle a nuestro hijo.

Sonreí, divertido pero consciente de lo que quería decir. Darle el pecho le pasaba factura a su horario de sueño, por no decir más. Yo siempre estaba despierto para ayudarla, pero ella era la que tenía la leche.

—Dudo que vuelva a actuar —confesó.

—¿Por cómo terminó la audición? —pregunté, odiando que se hubiera interrumpido.

—No solo por eso. Es cómo ha cambiado mi vida.

Ahora soy madre. Esposa. Tengo una familia.

—Me sonrió radiante, haciéndome sentir como un dios—.

No puedes entender lo feliz que estoy de que todo encaje.

Nunca he sido más feliz, Luka. Ahora tengo una familia de verdad.

—Suspiró y negó con la cabeza—. Una familia de verdad, no como ese trasto que se suponía que era mi padre, el idiota que salió huyendo.

La besé. No solo para calmarla, sino para distraerla. Maldita sea Emil por mencionar a Miguel hoy.

—No te preocupes por él.

Ella sonrió levemente. —No lo estoy.

—Lo digo en serio, Gabriella. No te preocupes por él. —La orden sonaba patética. Estábamos celebrando una versión mínima de una boda aquí en casa porque ella, con razón, tenía miedo de salir de la seguridad que tenía aquí.

—No estoy preocupada. Sé que lo atraparás. Lo encontrarás, lo matarás y nunca más tendré que preocuparme por él. —Se lamió los labios—. Sé que surgirán otras amenazas, pero confío en ti, marido mío, para que te encargues de él y lo elimines.

Asentí y apoyé mi frente contra la suya. —Juro por mi vida que nadie volverá a hacerte daño. Nadie se acercará lo suficiente para lastimarte bajo mi vigilancia.

Ella alzó la mano para acariciar mi mejilla. —Te creo. Y aunque algo llegara a pasar, empezaré a tomar clases de defensa personal y aprenderé a manejar un arma cuando Andre ya no mame tan a menudo.

La besé, tremendamente orgulloso de ella. Por confiar en mí, pero también por interesarse en participar en su propia seguridad…

Tres días después, cumplí mi promesa.

Emil e Ivan pidieron hablar conmigo en mi oficina, y asentí.

—Dámelo, yo lo puedo coger —dijo Gabriella, extendiendo los brazos hacia mí para sugerir que le pasara a Andre.

—No, no. —Acababa de quedarse dormido. Dudo que ninguno de los dos durmiéramos una hora anoche con lo que lloró pidiendo comida. La lactancia en racimos era un infierno.

—¿Seguro? —Miró a mi hijo y a mi sobrino—. Si tienes que ocuparte de negocios…

—Tranquila, Gabby —le dijo Emil.

Le lancé una mirada severa, pues todos sabían que odiaba ese apodo.

—Andre es demasiado pequeño para entender de lo que hablaremos. —Resopló—. Tienes mala cara. —Al ver mi ceño fruncido, se apresuró a corregirse—. Quiero decir, parece que te vendría bien un descanso.

Ella bostezó, ignorando su comentario. —Me vendría bien una semana entera durmiendo —respondió con sequedad, abandonando su desayuno.

Al salir de la habitación, me detuve frente a Allen. —Te toca cuidar al bebé el resto del día.

Asintió con la cabeza.

En la oficina, mecía al pequeño Andre con ese balanceo extraño que parecía calmarlo.

—Apuesto a que solo se relaja cuando te mueves y no te sientas porque ella bailaba mucho durante el embarazo —comentó Ivan—. Está acostumbrado al movimiento.

—¿Eso es lo que queríais contarme? —pregunté, ansioso por volver con mi mujer y dejar que descansara.

—No. Tenemos a Miguel López —respondió Emil—. Está en una celda del almacén cerca del muelle.

Abandoné cualquier plan de relajarme con Gabriella. En su lugar, una sonrisa lenta y maligna afloró en mis labios. —Ya era puta hora.

Hicimos planes rápidos para salir lo antes posible.

Parecía una contradicción expresar impaciencia por acabar con la vida de Miguel López.

Ya lo habíamos capturado antes. Cuando sospeché que mentía o tramaba algo, tendimos esa trampa y lo atrapamos. Lo retuvimos y lo torturamos hasta que se me ocurrió cobrarle un pago distinto. En lugar de quitarle la vida, le arrebaté a su hija.

Su pérdida fue mi ganancia.

Pero ahora era hora de volver a la idea original: matarlo.

Quizá ya había pagado por sus pecados de jugar a doble cara con nosotros. Me llevé a Gabriella porque filtró información a las Vipers y a los Rivera. Por sus pecados aún más graves de intentar lastimar a Gabriella y alejarla de mi vida, pagaría con la suya.

Ya era hora de matarlo.

Después de entregarle a Andre a Allen y comprobar cómo estaba Gabriella, me preparé para salir.

—¿Negocios importantes que atender? —preguntó al salir del baño, recién duchada.

—Muy importantes —respondí. Tuve la impresión de que quería preguntarme si se trataba de Miguel, pero al mismo tiempo no quería saberlo.

Para evitarle la indecisión, la besé. —Te quiero.

—Yo también te quiero. Por favor, ten cuidado.

