Voces antiguas sonaron DESTINO
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DESTINO

Nada más terminar el juicio, Margot fue conducida de nuevo a su celda. La puerta se cerró tras ella. El ruido del cerrojo resonó durante largo rato entre las piedras. Permaneció de pie unos instantes. Después volvió al fondo de la celda.

La tela de su túnica blanca se deslizó ligeramente, dejando al descubierto su hombro izquierdo cuando se arrodilló. Se la ajustó antes de juntar las manos y ponerse de nuevo a rezar. Como antes. Como si nada hubiera cambiado.

Sébastien había permanecido junto a ella. No se había separado de ella ni un instante. Su mano seguía apoyada sobre su hombro. Como si, con aquel gesto, la sostuviera física y moralmente.

Cuando la tela se deslizó, algo lo inquietó. Justo donde descansaba su mano. Una mancha marrón claro. Muy nítida. En forma de corazón. Entre el cuello y el hombro.

Margot murmuró su nombre.

—Sancto Sébastian…

Él habría querido hablarle. Contárselo todo. Confesárselo todo.

Pedirle perdón…

Pero guardó silencio.

Margot rezaba con fervor a Sancto Sébastian. Y aquella fe se había convertido en su fuerza.

Entonces decidió que Sancto Sébastian permanecería allí. A su lado. Hasta el final.

Margot rezó así toda la noche. Refugiándose en su fe y alejándose poco a poco del mundo y de los hombres.

Al amanecer, los guardias fueron a buscarla. Margot se levantó sin oponer resistencia. No había dormido. Sin embargo, su rostro estaba tranquilo y sereno.

Un guardia le ató las muñecas.

Ella no protestó.

Sébastien caminó a su lado. Invisible. Impotente.

Atravesaron los pasillos. Después el patio.

Después se abrieron las puertas. La ciudad esperaba.

La plaza pública estaba abarrotada. Hombres.

Mujeres. Niños. Todos habían acudido. Por ira.

Porque necesitaban un culpable. Un responsable.

Alguien a quien entregar a las llamas purificadoras para que por fin cesara el azote.

En cuanto apareció Margot, los gritos estallaron.

—¡Bruja!

—¡Envenenadora!

—¡Sierva del Maligno!

Lanzaron piedras.

Ninguna la alcanzó.

Sébastien avanzaba junto a ella.

Habría querido ahogar los gritos. Hacerlos callar. Borrarlos.

Pero la multitud seguía vociferando.

En el centro de la plaza habían levantado la hoguera.

Madera seca.

Perfectamente preparada.

Margot contempló la hoguera sin flaquear.

Desde que la peste asolaba el reino, las hogueras se habían multiplicado.

Judíos. Brujas. O simples desgraciados señalados por la multitud como envenenadores de pozos.

Apartada de la multitud histérica, una mujer permanecía inmóvil. Louison. Un velo oscuro le cubría el cabello. Tenía los ojos enrojecidos. Pero contenía las lágrimas para no llamar la atención.

A pocos pasos de ella, un monje cartujo mantenía la cabeza gacha. La capucha le ocultaba parte del rostro.

Pero Sébastien reconoció la silueta.

Arsénius.

Apretaba contra su hábito de monje un paquete de hojas envuelto en tela. Seguramente sus notas. Los últimos fragmentos.

Todos los escritos sobre el Elixir. Todo lo que Sébastien había transmitido. Todo lo que, al final, había provocado su condena.

No habían venido para salvarla —por desgracia, sabían que era imposible—, sino para no dejarla morir sola.

Margot volvió la cabeza hacia ellos y les dedicó una breve sonrisa, temiendo que la multitud los descubriera.

Louison bajó la cabeza, pero Arsénius sostuvo su mirada.

Sus manos empezaron a temblar.

Guillaume de Pariset llegó poco después.

Parecía haber envejecido en una sola noche.

Tenía el rostro cerrado. Los ojos hundidos.

