Viñedos, amor y tú: Latidos en Montalcino (Latidos en la Toscana 4) 32. Capítulo 32 #2
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32. Capítulo 32 #2

Leo suspiró. Aunque amaba la bodega y su trabajo, le resultaba difícil apartarse de Rita. Sabía que no podía estar seduciéndola todo el día, pero ya la echaba de menos en sus brazos. Su aroma, su piel suave, sus besos apasionados.

Se puso la ropa rápidamente. Mientras se subía los pantalones, sonó su móvil. Lo sacó y se quedó petrificado. Había ignorado el mensaje de su madre y ahora recibía la respuesta: lo estaba llamando.

Se alejó unos pasos de Rita, murmuró una disculpa y aceptó la llamada.

—¿Qué quieres?

—Leonardo, ¿así saludas a tu querida madre?

—Si tuviera una madre que me quisiera, la saludaría como es debido. ¿Qué pasa?

Beatrice resopló. Su comentario cortante parecía haberla herido. Quizá sí que tenía corazón y él ocupaba un minúsculo rincón en él. O quizá no.

—No has contestado a mi mensaje; para ser exactos, hace semanas que no contestas a mis mensajes.

—Es que no hay nada que decir.

—Yo creo que hay mucho que hablar; por ejemplo, cuándo asumirás por fin la responsabilidad del imperio inmobiliario de tu padre. Pero hablemos de eso más tarde. Solo quería informarte de que estoy de camino a Montalcino.

Leo se quedó helado. —¿Que estás qué?

—Estaré en la Gallo en unos veinte minutos. Tengo que hablar contigo, quieras o no. Me vendría muy bien un recibimiento un poco más amable. —Y con eso, colgó.

Leo bajó el móvil y se puso en cuclillas. Miró el teléfono completamente perplejo. Su madre se presentaría en la bodega en pocos minutos. Tenía que evitar a toda costa que se encontrara con Rita.

Sintió la mano de Rita sobre su hombro. —¿Malas noticias?

Negó con la cabeza y se levantó. Seguía dándole la espalda, incapaz de mirarla a los ojos.

Tenía que interceptar a su madre sin que Rita se diera cuenta.

Pero ¿cómo iba a justificarlo? Ella se lo tomaría como un insulto si la escondía de su madre, pero ¿qué otra opción le quedaba?

Beatrice nunca aceptaría a Rita; ella no pertenecía a los círculos selectos de los que su futura esposa debía formar parte sin falta.

—Sí, por desgracia. —Leo se giró, pero mantuvo la mirada baja.

¿Cómo podía mentirle de esa forma tan descarada a la cara?

Menudo comienzo para una relación maravillosa basada en la confianza.

Sabía que era un error engañarla, pero no tenía otra opción.

Sin esa mentira piadosa, Rita se enteraría de una verdad mucho peor: que él había querido arrebatarle la bodega. Y eso no podía permitirlo. No ahora.

—Se trata de mi padre. Tengo que ir urgentemente a Florencia.

Rita palideció. —¿Ha tenido otro infarto? ¿Quieres que te acompañe?

Leo negó con la cabeza. —No es necesario. Aún no sé qué gravedad tiene en realidad. Mi madre a veces es un poco dramática. Tengo que irme ya.

Le dio a Rita un beso rápido, se dio la vuelta y bajó apresurado por el viñedo.

Tenía que detener a su madre sin falta antes de que apareciera en la bodega y le pidiera explicaciones.

Sintió la mirada de Rita en su espalda y se sintió como un traidor.

Acababan de jurarse que construirían su futuro juntos y ahora la dejaba plantada despachándola con una mentira.

Aunque fuera por el bien de Rita el no conocer a su madre, no dejaba de ser otra falsedad que se interponía entre ellos.

Totalmente sin aliento, Leo llegó al pequeño aparcamiento situado bajo la bodega.

Había llegado a tiempo; una enorme nube de polvo en el camino de acceso le indicaba que su madre estaba al caer.

La grava crujió bajo los neumáticos cuando se detuvo ante él en su elegante descapotable.

Así que había decidido no dar nuevos chismes al chófer y había conducido ella misma.

No era buena señal. Unas gafas de sol oscuras le cubrían los ojos y llevaba un pañuelo de rayas anudado a la cabeza para proteger su peinado del viento.

Beatrice Vitale abrió la puerta y asomó una pierna calzada con una sandalia de tiras de color rojo brillante.

—Leonardo, qué detalle por tu parte darme aquí la bienvenida.

Salió del coche, dio un portazo y miró a su alrededor. —¿Así que esta es la bodega que te importa tanto más que nuestra empresa de Florencia?

Se bajó un poco las gafas de sol, como si tuviera que asegurarse de que aquel rincón de mundo estaba tan descuidado como esperaba.

—La famosa Gallo. Tu nueva razón de ser. Es… mona.

Su voz chorreaba sarcasmo. No le hacía falta decir nada más para demostrarle a Leo lo insignificante que le parecía su capricho por aquellas tierras.

—Es mucho más que eso. Es maravillosa, y aquí he encontrado mi vocación.

Tenía que intentar otra estrategia. Quizá pudiera convencer a su madre de que ese era su lugar.

Si veía lo feliz y realizado que se sentía, con suerte entraría en razón.

Era su hijo y ella debería querer verle feliz, ¿no?

No podía querer seriamente que se hiciera un desgraciado asumiendo la empresa de su padre. ¿Qué madre exigiría algo así?

—Me da igual lo que esperes encontrar aquí o lo que creas haber hallado. Tu sitio está en Florencia al lado de tu familia, en la empresa de tu padre. No eres un viticultor cualquiera que se ensucia los dedos entre las vides.

Él suspiró. Sus esperanzas se desvanecieron. Para su madre solo importaba el bien de la empresa, no su felicidad personal.

—Quizá quieras enseñarme la bodega; tu padre decía que era importante para tu proyecto turístico.

Leo se interpuso en el camino de su madre. Tenía que evitar por todos los medios que se cruzara con Rita, porque entonces todo se descubriría, y el primer día de su nueva vida sería también el último.