—Siempre. —Siempre estaría a salvo por ella y por Andre. Como jefe, debía asegurarme de volver sano y salvo. Demasiada gente dependía de mí y de mi liderazgo. Pero era el amor por ella lo que me impulsaba a volver pronto.

El trayecto al almacén fue silencioso. Emil no me hizo preguntas. Ivan no comentó sobre otros asuntos. Todos estábamos deseando terminar con este asunto.

Diez minutos después, entré en el edificio anodino con mis hombres. Cada paso que me acercaba a la celda donde estaba retenido el padre de Gabriella era una marcha hacia la salvación. La balanza de la justicia aún no se había equilibrado.

Luego, mientras me metía las manos en los bolsillos y observaba el desastre hecho hombre que se había atrevido a meterse conmigo, sonreí.

—Señor López. Nos volvemos a ver.

Sangrante y tembloroso, no era más que un montón informe en el suelo. Gabriella tenía razón. Realmente era un despojo.

—¡Que te jodan! ¡Que te jodan, Dubinin! —gritó.

Emil le dio patadas hasta que rompió a llorar.

—No puedes quedarte con mi hija solo porque⁠—

Iván se encargó de golpearlo hasta silenciarlo.

Cuando al fin se calmó, lloriqueando y temblando, me agaché a su altura.

—Gabriella es mi mujer —le corregí.

Gruñó, forcejeando por levantarse según yo me incorporaba.

Hice un gesto a los hombres para que se apartaran.

Aunque no tenía ganas de quedarme allí cuando podía estar en casa con mi familia, estaba decidido a acabar con esto de una vez por todas. Era hora de eliminar cualquier amenaza de este hombre, aunque siempre habría peligros al acecho cerca de nosotros.

Esa era la naturaleza de la vida mafiosa.

Como esto no era lo de siempre y porque este hombre había amenazado las vidas de mi hijo y mi mujer, debería haber adoptado la mentalidad de tomarme mi tiempo para torturarlo. Pero Miguel López ya ni siquiera valía para eso.

Me incorporé, indicándole a mi primogénito que me pasara una de las cuchillas que había sobre la mesa.

No había más muebles en esa habitación. Aparte de esa superficie plana con una variedad de herramientas de tortura y armas, solo estaban el suelo ensangrentado y el saco de huesos rotos que en su día fue el rencoroso y mentiroso padre de Gabriella.

No necesitaba mucho. Emil lo intuyó, sin perder tiempo en poner un cuchillo en mi mano.

Probé su peso.

Serviría.

No me apetecía volver con los míos excesivamente manchado de sangre.

Esta muerte no iba a ser un acto vistoso de venganza y justicia.

Pero tendría significado.

Siempre recordaría este día en el que eliminaría la amenaza más directa a mi amor.

—Nunca será tuya, Dubinin —bufó Miguel—. No puedes quitármela así como así. No funciona de esa manera. Es mi hija. Mi sangre.

Negué con la cabeza, casi sintiendo lástima por su patético trasero.

La sangre no siempre era más espesa. Muchos de los reclutas que traíamos a la familia eran tan leales, o incluso más, que mis propios parientes. Allen era un ejemplo claro de ese vínculo.

—Es mi mujer —corregí con rabia salvaje—. Es la madre de mi hijo.

Sus ojos se abrieron de par en par según me acercaba, mostrándole el cuchillo que empuñaba.

—Me ha dado otro heredero para disfrutar. Un nieto que nunca conocerás.

Agarré su pelo, retorciendo los sucios mechones en mi puño mientras levantaba su cabeza del suelo.

Hizo una mueca y se retorció, pero no le solté ni un ápice.

Tirando de su cabeza hacia atrás, dejé al descubierto su cuello sudoroso para el golpe final que acabaría con su vida.

Su nuez de Adán subió y bajó mientras intentaba liberarse.

Ajusté el cuchillo para acabar con su miserable existencia, una que realmente no debería haber perdonado antes.

Si me hubiese apresurado a matarlo con anterioridad, nunca habría conocido a Gabriella.

Nunca habría experimentado lo hermosamente bendecido que era que ella me salvara.

—No la tomé —dije—. La capturé, del mismo modo que ella terminó por capturarme a mí. —Era esa promesa de amor que compartía con mi mujer la que nada podría romper jamás.

Mientras deslizaba el cuchillo sobre su carne, atravesándola hasta que la sangre brotó a borbotones, cumplí mi cometido. Lo maté con deliberación rápida. Así, con un movimiento de mi mano, eliminé el mayor obstáculo para la paz que deseaba compartir con Gabriella el resto de nuestros días.

Observando cómo la vida se le escapaba mientras balbuceaba y gemía inútilmente, solté su pelo. Su cabeza cayó en un ángulo extraño, abriendo aún más la brecha en su cuello. Un charco carmesí se formó en el suelo donde había caído. Con cada gota que manaba de él, su muerte era un deber más cumplido.

Me levanté hasta alcanzar mi estatura completa, sabiendo que se había hecho justicia.

Por mi mano, el apellido López dejaría de existir.

Gabriella era una Dubinin ahora, mi mujer, protegida bajo el amparo de mi familia. Se había entregado a mí por amor y confiaba en su papel en nuestra familia, y yo nunca, jamás, daría por sentado ese regalo.

Dejé el cuchillo ensangrentado sobre la mesa. Mirando a mi hijo y a mi sobrino, asentí una vez.

—Vamos a casa.