Chapter 68
Cuando recité el último verso, el silencio volvió a llenar el río. Pero no era un silencio vacío, sino uno pleno, colmado de significado. La barca seguía avanzando, impulsada por la luz dorada que todavía danzaba a su alrededor.
Caronte me observó en silencio, con esa mezcla de orgullo y ternura que solo muestran quienes han visto nacer algo verdadero.
—¿Ves el brillo que transmites, chico? —señaló el brillo dorado que seguía impulsando la barca y surcaba el río—.
Este mundo está plagado de penumbra, Atlas.
Más de lo que a todos nos gustaría, por desgracia.
Pero a veces, si no fuera por esta misma, no seríamos consciente de cuánta luz somos capaces de irradiar.
—Por desgracia, a veces, parece que es necesario que apaguen nuestro alrededor para recordarlo —le contesté con melancolía.
—Te equivocas, chico —me contestó con seriedad mientras remaba aprovechando el impulso del brillo—. Es tu responsabilidad recordar cuán valioso eres y cuánto bien tienes en tu interior. Jamás te permitas volver a rodearte de oscuridad para tener que reconocer todo lo bello que tienes en ti.
Me ruboricé de inmediato. De nuevo, Caronte había vuelto a darme una lección valiosa que jamás iba a poder olvidar. Sin embargo, la seriedad del momento la rompió su estruendosa risa.
—¡Parece que algunas cosas jamás cambiarán, chico! ¡Mira tus mofletes! —dijo mientras se secaba una lágrima de la risa.
En otro momento me habría sentido ridículo, pero esta vez no era así.
Ponerme rojo también era parte de mí y, como muchas otras cosas, me hacía único.
Era sensible, torpe, risueño, creativo, a veces demasiado soñador, enfadica…
Todo eso era yo. Y, por primera vez, amaba a todas y cada una de mis partes.
Caronte dejó de remar del todo. La barca parecía flotar sola, meciéndose suavemente sobre un río que ya no ejercía ninguna resistencia.
Me recosté, apoyando la cabeza contra la madera, y dejé que la corriente me envolviera.
Los copos de luz seguían danzando a nuestro alrededor, ahora más dorados, más cálidos…
como si el propio río estuviera abriéndose camino hacia un horizonte que nunca antes había existido.
—Es tu momento, chico —dijo Caronte, su voz profunda y pausada—. Cierra los ojos y respira… deja que todo lo vivido se acomode dentro de ti.
Se inclinó hacia mí, y su voz se volvió casi un susurro hipnótico, como si cada palabra fuera un hilo que me atravesara y se enredara en mi pecho:
—Cinco… siente el río bajo tus pies, la barca que te sostiene.
Cuatro… deja que todo lo que sufriste y todo lo que amaste repose en ti.
El murmullo del agua se mezcló con el brillo dorado.
Los copos de luz comenzaron a elevarse, girando a nuestro alrededor, como diminutas constelaciones creando un universo en miniatura.
A lo lejos, una luz más intensa empezó a invadir el espacio, creciendo con suavidad, inundando la barca y el río, llenando cada rincón de calor y claridad.
—Tres… escucha la calma que hay en lo que eres ahora.
Dos… suelta lo que ya no pertenece a tu vida, a tu ser.
Ya no existía río, ni cueva, ni barca… solo esa luz que parecía abrazarme desde todos los ángulos. Dejé que mi respiración se sincronizara con el titileo de la luz. Cada inhalación llenaba mi cuerpo, cada exhalación soltaba lo que ya no necesitaba.
—Uno… abre los ojos, Atlas.
Cuando los abrí, por un instante, creí escuchar su voz una última vez, apenas un susurro que se mezclaba con el brillo:
—Bienvenido de vuelta, chico.
Y entonces, la luz me envolvió por completo.
Floté en su calor, y por primera vez entendí que había llegado a casa.
No había barca, ni río, ni copos de luz girando…
solo una calma inmensa que me abrazaba desde todos los ángulos.
Todo lo demás había desaparecido, pero la paz, la claridad y la certeza de que había recuperado mi vida permanecieron.
No había necesidad de mirar atrás. Cada paso, cada lágrima, cada verso recitado, cada miedo enfrentado, se había transformado en un latido propio, lleno de significado.
Y mientras flotaba en ese instante suspendido, comprendí que el viaje no terminaba: simplemente había cambiado de forma. Yo estaba aquí, ahora, libre. Por primera vez, en paz conmigo mismo.