FRACTURA
Sébastien permaneció un momento inmóvil. Lo que más lo asombraba no era el análisis tan acertado de Jérôme, sino que lo hubiera tomado en serio. Ni por un segundo se había burlado de él. Lo había escuchado pacientemente mientras reflexionaba sobre el problema, intentando comprender su mecanismo.
Aquellas explicaciones lo habían tranquilizado y frustrado al mismo tiempo. El análisis de Jérôme le había permitido poner palabras a lo inconcebible. Intelectualmente, todo parecía más coherente. Pero, en realidad, nada estaba verdaderamente resuelto.
Levantó la mirada.
—Estoy impresionado. De verdad. Has partido de lo que he vivido y has construido una hipótesis coherente.
Pero… no sé cómo decírtelo… eso no me explica «qué es».
Describes un mecanismo, una analogía, posibilidades.
Pero, en el fondo, no me dices «qué es» ese doble.
Esa conciencia. De dónde viene. Por qué existe.
Jérôme asintió, sin intentar defenderse.
—Exacto. Y, como ves, ahí llegas a la única conclusión honesta. No he explicado nada. He intentado dar una forma pensable a un fenómeno. Pero no sabemos qué es la conciencia. Construimos modelos sobre ella. La rodeamos. Nos acercamos. Y a veces acabamos llamando a eso «comprender».
Jessica bajó la mirada, como si aquella frase hubiera hecho tambalear una certeza que creía sólida.
Los tres permanecieron en silencio, saboreando el café.
Y, en aquel silencio, algo se desencadenó en la mente de Sébastien sin que él lo supiera. Mahdi Diaz quizá habría hablado de una acción del inconsciente. Jérôme y Jessica seguramente habrían buscado una explicación en el funcionamiento del cerebro.
Sin hacer ruido, aquel punto de fragilidad que Sébastien llevaba dentro desde siempre alcanzó su límite, como una cuerda a punto de romperse.
Sébastien se llevó maquinalmente una mano a la sien. Acababa de aparecer una molestia difusa. Nada realmente doloroso. Solo una sensación sorda a la que decidió no prestar atención.
Sin embargo, Jérôme se dio cuenta.
—¿Estás bien?
—Sí, no te preocupes. Seguro que es el calor y el vino. Perdona… creo que voy a volver a casa.
—¿Está seguro de que se encuentra bien? —preguntó Jessica a su vez.
—Sí… sí. Se me pasará. No es nada. Os llamo. Y os invito a la Tour, lo prometo.
—¿Seguro que no quieres quedarte?
Jérôme dudó un instante. Pero el rostro cansado de Sébastien lo convenció de que su amigo necesitaba sobre todo descansar. No insistió.
Lo acompañaron hasta el coche.
Sébastien arrancó con normalidad, pero aceleró en cuanto salió del aparcamiento. Tenía ganas de volver a la tranquilidad de su casa.
Jérôme, inmóvil, lo vio alejarse.
—En mi opinión, ha bebido demasiado. Cuando éramos estudiantes, ya aguantaba fatal el alcohol. Tenía que terminarme sus copas.
Jessica siguió el coche con la mirada sin responder.
En la carretera, la molestia volvió, algo más intensa. Intentó convencerse de que era el vino, el cansancio, la noche en vela, la emoción.
El trayecto le pareció interminable.
Aparcó —no en su sitio habitual— sin siquiera darse cuenta. Después se dirigió hacia su casa con paso vacilante. Subió directamente a su habitación. Cerró las persianas. La luz le agredia.
Se desvistió y se puso el pijama.
Después se dejó caer sobre la cama.
Mañana… estaré mejor.
Cerró los ojos.
La oscuridad lo envolvió.