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24 Gabriella

GAbrIELLA

Cuando mi período no llegó una semana después de lo esperado, eso torció aún más el concepto de que mi vida había cambiado por completo.

No puedo estar…

Paseando por el baño, intenté disipar la creciente preocupación de que el test de embarazo que aún no me había hecho me condenaría a otra nueva identidad.

Una cosa era olvidar mi pasado, dejar atrás esos días en los que deseaba poder profundizar en mis clases de baile y no tener que aguantar a mi padre.

O no conocer a nadie influyente que me ayudara a cambiar mi vida.

O no preguntarme cuándo el dinero dejaría de ser tan escaso y yo dejaría de pasar hambre.

Pero pensar en el futuro y visualizarme como la madre del bebé que tendría con un mafioso como Luka… eso me aterraba.

Era un cambio demasiado grande para aceptarlo.

No puedo estarlo.

La vida no podía ser tan perversa, tan cruel.

Simplemente no podía estar embarazada. Como si desear que no fuera cierto pudiera evitarlo, retrasaba hacerme el test y no paraba de moverme. Y seguía paseando, como si más movimiento mantuviera la probable verdad y la realidad más lejos.

Física y biológicamente, sí, tenía muchas posibilidades de que esto ocurriera. Luka no había usado protección de ningún tipo conmigo. Ninguna. Con esa carta salvaje, era como si jugáramos con lo desconocido.

Dejándome caer contra el borde del lavabo, volví a mirar el test. Desearme a mí misma que me lo hiciera ya no ayudaba.

La necesidad de saber ardía dentro de mí, pero el miedo a lo que podría pasar después me intimidaba.

No sentía esta opresión en el pecho desde el día en que Alexsei y Emil aparecieron para secuestrarme por orden de Luka, arrancándome del piso miserable que compartía con mi padre.

Solo hazlo.

Saber ayudaría.

Era lo desconocido lo que se cernía tan enorme y aterrador.

Parpadeé, observando mis dedos temblorosos mientras abría la caja lentamente.

Sí, estaba tan nerviosa. No, mejor dicho, aterrada.

¿Pero qué esperabas? ¿Eh?

¿Follar todo el tiempo y que mágicamente esto nunca pasara?

Luka había dejado su semen dentro de mí constantemente. A ese ritmo en el que no podíamos mantener las manos quietas, era casi como si estuviéramos retando al destino para ver cuándo, no si, quedaría embarazada de su hijo.

Dejé la caja en el lavabo e inspiré hondo, con un temblor, para tranquilizarme.

Está claro que no puede estar en contra de tener un bebé. Si no quisiera uno, habría insistido en usar protección.

¿Verdad?

Tragué saliva cuando otra idea, aún peor, me golpeó.

O…

Me acerqué al inodoro para hacerme el test, decidida a no considerar la alternativa. Una vez terminado el test y después de lavarme las manos, levanté la cabeza para mirar mi reflejo en el espejo.

O… hice una mueca, poniendo la mano en mi estómago, que últimamente no estaba bien, con náuseas la mayoría de las mañanas.

O podría simplemente no importarle y planear que me deshiciera de él.

Las lágrimas ardían bajo mis párpados cerrados mientras luchaba contra la idea de perder a un hijo. De renunciar a un bebé, a una nueva vida.

Había perdido a mi madre demasiado joven. Mi padre nunca fue un padre para mí. Me había entregado tan fácilmente, demostrando lo poco que había importado para él.

Una familia era algo que nunca pensé que tendría. Una familia de verdad. Estaba tan profundamente arraigado en mi alma que siempre estaría sola y que nunca tendría a nadie en quien confiar.

Eso no es verdad.

Tengo a Luka.

Había matado para salvarme. Había invertido tanto tiempo y dinero en mantenerme y mostrarme el maravilloso mundo de la intimidad.

Si no me detenía demasiado a pensarlo, esos hombres de los Dubinin estaban convirtiéndose en algo parecido a una familia. Una que había encontrado, más que heredado. Pero si de verdad tuviese un bebé y formase mi propia pequeña familia aquí con ellos…

Dios mío.

El pánico me invadió de nuevo. Tenía que saberlo. Miré el temporizador que había puesto y me propuse esperar el tiempo completo, para asegurarme de que el test fuese lo más preciso posible.

—Un minuto más —me susurré a mí misma, como si escuchar mi propia voz pudiese calmarme.

