Victoria colateral (Victoria 1) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

A iden iba de un lado para otro por su habitación, agitado. Encima de la cama descansaban tres maletas abiertas abarrotadas con sus pertenencias. Aún quedaban varios montones de ropa colocados por el suelo a la espera de ser empaquetados.

Llevaba casi dos horas intentando meter sus quince años de vida en ellas Se había rendido al cuarto intento.

—Papá dice que saldremos de casa en veinte minutos, así que debes estar listo para entonces —dijo su madre adentrándose en el caos que tenía montado—. ¿Aún estás así? A este ritmo vamos a perder el avión…

—Mamá, te juro que he intentado meter todo de mil maneras posibles, pero no entra.

¡Incluso me senté encima de la tapa y al final, terminé rompiendo la cremallera!

—Señaló una maleta que estaba apartada en un rincón—.

Y si antes no me entraba todo en tres maletas, imagínate en dos…

Voy a tener que ir desnudo por el instituto todo el cuatrimestre.

Hanna soltó una carcajada antes de negar con la cabeza y empezar a organizar la ropa. No parecía que tuviera prisa. Desdoblaba y doblaba cada prenda con toda la calma del mundo.

—Aiden, vas a estudiar. No hace falta que te lleves las tres guitarras que tienes ni la colección de monedas que te dio el abuelo. Todas esas cosas las puedes dejar aquí y seguirán aquí cuando vuelvas —dijo intentando consolarlo.

—Eso lo dices ahora, hasta que hagas una limpieza y, como no estaré aquí para protestar, lo tirarás todo —gruñó en voz baja.

Hanna se incorporó y se acercó a Aiden para abrazarlo.

—Cariño, no te preocupes. Todo va a estar bien. Has conseguido entrar en la escuela que tú querías.

—Sí, pero cuatro meses más tarde que el resto de los alumnos.

—¿No decías que era un milagro que te hubieran dado la plaza a mitad del cuatrimestre?

—Sí —reconoció a regañadientes.

—Entonces no te preocupes por lo demás y céntrate en aprender, conocer gente nueva y pasarlo bien.

—Mamá, no puedo evitar preocuparme. Ya voy atrasado con respecto al resto de estudiantes, por no mencionar que los duelos se celebran a mediados de abril.

Apenas tengo tres meses para entrar en el equipo, congeniar con mi compañero y preparar una buena estrategia.

—El joven se sentó en la cama y hundió la cara en sus manos—.

El primer punto ya es complicado. Seguro que tienen el equipo cerrado desde principio de curso…

Hanna no pudo evitar sonreír. Se acercó a su hijo y le pasó una mano por el pelo.

—Aiden, no tenía pensado decírtelo todavía, pero teniendo en cuenta que toda tu vida depende de esta situación…

—¡Por supuesto que todo depende de esta situación! —la interrumpió, alejándose de su contacto—. He estado entrenando muy duro. Lo he dado todo para conseguir entrar.

—Aiden, lo sé. Escucha y deja de interrumpir a tu madre.

—Lo siento, es que…

—¿Vas a escucharme en silencio hasta que termine de hablar? —preguntó cruzándose de brazos.

—Sí.

—¿Seguro?

—Mamá, ¿quieres hablar de una vez? No tenemos todo el día —protestó.

Hanna negó levemente con la cabeza.

—Sabes que hace un par de meses que estamos valorando el patrocinio en nuestra empresa.

Esta semana, llevé ante el comité la posibilidad de patrocinar al Kettou.

Al abuelo le hizo mucha ilusión que su empresa tenga la oportunidad de apoyar tu carrera desde los comienzos —hizo una pausa dramática por la que su hijo tuvo que hacer acopio de toda la fuerza de voluntad que tenía para no protestar—.

Te cuento esto porque la petición salió adelante.

Después de la votación de los socios, contacté con la escuela para comunicárselo.

Aiden abrió la boca, pero no consiguió articular ninguna palabra. Ya estaba acostumbrado a que su familia se inmiscuyera en todos sus asuntos.

—¿Vais a patrocinar al Kettou? —preguntó al cabo de un rato—. Si ni siquiera he cubierto el formulario de admisión al club. —Se llevó las manos a la cabeza—. ¿Sabes que existe una posibilidad, muy grande por cierto, de que no me permitan entrar?

Aiden desvió la mirada hacia las maletas, todavía abiertas en el suelo.

Está tan nervioso y frustrado que sus manos se movieron solas, empezando a meter la ropa de cualquier manera dentro de ellas.

Era como si necesitara mantenerse ocupado de cualquier manera.

Luego empezó a forcejear con la cremallera, que se resistía a moverse, hasta que se dio por vencido y apoyó la cabeza sobre sus rodillas.

Hace más de cincuenta años que se creó la empresa familiar, Industrias Ashton, que se dedicaba a la investigación mágica.

Desde entonces, estaban en boca de todos.

Su abuelo había sido, y seguía siendo, un hombre muy influyente.

Había sabido prever las necesidades de la población antes de tenerlas, permitiéndole establecer relaciones con personas importantes, diversificando su negocio.

Su familia consiguió un estatus social que no había parado de aumentar con el transcurso de los años.

Desde la jubilación de su abuelo y el ascenso de su madre como directora general, las acciones de Industrias Ashton no habían parado de aumentar.

