Victoria colateral (Victoria 1) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

La última carrera

T res semanas después empezaron los primeros exámenes. Aiden se encontraba con Nadya y Axel en la biblioteca, porque tanto ellos como el resto tenían que estar estudiando todo lo que pudieran.

Estaba intentando memorizar las fórmulas para su examen de Física Mágica, aunque no era capaz de concentrarse.

Era domingo y, por primera vez en toda la semana, no tenían que salir a correr.

Aún no fue capaz de llegar y volver de la cima de la colina en las cuatro horas de entreno y, como bien sentenció Loan, no podía empezar su entreno.

. Tampoco tenía esperanzas de conseguirlo, no a corto plazo.

Para más inri, su relación con Rian no había mejorado absolutamente nada.

Apenas se intercambiaban un par de palabras al día y se mantenían lo más alejado posible del otro.

Al menos no habían vuelto a tener una pelea física.

No entendía su actitud. No le había hecho nada para que lo odiara de esa manera. Además, cuando hizo la demostración, Rian se mostró sorprendido de la energía que era capaz de lanzar. Aun así, prefería seguir molesto a arreglar la situación. Le sacaba totalmente de quicio.

Despertó de sus ensoñaciones cuando Nadya lo llamó.

—Andas en las nubes —le reprendió ella—. Estábamos hablando de ir a dar un paseo esta noche por la ciudad. ¿No te apetece?

Aiden lo sopesó. Por una parte, le encantaría ver la ciudad, olvidarse de todo y divertirse durante un par de horas con los que se habían convertido en sus amigos allí.

Por otro lado, él no había ido allí para eso.

Tenía un objetivo muy claro y, cada día que pasaba, lo veía más lejos.

No podía permitirse fallar. Por ese motivo decidió declinar la oferta.

Además, en el fondo no se sentía de humor para ello.

—Creo que voy a salir a correr un rato. Otro día voy con vosotros —comentó mientras empezaba a recoger sus cosas.

—¿Te vas ya? —Nadya hizo un puchero que le sacó una sonrisa a Aiden.

—Sí, quiero ir hasta la maldita colina corriendo y son bastantes kilómetros. Si no salgo pronto será de madrugada antes de llegar.

—A este paso, es mejor que se instale en una tienda de campaña en los jardines —bromeó Axel.

Aiden sonrió y le hizo un gesto con la mano como despedida antes de seguir su camino sin girarse. Era posible que sus nuevos amigos fueran las personas más increíbles que había conocido nunca.

A pesar de que los exámenes estaban cerca, muchos alumnos habían decidido aprovechar el fin de semana para salir y los pasillos estaban prácticamente desiertos. Aiden llegó a su habitación y se encontró con Thiago a punto de marcharse.

—¿Vas a salir? —preguntó mientras tiraba sobre la cama la mochila y rebuscaba en el armario su ropa de deporte.

—Sí.

—¿Y a dónde vas?

—Por ahí.

—Joe, siempre igual. Podías ser un poco más comunicativo —se quejó Aiden.

—¿Qué pasa, quieres que te invite a venir? —Su tono era de curiosidad. Se subió las gafas con el dedo índice.

—Bueno, ya que lo sugieres, estaría bien.

—Voy a dar una vuelta con Yuki y Lev. ¿Te apuntas?

—Qué va. Hoy ya tengo planes —contestó desvistiéndose.

—Eres repelente, de verdad —respondió en un suspiro—. No dejes la ropa ahí en el suelo, recógela antes de irte o la tiraré por la ventana.

—Sí, sí, ya voy. ¿Tú no te ibas?

—Sí, nos vemos.

Cuando pasó un tiempo prudencial, Aiden siguió sus pasos, pero en dirección al jardín trasero.

Cuando salió del edificio, se estiró un poco y dio un par de saltos para calentar, justo antes de echar a correr.

Como todos los días, empezó con un ritmo lento pero durante los primeros kilómetros y aceleraba a medida que veía el final.

Una hora después, se encontraba a los pies de la colina.

Durante unos segundos, se planteó dar media vuelta y volver pero al final decidió esforzarse un poco más y comenzó la subida.

Ambos podían contemplar la frondosidad de la zona, que casi podría decirse que era un bosque.

Los árboles se alzaban hasta los diez metros de altura y se necesitaban casi cuatro personas, con los brazos extendidos, para rodear su tronco.

Toda esa zona ya era terreno conocido para Aiden, al final lo llevaba recorriendo sin falta durante tres semanas.

Un poco más allá había un pequeño lago. Todavía no había tenido la oportunidad de acercarse hasta él y siempre se paraba a contemplarlo desde la cima.

Veinte minutos después, Aiden hizo un pequeño sprint mientras recorría los últimos metros de subida.

Cuando el camino se allanó y llegó al punto más alto, se dejó caer sobre la hierba.