No miró a la multitud.

Posó brevemente los ojos sobre Margot.

Vio una sonrisa en sus labios.

Una sonrisa de compasión hacia la multitud que la abucheaba.

Bajó la mirada.

Margot fue conducida hasta la hoguera.

La ataron al poste.

La cuerda le apretó las muñecas.

Después la cintura.

Rezaba y, entre sus murmullos, se la oía repetir incansablemente:

—Sancto Sébastian…

Sébastien permaneció a su lado.

Intentó hablarle en vano.

—Margot…

De pronto, ella volvió la cabeza como si lo hubiera oído.

Una sonrisa fugaz apareció en sus labios.

Una sonrisa casi imperceptible.

Una sonrisa solo para él.

Sébastien sintió que algo se rompía dentro de él.

De pronto comprendió.

Margot ya no tenía miedo de morir.

Desde que estaba en la celda, se había refugiado en una certeza que nada ni nadie podría arrebatarle.

Dios y Sancto Sébastian estaban junto a ella.

No iba a morir sola.

Mientras que él… sabía la verdad.

No había ningún santo.

Solo un hombre que había decidido protegerla y ayudarla.

Intentó devolverle la sonrisa.

La sonrisa de Margot no pasó inadvertida.

Los gritos de la multitud redoblaron.

Hasta tal punto que Guillaume tuvo que levantar la mano para imponer silencio.

Entonces se alzó la voz firme de Guillaume de Pariset.

—Que se ejecute la sentencia.

Después, en un tono más contenido:

—Y que se haga la voluntad de Dios.

El verdugo acercó la antorcha.

El fuego prendió lentamente.

Primero unas ramitas.

Después la paja.

Después las primeras llamas lamieron la madera.

El humo ascendió.

Gris. Espeso.

La multitud retrocedió ligeramente.

Sébastien permaneció a su lado.

Estaría con ella hasta el final.

Ella lo miraba.

Las llamas crecieron.

Margot tosió. Pero no gritó.

Sébastien aulló.

—No… es injusto, inhumano.

Entonces, de pronto, todo dio un vuelco.

Una fuerza lo arrancó de sí mismo.

La plaza se deformó.

La luz estalló.

Se resistió.

Quería permanecer junto a ella a cualquier precio.

Pero algo lo absorbió violentamente.

No hacia su cuerpo.

A otro lugar.

Abrió los ojos.

La multitud seguía allí.

La hoguera también.

Pero algo había cambiado.

Sentía el peso de un cuerpo.

El cuero de los guantes.

La rigidez de un abrigo.

El frío de un anillo contra la piel.

Bajó la mirada.

Sus manos.

No eran las suyas.

Levantó la cabeza.

Margot estaba frente a él.

Atada a la hoguera.

Las llamas subían.

Y él… estaba allí…

En el cuerpo de Guillaume.

Y veía a través de sus ojos.

Entonces la abominable verdad se impuso.

Aquel hombre al que había odiado desde el primer momento.

Aquel hombre que solo le inspiraba asco y repulsión.

Aquel asesino…

Era él.

Sébastien quiso gritar.

Pero la boca de Guillaume permaneció cerrada.

Quiso correr hacia la hoguera para liberar a Margot.

Pero las piernas de Guillaume no se movieron.

Quiso ordenar que lo detuvieran todo.

Pero no salió ningún sonido.

Estaba prisionero de aquel otro yo.

Condenado a contemplar lo que había hecho.

En aquel instante, a través del humo y de las llamas, Margot lo miró.

Sus labios temblaron.

Después, su voz se elevó por última vez.

Débil. Quebrada.

—Sancto Sébastian…

El grito penetró en él como una cuchillada.

El mundo se desgarró.

La plaza desapareció.

La multitud.

La hoguera.

Guillaume.

Margot.

Todo quedó engullido por la luz.

Después llegó la caída.

Y finalmente, un sonido.

Bip. Bip. Bip…