Chapter 61
Bajé el último peldaño recitando en voz alta el último verso.
Definitivamente algo había cambiado en mí, y estos versos eran testigo de ello.
Ya no sentía dolor en ellos, solo esperanza.
Dentro de mí, sentía lo cerca que estaba de mi esencia; casi podía oírla llamándome desde algún lugar remoto, vibrando al compás de mi respiración.
Y no pensaba demorarme ni un segundo en alcanzarla.
Seguí caminando, guiado por la luz que me ofrecía el lugar.
Era como si el propio espacio quisiera acompañarme, iluminando mis pasos con ternura, marcándome el camino sin imponerme rumbo.
Sonreí de forma ingenua. Después de haber atravesado tanto dolor, estas últimas etapas se sentían como un soplo de aire fresco, como si la vida me estuviera devolviendo el aliento.
Definitivamente reencontrarme con mi padre y sanar nuestro vínculo había sido mágico.
Sentía que cada parte de mí que alguna vez se quebró, ahora encontraba su lugar.
Ensamblada por una luz que no me abandonaba.
De pronto, el espacio se abrió por completo, como si una cámara inmensa hubiera nacido de golpe.
Y, a lo lejos, la vi: una esfera dorada reposaba sobre una peana de piedra, irradiando una luz serena que bañaba toda la estancia.
Su brillo palpitaba, como si en su interior habitara un corazón.
Me dirigí corriendo hacia ella, casi sabiendo que por fin había encontrado aquello que llevaba tanto tiempo buscando.
Cuando llegué, me quedé helado: frente a mí tenía una enorme bola de cristal que ofrecía un paisaje hermoso.
Un inmenso jardín de almendros rodeaba mitad de la esfera y justo en medio, un niño pequeño permanecía tumbado, mirando cómo los pétalos caían sobre su piel.
Casi parecía que nevaba. Por un instante, sentí un escalofrío recorrerme: había algo en él que me resultaba extrañamente familiar, como si cada pétalo que tocaba su piel también rozara una parte olvidada de mí.
Y sin saber cómo, comprendí que por fin había encontrado a mi esencia.
Golpeé emocionado el cristal con insistencia, tratando de llamar la atención de mi esencia. Pero fue imposible, casi parecía que el cristal aislaba por completo al niño del exterior. Traté de llamar su atención gritándole, pero de nuevo seguía sin oírme. De pronto, una voz me rompió por dentro.
—No insistas, no te puede escuchar —dijo la voz lúgubre justo detrás de la esfera.
Me separé del cristal y lo vi: era Hades. Su figura seguía siendo majestuosa, pero ya no lo veía tan rígido como antes. Sus ojos, aún sombríos, parecían reflejar una compasión que nunca antes le había visto. Sin embargo, su presencia, lejos de resultarme familiar, solo provocó rabia en mí.
—¡Me la jugaste, Hades! —le grité enfadado—. ¿Por qué me lanzaste de aquella manera al Tártaro? ¿Sabes lo que he tenido que pasar?
—Emmm, ¿claro que lo sé? —respondió Hades con tono sarcástico—. ¿Te recuerdo que te dije que no iba a ser un paseo de rosas precisamente?
—Ya, si eso lo sé —le contesté con un tono casi avergonzado dándome cuenta que en parte tenía razón—. ¡Pero es que casi me matan!
—Casi, no. De hecho, te terminaron de matar.
—¡¿Es-ESTOY MUERTO?! —le pregunté histérico ante su respuesta.
Hades estalló en carcajadas viendo mi reacción. Sin embargo, yo era un mar de nervios y confusión. ¿Su plan desde siempre había sido matarme? ¿Quería encerrarme para siempre en el inframundo? ¿De verdad estoy MUER-?
—Frena el carro, hombrecillo. Que al final te va a estallar la vena de la frente de tanto sobrepensar —empezó a reírse—.
Claro que has muerto. O al menos, parte de ti.
¿Acaso no te has dado cuenta? Tenía que enfrentarte a tus mayores dolores y ver si realmente el viejo Atlas había muerto o seguía ahí.
Ya te dije que no iba a permitir que volvieras a dañar a ese pequeño niño inocente; y esta era la única forma de conseguirlo.
