CAPÍTULO 3 #2
Jonah no pudo terminar la frase porque Aiden ya se había abalanzado sobre él. Antes de que los demás chicos del grupo los pudieran separar, ya le había asestado un fuerte golpe en la nariz.
Su padre desapareció desde que Aiden cumplió seis años hasta los doce.
Todavía no tenía claro cuáles habían sido sus motivos para marcharse o qué le había motivado a regresar.
Lo que sí sabía era que durante ese tiempo perdieron totalmente el contacto.
Su madre había sufrido mucho en aquella época, pero al final habían salido adelante.
No era algo de lo que le gustara hablar, ni siquiera lo mencionaba habitualmente.
Confiar en Jonah y sus amigos solo había sido un descuido por su parte, por el cual tendría que pagar.
Aiden notó como poco a poco el enfado le iba nublando los sentidos. Su corazón latía tan rápido que temía que se le fuera a salir del pecho y, si no fuera porque aún tenía a dos personas agarrándolo por los brazos, habría vuelto a golpear a Jonah.
—A veces me sorprende cómo los genes atrofiados de los magos estropean el cerebro —dijo Jonah limpiándose los restos de sangre de la cara—. Eso explica por qué tu padre se fue sin ti. Está claro que supo ver lo inútil que eras y la carga que supondrías para toda la familia…
Aiden dejó de escuchar. Todo a su alrededor pasó a un segundo plano enmascarado por un pitido ensordecedor.
El dolor de cabeza se fue haciendo más y más intenso hasta que perdió las pocas fuerzas que le quedaban.
Las rodillas le fallaron justo antes de desplomarse en el suelo.
Cerró los ojos con fuerza intentando conseguir un minuto de alivio, sin éxito.
Su respiración se estaba volviendo cada vez más superficial y su corazón latía sin control.
Por un instante, pensó que se iba a morir y lamentó estar rodeado de malas personas.
Las palabras de sus compañeros le llegaban como un susurro, aunque las oía.
Escuchaba cómo Jonah se reía de él y unas lágrimas empezaron a descender por sus mejillas.
No sabía si era del dolor, de la impotencia o del miedo, o quizá de la suma de todas esas cosas.
De repente, sintió una patada en el estómago y la realidad le golpeó con brutalidad.
Jonah le había pegado cuando estaba tumbado en el suelo, muerto de dolor y sus supuestos amigos no habían hecho nada para impedírselo.
El sentimiento de ira se hizo tan intenso que Aiden apretó los puños con fuerza y dejó escapar un grito lleno de rabia, sacando toda la ira reprimida por cada poro de su piel.
En aquel momento, se liberó por completo.
Todo el dolor, toda la frustración que llevaba acumulada durante años desapareció.
No quedó nada, solo una sensación de libertad, como si se hubiera sacado un peso enorme de encima.
Cuando Aiden abrió los ojos se dio cuenta que estaba solo. No había nadie a su alrededor. Durante unos segundos pensó que todo lo que acababa de pasar había sido producto de su imaginación hasta que, a un par de metros, distinguió los cuerpos de sus compañeros.
Todos se estaban incorporando con dificultad del suelo con cara de pánico absoluto.
Aiden miró a su alrededor. Había un círculo perfecto dibujado por los cuerpos magullados de sus amigos que no paraban de mirarle con ojos de miedo e incredulidad.
Parecía como si una onda expansiva los hubiera alejado de él varios metros, haciendo daños considerables en el árbol, el banco de madera y las plantas que los rodeaban.
Aiden se miró las manos, asombrado y dedujo lo que había pasado.
Magia. Todavía notaba el cosquilleo en los dedos después de haberla usado.
No tenía ninguna duda. Abrió y cerró los dedos repetidas veces como si fuera consciente por primera vez de cada uno de ellos y, en parte así lo era. Estaba eufórico.
La magia se manifestaba en todos los niños entre los dos y los cuatro años de edad.
Él tenía trece años y era la primera vez que experimentaba algo similar.
Sentía el poder latente en su interior y era una sensación maravillosa.
No estaba roto, era un mago de verdad. Las lágrimas descendieron por sus mejillas de nuevo, esta vez de felicidad.
Miró una vez más a todos sus compañeros, que seguían en la misma posición, demasiado asustados para moverse.
Pensó que Jonah tendría algo más que decir, pero incluso él había tomado la opción más inteligente: mantenerse en silencio.
—Creo que me voy a ir a casa, ya nos veremos —concluyó Aiden con una naturalidad nada fingida y dio media vuelta de camino a su casa.
Todo en su vida volvía a tener sentido. Estaba deseando contárselo a su madre.
◆◆◆
Los siguientes meses fueron un completo caos.
En septiembre, Aiden iba a comenzar en la escuela de magos, solo que no tenía ni conocimientos ni formación previa.
Su caso era tan excepcional que nadie tenía claro qué procedimiento seguir.
Al final, después de muchas gestiones por parte de su familia y los centros educativos de la zona, decidieron que debería entrar en el curso que le correspondía por su edad, independientemente de su preparación.
Todos eran conscientes de los problemas derivados de aquella situación.
Sin embargo, la decisión había sido unánime.
Para ayudarlo a adaptarse como pudiese al nivel, empezó a asistir a clases intensivas: de lunes a sábado por las mañanas, desde las ocho hasta las tres y por las tardes, desde las cinco hasta las once.
Los domingos por la mañana los reservaba para las clases particulares y por la tarde se permitía descansar.
Gracias a la posición y contactos de su madre, se pudo permitir una formación fuera del alcance de la mayoría.
Era imposible acumular una década de conocimientos en un verano, pero todos estaban decididos a intentarlo, Aiden el primero.
Por primera vez en su vida, el esfuerzo y el trabajo repercutían directamente en sus sueños. Por ese motivo, cuando se graduó dos años después, el chico tenía prácticamente los conocimientos de un mago de su edad.