Volver a Amar al Padre de Mi Bebé Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

Cody me sacó el dedo y, antes de que pudiera quejarme, me metió dos, abriéndome, frotando el punto sensible que me hacía perder la cabeza.

Un rayo me atravesó el cuerpo. Me arqueé separándome del capó, con las piernas dando sacudidas como si me hubieran electrocutado.

No grité ni chillé su nombre. Era demasiado intenso, una pérdida total de control sobre mi cuerpo y mi cerebro.

Solo pude dejarme llevar por el placer que me atravesaba a punzadas, retrocediendo y luego volviendo a encrespar.

Cuando por fin me soltó de su garra, temblaba.

Tenía la cara mojada de lágrimas. Estaba medio caída del coche, con los dos brazos en torno al cuello de Cody, aferrada a él como si hubiera intentado trepar por su cuerpo.

Una de sus manos me alisó la falda hacia abajo; la otra me acariciaba el pelo.

Me sostuvo pegada a él, simplemente me recogió y me sostuvo, me besó el pelo enredado y me chistó para tranquilizarme.

Debía de estar sollozando o gimoteando o algo, porque no paraba de chistarme, con muchísima dulzura.

No intentó moverme, ni llevarme a ningún sitio.

Me calmó, me sostuvo, me frotó la espalda en círculos lentos.

Cuando me había serenado lo bastante como para sentirme un poco avergonzada, empecé a apartarme de él, a sorber por la nariz y enjugarme la cara y a preguntarme qué desastre tendría el maquillaje.

Un dulce dolor entre las piernas me recordó el éxtasis pródigo que me había regalado momentos antes.

—Yo… —empecé, sin saber qué decir.

Los labios de Cody estaban en mi sien, rozándola con un beso.

—Shhh. No. Deja de decir que lo sientes, Lee.

Esto es todo lo que siempre he querido. Todo esto.

Si me hubieras preguntado esta mañana, o la semana pasada, o hace tres años, si quería llevarte a cenar, traerte a mi casa, tumbarte sobre el coche y darte placer, habría dicho que sí.

Joder, sí. Coño, sí. Quítame diez años de vida si hace falta, por favor, acepto ese trato. Sí.

Su aliento en mi piel y la suavidad de sus labios me deshicieron mientras me daba besitos en la sien, el pelo, el pómulo. Yo solo me empapaba de sus palabras, las sentía echar raíces en mí. Nunca había dejado de desearme. No me merecía a un hombre así, pero no pensaba dejarlo escapar.

Giré la cabeza, alcé la cara y froté mis labios contra los suyos.

Una fricción sensual y cálida que dejó mi boca hinchada pegada a la suya, chupándole el labio inferior y suspirando feliz mientras él me rodeaba con los brazos.

Me sostuvo ahí y me besó a conciencia, levantó la cabeza para sonreír y me besó otra vez.

—¿Podemos entrar? —susurré con una risita.

—Podemos ir a donde tú quieras. Esta noche te tengo a ti, Lee. Eso hace que esta sea mejor que ninguna otra noche. No ha habido ninguna otra mujer que pudiera ponerme así, hacerme sentir así.

—No ha habido ningún otro hombre —dije mientras me ayudaba a ponerme de pie. Intenté colocarme bien el vestido antes de darme cuenta de que un tirante estaba roto, así que medio delantero se quedaba abierto y me dejaba el pecho al aire.

—Seguro que ha habido otros hombres. Pero no era así.

Nada ha igualado lo que tenemos, no para mí.

Daba igual quiénes fueran, qué dijeran o hicieran o qué aspecto tuvieran.

No eran tú. Encajamos como piezas de un puzle, Leah.

Siempre encajamos. ¿Recuerdas la primera vez que hicimos el amor?

—Me condujo al interior de la casa y hacia las escaleras.

Nos paramos al pie de la escalera para besarnos.

Me aferré al delantero de su camisa y apreté mis labios contra los suyos.

Luego me eché hacia atrás y lo miré, sabiendo que tenía algún gesto soñador en la cara. Le curvé la mano en la nuca, lo contemplé un momento y me obligué a confesarlo.

—No, Cody. No ha habido otros hombres. No he estado con nadie más, no desde ti.

Se detuvo entonces, mirándome a los ojos mientras la incredulidad se convertía en asombro.

—¿En seis años? —dijo. Asentí.

—No podía. No es que te estuviera esperando ni que pretendiera encontrarte e intentar empezar algo de nuevo.

No me aferraba a ninguna esperanza. Simplemente me alejé de esa parte de mi vida el mismo día que me alejé de ti.

Salí a cenar un par de veces con tíos que me lo pidieron.

Nunca pasé de una segunda cita, y solo dejé que uno me besara.

Me confirmó lo que sospechaba. Que para mí eras tú o nada.

No podía creer que se lo hubiera confesado. Habría apostado a que me llevaría ese secreto a la tumba. Pero ahí estaba, contándole a Cody que no soportaba que ningún otro hombre me tocara.

—Estoy atónito y honrado de que tomaras esa decisión, Leah. Y de que confiaras en mí para contármelo. Voy a tener que recuperar el tiempo perdido.

Cody alargó la mano, pellizcó el otro tirante de mi vestido y lo partió con una sonrisa.

El vestido cayó hacia delante, inútil, y se deslizó hasta el suelo en torno a mis pies.

Crucé los brazos sobre los pechos, de repente cohibida.

Me cogió las muñecas y me apartó los brazos del pecho.

Me quedé ahí, ruborizada, con unas bragas negras y nada más.

Entonces me alzó en brazos y subió las escaleras de dos en dos.

Sus piernas largas devoraban la distancia mientras me acunaba contra su pecho.

Abrió de una patada la puerta de su dormitorio.

Ver su cama, enorme entre las sombras, me serenó un poco.

Íbamos a acostarnos juntos. Iba a tener sexo con Cody.

Iba a hacerme correr de todas las formas posibles, eso lo sabía ahora.

Primero me tumbó en la cama y me bajó las bragas a lo largo de las piernas recién afeitadas.

Me cogió la pantorrilla con las manos y me la masajeó, luego usó mi pierna para arrastrarme más cerca, para abrirme.

Estaba tan desnuda, tan expuesta, y su mirada me recorría abrasadora todo el cuerpo.

Cody se arrodilló en la cama y me enrolló la pierna en torno a su cadera.

Después se desabrochó los pantalones para revelar la enorme polla, gruesa como mi muñeca, la que tan bien recordaba.

Mi coño se contrajo de deseo ante la visión y de placer recordado.

Se me hizo la boca agua y los pezones se me pusieron duros y doloridos.

Sacó la polla y se la acarició un par de veces, la longitud y el tamaño impresionantes, el tronco grueso y ancho que me hacía desear que me follara sin más hasta no poder aguantar.

Estaba tan hambrienta de él, con el cuerpo tan excitado, tan receptivo ante la visión descaradamente masculina de su mano grande y musculosa agarrando, acariciando su erección. Me mordí los labios, fruncí el ceño, deseándolo, esperando con impaciencia.