Jadeaba con fuerza mientras intentaba recuperar el aliento.

Miró al cielo, que se estaba empezando a teñir de los colores del atardecer y se dio cuenta que, justo en el lugar en el que estaba tumbado, se podrían ver las estrellas con claridad.

Pensó en decirles a Axel o a Nadya de ir hasta allí un fin de semana para verlas.

Descartó la idea al instante. Nadya estaba bastante liada con el consejo estudiantil y no se permitía muchas noches libres al mes y Axel…

Axel prefería quedarse en su habitación jugando a algún videojuego, estaba seguro.

Sabía que aquel tipo de plan no le acababa de convencer aunque estaba seguro de que, si se lo pedía, le acompañaría.

Unos minutos después, con la respiración más calmada, se incorporó del suelo.

Todos los días, al llegar a la cima de la colina, Rian y él se acercaban hasta una roca que estaba al otro extremo.

A pesar de que solo tenía cuatro metros de altura, desde ella se podía disfrutar de unas vistas increíbles. Aiden se encaminó hacia ella.

Ya estaba a punto de empezar a escalar cuando vio a alguien sentado encima de ella.

Pensó en dar media vuelta y dejar intimidad a quien estuviera allí sentado.

Si recorrió los doce kilómetros desde la escuela solo, daba por hecho que no quería compañía.

. Estaba a punto de volver cuando lo reconoció. Era Rian.

—Joder, ¿qué probabilidades había? —susurró para sí mismo.

Aiden se debatió internamente entre marcharse de allí o acercarse.

Con un largo suspiro, se decidió por la segunda opción para, al menos saludarle.

Cuando llegó a su lado, Rian todavía no se había girado.

Estaba sentado de espaldas, con las piernas flexionadas y los codos apoyados sobre sus rodillas.

Tenía el pelo pegado a la frente, todavía húmedo del sudor.

En las manos sostenía el móvil y tenía la mirada perdida en ninguna parte.

Aiden se sentó a su lado, dejando un poco de espacio entre uno y otro.

Desde aquel lugar, se podía apreciar la inmensa amplitud que tenía aquel recinto.

En el horizonte se veía el bosque que había podido apreciar desde el pie de la colina y unas montañas, tras las cuales estaba a punto de ocultarse el sol.

Un poco más cerca unas praderas y un pequeño lago, cuya agua se veía de color turquesa, a pesar de que el cielo ya presentaba tonalidades naranjas.

Y si giraba la cabeza, podía ver, al otro lado, el colegio rodeado de luz artificial.

Estuvieron muchos minutos en silencio, contemplando el paisaje hasta que Aiden giró la cabeza y lo miró.

Tenía los ojos hinchados y un gesto triste.

Parecía que había estado llorando y algo en el interior de Aiden se removió y quiso consolarlo.

Incluso tuvo que apretar el puño para reprimir el impulso de darle un par de golpecitos en la espalda.

Tras sopesarlo, decidió romper el silencio.

—¿Estás bien? —preguntó con tacto.

Sabía que lo odiaba y que posiblemente no quisiera hablar con él. A pesar de ello seguían siendo compañeros y nunca había soportado ver a nadie triste.

—Sí —contestó un par de minutos después, para sorpresa de Aiden. Había pensado que lo iba a ignorar por completo.

—No lo parece…

—¿Entonces por qué preguntas?

—Porque me ha sorprendido verte aquí, solo.

—No creo que me hayas visto muchas veces acompañado, Aiden.

Aquella afirmación era cierta, aunque le resultó bastante curioso que lo comentara como si nada. Igual lo que le había dicho Thiago hacía un par de semanas era cierto. Igual sus padres le presionaban por algún motivo. Igual se sentía solo.

—¿Por qué?

—Porque no quiero —contestó seco.

—No creo que eso sea verdad.

Rian suspiró antes de girarse para mirarle a la cara.

—No paras de hacer preguntas, y a la vez no te vale ninguna respuesta. Sinceramente, hoy no estoy de humor para aguantar a nadie. Te agradecería que me dejases solo.

Aquella había sido, sin duda, la conversación más larga y civilizada que habían tenido hasta el momento. Lo más sensato habría sido dejarlo estar, levantarse e irse, pero Aiden no se caracterizaba por hacer cosas sensatas.

—Bueno, somos un equipo. Creo que Loan nos dejaría volver a entrenar si ve que nos llevamos mejor. Igual podemos hablar un rato e intentar conocernos un poco más —sugirió a sabiendas de que estaba jugando con fuego.

Una risa irónica fue lo primero que recibió como respuesta.

—No te ofendas, pero no tengo ningún interés en conocerte o en volvernos más íntimos de lo que ya lo somos en la actualidad.

—¿Por qué no? Sería bueno para el Kettou.