Tenía que saberlo. Luego reaccionaría. Cualesquiera que fuesen los resultados, sobreviviría. En eso era experta.

Aunque me resultaba cada vez más fácil adaptarme y ver a Luka—e incluso a los demás, como Emil, Ivan y Alexsei—como familia, ahí terminaba todo.

Allen también, supongo. No estaba mal. Pero más allá de ese grupo de hombres, el resto de su organización no eran más que desconocidos para mí.

Sin nombre pero presentes, siempre en segundo plano y con los que nunca tenía que lidiar personalmente.

Especialmente ellos.

Entrecerré los ojos al ver mi reflejo en el espejo y escuché el revelador sonido de una de las sirvientas moviéndose por el pasillo. Luka era el jefe de una enorme organización, y eso incluía un numeroso personal doméstico aquí en su casa.

Me di cuenta durante mi primer mes aquí de que nunca me aceptarían.

Las sirvientas. Todas las empleadas domésticas.

Hasta un par de cocineras. Habían dejado claro que no era una invitada distinguida.

Con sonrisitas burlonas y miradas de reojo, me habían dado a entender que era una molestia, indeseada y rechazada por mucho que me hubiese instalado prácticamente en la cama de Luka y me quedase en su habitación con él.

No tenía muchas ganas de averiguar por qué me guardaban tanta animadversión. Por los cotilleos que había oído, cuando creían que no estaba cerca para escuchar, contaban con que pronto me iría. Que solo era un pasatiempo, un juguete sexual temporal para Luka hasta que se cansase de mí y me echase.

Hablaban sin ningún reparo cuando Luka y los demás no estaban en casa.

Lo había oído todo, archivándolo para saber quiénes eran mis enemigos y a qué debía estar atenta.

No parecía importarles cuando Luka pasaba más tiempo conmigo allí.

Cerca de él, eran obedientes. Con él presente, no se atrevían a hablar mal de mí.

Así, estaban demostrando ser unas chicas malintencionadas y envidiosas. Celosas, quizás, de que Luka no les prestase atención.

Durante los primeros meses de acostarme con Luka, no le había dado demasiada importancia. Lo había descartado, segura del deseo de Luka. Me sentía a salvo incluso con la aprobación tentativa de Emil. Ivan y Alexsei parecían asumir que me quedaría por ahora y que encajaba.

Pero el personal de la casa era otra cosa.

Nunca serían mi familia. Seguía sin tener ningún amigo allí.

Y me habría venido bien uno con este pánico de que pudiese estar embarazada.

En vez de poder pedirle un test de embarazo a una de las sirvientas, tuve que pasar un par de días buscando un kit en los baños de invitados.

Tenía que parecerles sospechoso. Sabía que se habían dado cuenta de que husmeaba.

¿Y qué? Que les den. Averigua qué pasa en tu vida e ignóralas.

Solté un suspiro profundo, me enderecé y alcé el test. Había terminado el tiempo. Contuve la respiración mientras giraba el palito de plástico y veía que mi vida iba a cambiar sin duda.

Embarazada.

Apoyé la mano en mi nuca e intenté sobreponerme a la descarga instantánea de adrenalina.

Cálmate.

Todo irá bien.

Lo resolverás.

Me dejé caer al suelo, deslizándome contra la pared del tocador. Sentada, con el corazón acelerado, solté el test y abracé mis rodillas. Esconder la cabeza entre mis brazos doblados no iba a ocultarme la realidad.

Y debería haberlo sospechado antes.

El mes pasado tuve manchado y lo tomé por la regla, alterada por el estrés de estar aquí y por cómo casi me habían disparado en la audición.

Este mes estaba esperando a que me bajase. Como bailarina atlética, no era raro que me saltase algún mes.

Luka sabía lo del manchado. Pero no había preguntado nada últimamente.

Tiene que saberlo.

O suponerlo.

O, joder, no lo sé. Quizá está demasiado ocupado para darse cuenta de que me podrían estar faltando las reglas. No había llegado al punto en que él quisiese sexo y tuviese que explicarle que no podía.

Estoy embarazada.

Me quedé sentada, ausente, mientras esa verdad resonaba en mi mente como un mantra. Era tan impactante, tan surrealista, que me costaba aceptarlo. Con el tiempo, mientras controlaba mi respiración e intentaba calmarme, supe que entrar en pánico no sería sensato.

Tengo que ocultarlo.

Decírselo a Luka parecía demasiado arriesgado.