Pero, desde luego, lo has superado con creces.
Me senté en el suelo intentando recuperarme del shock. Hacía un momento me estaba replanteando mi propia existencia y resulta que solo era un juego de palabras. Solté una carcajada, casi fruto de la vergüenza, y me levanté secándome las lágrimas que habían nacido del miedo.
—A la próxima por favor, trata de explicarte mejor o me acabaré muriendo de un susto —comencé a reírme.
—Bueno, de un susto no sé, pero que casi te mueres ahogado eso sí que te lo puedo asegurar —me contestó Hades casi avergonzado—. Desde luego no pensaba que tenías tantas lágrimas acumuladas… así que ahí te tuve que echar una mano.
Me quedé de nuevo en shock. Jamás hubiera pensado que aquella mano que me tendieron mientras me ahogaba fuera del propio Hades. El mismo que por poco me mata enfrentándome a mis mayores sufrimientos… De nuevo, la dualidad hecha viaje.
—Gracias, supongo… —le respondí mientras dirigí de nuevo la mirada hacia la esfera—. ¿Entonces vas a liberar a mi esencia de la bola?
—Por desgracia… me va a ser imposible, Atlas —me contestó Hades mirando también a la bola con semblante serio—.
Aunque te cueste creerlo, tu esencia fue quien se encerró a sí misma en la esfera.
No la he creado yo. Cuando llegó a mi reino ya estaba así, como si se protegiera del exterior estando dentro. Por lo que no sé cómo romperla.
—¿Pero Fobos y Deimos…? —le pregunté extrañado.
—Te provocaron con aquello que mayor daño podía hacerte —me contestó de inmediato Hades—. Tu esencia ha tenido la suerte de evitar cualquier contacto con las sombras, bastante sufrió en vida contigo.
Suspiré aliviado. Durante todo el camino había imaginado cómo mi esencia había sufrido, incluso tanto como yo, y no me lo perdonaba.
Aunque, realmente, Hades tenía mucha razón…
bastante le había hecho sufrir yo. Por suerte, tenía claro que no iba a volver a suceder.
Sin embargo, ahora me quedaba averiguar cómo podía romper aquella esfera.
Me acerqué a ella, esta vez con delicadeza y curiosidad. Me enterneció ver a mi niño jugueteando con los pétalos, parecía en paz, tranquilo… Después de tanto sufrimiento, ver que podía estar seguro me dio calma. Pero un detalle me despertó por completo: había lágrimas cayendo por su rostro.
Me fijé de nuevo en su rostro. A pesar de parecer tranquilo, reconocía completamente su mueca.
No estaba para nada feliz. Posiblemente sí estuviera en calma y seguro, pero para nada transmitía alegría.
Posé mi mano contra el cristal, casi intentando que traspasara mi presencia por él.
Pero el niño seguía distraído con los copos en forma de pétalos.
Entonces me di cuenta, vi cómo sus lágrimas al caer al suelo se convirtieron en pequeños copos de luz que flotaban en el ambiente.
No me había fijado antes, pero toda la luz que emanaba de la bola, parecía provenir precisamente de esos copos.
Me quedé abrumado al verlos flotar girando por el interior de la esfera.
Casi como un recuerdo del sufrimiento que él también había pasado.
—Lo siento, de verdad —le dije mientras permanecía con la mano apoyada en el cristal.
De pronto, un pequeño crujido recorrió la esfera por completo y aquellas pequeñas ráfagas empezaron a reaccionar.
Lo que antes era un baile casi coordinado, ahora se había vuelto un torbellino de luz descontrolado.
Chocando contra el cristal e incluso acercándose a mi mano.
No era el único que se había dado cuenta, pues mi niño empezó a extrañarse ante el baile de las luces.
Las pequeñas luces doradas empezaron a juntarse alrededor del cristal y, de pronto, se empezaron a formar palabras delante de mí.
Me costaba entenderlas por la ceguera que producía tanta luz, pero poco a poco me acostumbré a esta y por fin conseguí leer lo que trataban de decirme.
Todo se volvió silencio. Ni el aire se movía, ni Hades respiraba.
Solo las luces, ardiendo en su danza, se agruparon en una forma que ya conocía: uno de mis textos olvidados.