—Aiden, en serio, ¿no te has dado cuenta aún? Al final vas a ser tan imbécil como aparentas —se tapó la cara con las manos, como si aquella conversación le estuviera agotando más que los kilómetros que tuvo que recorrer para llegar allí.

—Puedes iluminarme —sugirió.

—El problema es que no te soporto. Cada vez que te tengo delante, lo único que quiero hacer es estampar tu cara contra el suelo y borrar esa estúpida sonrisa que sueles traer —soltó. Ambos se quedaron en silencio.

«Guau». Su franqueza a la hora de hablar había dejado sin palabras a Aiden. Sabía que no le caía bien, pero detrás de su actitud había un aborrecimiento total hacia su persona y todavía no lograba entender el por qué.

—Bueno, vale. ¿Y puedo saber por qué no me soportas? —preguntó algo avergonzado—. No es que te hayas molestado en conocerme en ningún momento.

Tenía tantas ganas de saber la respuesta como de irse de allí sin conocerla.

A pesar de que desde que descubrió que era mago mostraba una actitud positiva, Aiden sabía de sobra que todavía arrastraba con él cientos de inseguridades y complejos.

En el fondo, tenía miedo de escuchar la respuesta de Rian.

—Porque no tienes ninguna habilidad, pareces tonto la mitad del tiempo, has entrado al equipo y a la escuela por enchufe, has tenido una educación de lujo, no te has tenido que esforzar nunca.

No tienes ningún mérito y, a pesar de eso, tienes una cantidad de energía extraordinaria.

Lo has tenido todo en la vida y no has llegado a nada.

—Esas palabras le dolieron mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir y, como no dijo nada, Rian siguió hablando—.

Yo he tenido que esforzarme diez veces más que todos, he tenido que luchar por una beca en esta escuela, por un hueco en el equipo, por mejorar mi técnica, por aprender desde cero…

He renunciado a todo. ¡A todo! —gritó—. A mi hermana, a mis padres, a mis amigos y al lugar donde viví siempre, por una oportunidad para ser un gran duelista.

Tengo tantas deudas que no me llegará toda una vida para poder pagarlas y lo único que pido, lo único que quiero, es tener la oportunidad de competir, de ganar.

Te juro que solo quiero eso, pero en este puto colegio no hay ni un solo mago decente.

Y ahora me obligan a competir con un inútil a mi lado.

—Aiden estaba seguro de que, si le hubieran golpeado en aquel momento, le habría dolido menos—.

¿De qué vale haber renunciado a absolutamente todo?

¿De qué me vale todo el esfuerzo, Aiden? Dímelo, porque no lo entiendo.

Unas lágrimas de frustración caían por las mejillas de Rian, pero él no parecía ser consciente de ellas.

Todo lo que le había dicho aún se repetía una y otra vez en la cabeza de Aiden.

Siempre había tenido miedo de no ser suficiente, de fracasar, aunque al final había encontrado la forma de hacerle frente a cualquier situación.

Pensó en hablarle a Rian de su magia y de cómo le llegó casi ocho años tarde.

Pensó en hablarle de cómo había igualado los conocimientos de sus compañeros en apenas dos años, graduándose con ellos.

Pensó en hablarle de todas las veces que no había sido capaz de dormir por culpa de la voz de su cabeza que le decía que no lo iba a conseguir.

O la presión de su pecho, que aparecía todas las mañanas que había examen y le dificultaba el respirar con normalidad.

O ese ligero temblor de dedos que le aparecía siempre que invocaba su poder.

Le podía hablar de los médicos que le dijeron que era muy probable que en unos años la magia en él se extinguiera y desapareciera de repente. Y que, por ese motivo, a veces lo paralizaba el pánico.

Sin embargo, no lo hizo, porque Rian no quería escuchar eso. Estaba tan sumido en sus propios problemas que estaba cegado con todo lo que tenía a su alrededor.

—Está claro que un tonto como yo no te va a decir nada que te haga cambiar de idea, pero para lo frustrado que estás con tu vida, no has intentado absolutamente nada.

Supongo que te escudas en que todos tus compañeros somos unos inútiles, porque así no tienes que asumir el riesgo de fracasar.

—Aiden se puso en pie y dio un par de pasos en dirección a la escuela.

Se había hecho de noche y estaba cansado.

Solo quería meterse en su cama y taparse la cabeza con la sábana—.

Es cierto que es más fácil quedarte llorando en una piedra que esforzarte en mejorar a mi lado.

Es más fácil echarme la culpa a mí que asumir que no eres tan bueno como crees.

El corazón de Aiden latía a toda velocidad.

—Nos vemos, Rian. Cuídate.

Aiden se marchó de allí antes de que Rian tuviera la oportunidad de responder. Empezó a bajar la colina mucho más rápido de lo que podía, intentando que el sonido de sus pisadas y su respiración agitada acallaran a las voces de su cabeza.