Tenían tantos beneficios que habían empezado a impulsar empresas satélites dedicadas a otros sectores, incluso crearon un laboratorio de ensayo dirigido por varias eminencias del continente.

Aiden sabía que su futuro estaba garantizado en la empresa familiar, pero eso no entraba dentro de sus planes.

Ni en aquel momento ni nunca. Él quería ser duelista, terminar la escuela, entrar en el equipo universitario y después dedicarse profesionalmente a la competición.

Y, a pesar de que su madre lo había apoyado incondicionalmente durante todo el proceso, no se había mantenido al margen. Nunca lo hacía.

—Te dije que me dejaras hablar sin interrumpir —lo regañó, frunciendo el ceño—.

Contacté con la escuela para saber los diferentes patrocinadores que tenía el Kettou y cómo podíamos encajar entre ellos.

Mi sorpresa fue cuando la directora me comentó que este año el equipo de duelos no tenía ningún patrocinador.

Resulta que llevan varias temporadas sin conseguir buenos resultados.

—Hanna sacó el móvil del bolsillo y, tras hacer una búsqueda, le enseñó las gráficas de los últimos años—.

Después de ver esto, sinceramente, me pregunté qué interés podías tener en entrar en este equipo y no en cualquier otro, pero tu padre me estuvo contando un poco la trayectoria del Kettou y pude entenderte.

Aiden se acercó a su madre para poder ver mejor la pantalla del móvil.

—Te puedo pasar el enlace del vídeo de YouTube de la final de hace tres años. Fliparías. —Fue incapaz de contener la emoción.

—No necesito saber más, Aiden. Tampoco necesité saber más en cuanto hablé con tu padre. Organicé una reunión con la directora y le ofrecí ser los patrocinadores principales durante los próximos tres años con una condición.

—¿Qué has pedido? —preguntó preocupado.

Hanna suspiró, apartando la vista. Se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja. Parecía nerviosa.

—Lo único que nos interesaba. Que te metieran en el equipo —concluyó como si fuera la mayor obviedad.

Aiden puso cara de horror y se levantó del suelo. Fue arrastrando los pies hasta la cama y se dejó caer boca abajo, tapándose la cabeza con un cojín. Llegados a ese punto tenía claro que nada podía salir peor. Rodó sobre sí mismo y, después de ahogar un grito, se incorporó.

—¿Cómo has podido hacer eso? ¿Sabes en qué situación me deja eso a mí?

¿Qué van a pensar los demás miembros del equipo si soy el enchufado sin experiencia?

¿No podías dejar que hiciera las cosas a mi manera?

—protestó enfadado, antes de darse cuenta que su madre no le había dicho el detalle más importante—. Espera, ¿qué te respondieron?

Hanna se acercó a él y le apartó un par de mechones de pelo que le caían sobre los ojos. Parecía algo preocupada por la reacción de Aiden, aunque su voz sonó calmada como siempre.

—La directora, Maya Huges, se mostró un poco reticente al principio. Me dijo que tenía que consultarlo con el entrenador y que me daría una respuesta lo antes posible. Parece ser que entrar directamente, sin examen o recomendación, no es la política del equipo. —Reprimió una sonrisa.

—Mamá, por favor, ¿puedes dejar de darle tantas vueltas al asunto y decirme qué es lo que te dijo el entrenador? —suplicó.

—Tuvimos una llamada muy interesante. —Mientras escuchaba, Aiden se llevó las manos a la cara, incapaz de mantenerse quieto más de dos segundos—.

Me dijo que actualmente el equipo estaba incompleto.

Me pidió un par de referencias tuyas y le puse en contacto con tu preparador.

Yo estaba segura que después de ver tu actuación, en las pruebas del año pasado, no me podría decir que no.

Aiden se paró en seco y fijó su mirada en su madre.

—¿Y qué pasó?

Hanna sonrió abiertamente antes de contestar.

—¡Estás dentro! —gritó emocionada.

Aiden tardó unos segundos mientras procesaba la información antes de ponerse a saltar de la emoción.

No estaba contento con los métodos que había utilizado su madre, pero lo había logrado.

Estaba dentro del equipo. Las lágrimas amenazaban con salir de sus ojos cuando acortó los dos metros que lo separaban de ella y se fundieron en un abrazo.

—Gracias… muchas gracias… —sollozó.

—Te lo mereces todo, Aiden —respondió Hanna mientras le acariciaba la cabeza.

—Aún estoy enfadado porque te metieras en medio —susurró mirando al suelo, enjugándose las lágrimas.

—Solo te he conseguido la llave de entrada.

Todo lo demás tendrás que ganártelo tú solito.

—Levantó su cara con cariño para contemplarlo—.

Tu nuevo entrenador me lo dejó muy claro.

Tu puesto en el equipo y tu titularidad dependen única y exclusivamente de ti.

Aunque sé que lo harás bien. No tengo ninguna duda —añadió sonriendo.

Aiden la volvió a abrazar y enterró la cara en su hombro. Estaba dentro del Kettou, era uno de los duelistas. Todavía no se lo podía creer.

—Gracias, mamá, muchas gracias. No te decepcionaré —repitió.

—De nada, cielo. Te lo mereces. Estoy muy orgullosa de ti.

Esas últimas cinco palabras emocionaron a Aiden. Nadie mejor que su madre sabía todo lo que había tenido que luchar para llegar a donde estaba en aquel momento.