Sería un riesgo enorme cuando no tenía ni idea de lo que él imaginaba para mí a largo plazo.

Mientras el plan de esconder este embarazo se formaba en mi mente, luchaba contra el odio hacia mí misma y la frustración por haber sido tan descuidada.

Era virgen cuando llegué y, evidentemente, menos experimentada que Luka.

Pero también podría haberle pedido que usara condón.

Fui estúpida por estar tan obsesionada con él que descuidé ese detalle tan importante.

Ocúltalo. Espera y mira si puedes comentárselo a Luka y actúa en consecuencia. Sonaba tan frío, como si fuera una misión, en lugar del descubrimiento de una nueva vida que celebrar.

Levántate. Espera y observa. Y sobrevive. Puedes hacerlo.

Incluso lo haría sola si fuera necesario.

Después de envolver la prueba en papel y esconderla en lo más profundo del cubo de la basura para que las cotillas de las limpiadoras no la vieran, salí del baño.

Dos mujeres con uniforme de sirvientas levantaron la mirada cuando entré en el pasillo. Parecía que las había pillado en mitad de un chisme. Pero en ese momento no podía permitirme preocuparme por ellas. Mi cabeza era un lío con la revelación de que iba a ser madre.

De que traería un bebé a este mundo.

A este edificio, encerrado y seguro porque los hombres que lo gobernaban eran asesinos despiadados y poderosos líderes del crimen.

Durante los siguientes días, intenté por todos los medios no mostrar lo mucho que este secreto me estaba carcomiendo por dentro.

Afortunadamente, Luka estaba ocupado y no pareció darse cuenta de lo callada que estaba.

Intenté no comportarme de forma diferente, pero por dentro ya no era la misma.

En lugar de bailar y desear pasar tiempo con él, hacía cálculos de cuánto tiempo llevaba embarazada y si podría garantizar una vida saludable para este niño.

Pasaba el tiempo fantaseando con los mejores y peores escenarios sobre dónde podría vivir, cómo criaría a este bebé.

¿Con Luka?

¿O me echaría?

Me negaba incluso a considerar la posibilidad de que me obligara a interrumpir el embarazo. Huiría antes de que pudiera hacerlo.

Quizá no le importe. Al fin y al cabo, tiene un hijo. Quiere a Emil.

Lo que no ayudaba era el aumento de los cotilleos que oía entre el personal de la casa.

Cuando estaban cerca de las áreas de servicio, en la cocina que utilizaban, no se reprimían con los jugosos secretos de la mafia.

La mayoría de lo que decían no me importaba.

Eran solo rumores sin importancia sobre gente que no conocía.

Pero cuando hablaban de otras familias del crimen y de cómo se aferraban al principio de que los hijos valían más que las hijas, no pude evitar estremecerme.

Me horrorizaba cómo esta gente hablaba con tanta libertad del funcionamiento y la estructura de las familias criminales.

No quería que mi hijo fuera un peón o una moneda de cambio, obligado a crecer como un asesino.

No quería que mi hija creciera con la expectativa de ser vendida o intercambiada, valiosa solo como virgen antes de ser criada para tener bebés y herederos.

Al caer la noche, cuando Luka seguía fuera por trabajo, hice todo lo posible por contener las lágrimas que amenazaban con brotar.

Sentada en mi habitación, abrazando una almohada contra mi vientre mientras miraba caer la lluvia fuera, recordé todo lo que había oído. Rumié cómo podría descubrir mi futuro.

No puedo quedarme.

No soportaba arriesgarme a la mínima posibilidad de que Luka aceptara un hijo conmigo solo para utilizarlo.

Tengo que salir de aquí antes de que se entere.

No podía saberlo. Tenía que escapar de una vez por todas, sin importar lo mucho que estaba empezando a que⁠⁠—

Basta.

Sacudiendo la cabeza, apreté los ojos con más fuerza. No podía ser eso. Deseché esa estúpida idea de que pudiera amar a este jefe de la mafia que me había secuestrado.

Él no me querría.

Cuanto más esperaba a que volviera a casa después de otra larga noche repartiendo violencia y justicia a su manera, más lo sabía.

No me quería.

Me deseaba, sí.

Me quería en su cama, claro.

Pero el amor no formaba parte de lo que compartíamos. Desde el momento en que llegué aquí, había dejado claro que yo era un objeto, su objeto. Allí para ser poseída.

No amada.