CAPÍTULO 16
El incidente
E ra viernes y, después del descanso de media mañana, se empezaba a notar un ambiente más distendido en el aula.
Todos los alumnos tenían en mente el fin de semana y aquellas eran las horas más improductivas de toda la semana.
Aiden estaba concentrado en la resolución de un ejercicio cuando el dedo de Axel irrumpió en su campo de visión.
—Me gustaría saber en qué piensas cuando te explico las cosas. Este ejercicio lo estás haciendo mal. —Señaló el planteamiento inicial del mismo.
—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó Aiden desesperado. Llevaba media hora con el mismo problema y todavía no había conseguido avanzar.
—¡Pero si hicimos uno exactamente igual ayer! —suspiró Axel mientras negaba con la cabeza—. Borra toda esta parte.
—¿Todo esto?
—Sí.
—Joba… Por cierto, ¿cuándo tenemos que entregar los ejercicios?
—El domingo por la noche —respondió Axel.
—¿Te parece bien si los hacemos juntos esta tarde? O mañana.
—Vale, si quieres puedes venirte a mi habitación esta tarde. Y después podemos jugar al videojuego que te comenté el otro día. Si te apetece, claro —sugirió bastante emocionado.
—¡Por mi perfecto! Avísame cuando pueda ir sin molestar a tu compañero.
—Este fin de semana se va a su casa, así que no te preocupes por eso.
—¿Qué pasa este finde? ¿Por qué se va todo el mundo? —preguntó extrañado.
Axel mostró una ligera sonrisa. A su manera, se estaba riendo de Aiden.
—Siempre te pasa lo mismo. Andas en tu mundo la mitad del tiempo y no te enteras de nada.
—¡Eh, eso no es verdad! —se quejó Aiden.
—Sí, pero no pasa nada. A principios de esta semana los profesores avisaron de que teníamos un fin de semana libre.
Eso quiere decir que se suspenden todas las actividades extraescolares y permiten a todos los alumnos volver a sus casas.
Suele haber uno cada mes, más o menos. —Después buscó en el móvil un mensaje y se lo mostró a Aiden—.
Este es el mensaje que recibimos todos, tú incluido.
—Puede ser que lo borrara sin leerlo —confirmó Aiden. Se anotó mentalmente leer los mensajes recibidos de aquel momento en adelante—. ¿Tú no te vas?
—No, me da bastante pereza andar viajando tanto solo por dos días —confesó—.
Hay mucha gente que piensa igual. Ya te digo que verás el colegio lleno de todas formas.
En otras ocasiones, como durante la semana de vacaciones que tenemos en abril o las vacaciones de verano, esto se queda bastante vacío.
¿No te has planteado cuándo volver a casa?
—Acabo de llegar, no tengo ganas de volver todavía.
—¿Y tu familia no te pone pegas? Durante el primer cuatrimestre mi padre no paraba de insistir en que volviera a casa cada fin de semana.
—Bueno, por el momento no me han dicho nada. A fin de cuentas, mi madre está en plena campaña en su empresa y creo que le alivia saber que estoy bien.
—Mejor así. Créeme.
Otra de las cosas de los fines de semana libres, que Axel no le había comentado, era que las horas lectivas terminaban el viernes al mediodía. Por ese motivo, cuando terminó la clase y todo el mundo abandonó el aula, a Aiden le pilló por sorpresa.
—¿Me estás diciendo que se terminaron las clases ya? ¿A las doce de la mañana? ¿Para qué me levanté esta mañana?
—Sí —dijo Axel entre risas—. Tu indignación por las pocas horas de clase es maravillosa.
Aiden respondió con un pequeño golpe en el hombro antes de salir del aula, seguido por su compañero.
Fueron hasta la cafetería y pidieron un batido de chocolate mientras esperaban a que abriese la cocina.
La idea era coger la comida para llevar y comer en la habitación de Axel.
Le mandaron un mensaje a Nadya contándole el plan y ella aseguró que pasaría después de comer.
—¿Cómo es no ser mago? —preguntó Axel rompiendo el silencio, mientras le daba un sorbo a su batido.
No había maldad en su pregunta, solo curiosidad. Aiden no lo pensó demasiado antes de contestar.
—Es casi igual, pero sin poder hacer esto. —Aiden dejó su batido encima de la mesa y se concentró unos segundos antes de hacerlo levitar. Lo consiguió a la primera y dejó el vaso flotando por encima de sus cabezas.
—Vaya, has mejorado un montón —admiró Axel sorprendido—. Parece que los entrenamientos por fin están dando resultados.
—Sí, bueno, es que he estado practicando mucho —confesó emocionado.
En ese momento, Aiden desvió la vista del vaso y se encontró con los ojos de Rian, quien lo miraba sin mucho entusiasmo desde la entrada del comedor.
Por algún motivo que no entendía, enterarse de que lo estaba observando lo puso extremadamente nervioso.
El vaso empezó a oscilar por encima de sus cabezas hasta que Aiden perdió el control de sus poderes y tanto Axel como él acabaron con batido de chocolate por encima.
Aiden cerró los ojos notando cómo el líquido le descendía por la cabeza y empezaba a gotear sobre los pantalones.
Sentía tanta vergüenza que se quedó quieto, con los ojos cerrados y los puños apretados sobre sus piernas.
Empezó a escuchar algunas risas del resto de las mesas, pero no podía reaccionar.
No era capaz de moverse, ni de hablar, ni siquiera de disculparse con Axel, que el pobre no había hecho nada y estaba todo manchado.
Simplemente quería desaparecer. O llorar. O ambas cosas.
—Aiden. —Axel lo estaba llamando pero él no se sentía capaz de abrir los ojos.
Solo quería que la teletransportación fuera una realidad y escapar de allí en ese mismo momento—.
Ey, Aiden, espabila. —Axel lo agarró por el hombro y lo zarandeó con suavidad—.
Si esta era tu forma de demostrarme que somos exactamente iguales a las personas no magas ha funcionado a la perfección —bromeó en un intento de aliviar la tensión.
Aiden sonrió sin ganas, agradecido. Abrió los ojos y se giró hacia su compañero, que estaba bebiendo de su batido tan tranquilamente, como si no tuviera el pelo y la camisa llenos de chocolate líquido.
—Lo siento —se disculpó avergonzado.
—Bueno, sin más. Una experiencia más para la lista. No te preocupes, pero mejor vamos a cambiarnos antes de que nos hagamos virales en internet —sugirió poniéndose de pie y tirando de su amigo.
Buscó con la mirada los ojos azules de Rian, pero ya no estaba. Se había ido, seguramente molesto por haber presenciado sus inexistentes habilidades. Sabía que tenía pendiente hablar con él pero, a la vez, no paraba de darle más motivos para seguir ignorándolo.