Versos para Caronte Chapter 50
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Chapter 50

Cuando terminé el último verso, un estruendo nació del techo.

Casi como un trueno rompiendo el cielo. Miré hacia arriba, tapándome como pude de las goteras incesantes que parecían ya cascadas.

Pero otro sonido me distrajo de golpe: un aplauso.

Uno de los seres sin rostro del público estaba de pie, aplaudiendo, casi parecía que estaba emocionado.

De pronto, nuevos aplausos se sumaron al primero hasta que todo el público estaba de pie ovacionado.

No tuve tiempo a procesar cómo me sentía ante tal recibimiento, cuando el techo terminó de romperse, inundando por completo todo el espacio.

El público seguía aplaudiendo, impasible, mientras el nivel del agua subía sin piedad arrasando todo a su paso.

Intenté subirme a alguna superficie alta, pero no me dio tiempo: una ola me golpeó por la espalda y me arrastró sin miramientos de nuevo al agua.

Todo el escenario se había convertido en una piscina de aguas bravas, un coliseo líquido.

Mientras yo luchaba por no morir ahogado, vi que el palco del público se vaciaba poco a poco.

Aquellos que antes me ovacionaban, ahora abandonaban la sala con la mayor de las calmas, hablando entre ellos como si comentaran una función más.

Nadie miraba atrás. Nadie parecía recordar que yo estaba ahí, luchando por mi vida de nuevo.

Quise pedir auxilio, levantar la voz, gritarles que aún necesitaba ayuda.

Pero fue imposible: el agua arrastró un trozo de escenario y me golpeó en la cabeza con violencia antes siquiera de que pudiera coger aire.

Salí del agua con las pocas fuerzas que me quedaban.

No era bastante el dolor del maltrato que había sufrido, sino que ahora también tenía que luchar contra las corrientes de agua que intentaban ahogarme.

Nadaba a contracorriente, empapado de miedo, agotamiento y rabia.

Traté de gritar ayuda, pero justo cuando abrí la boca para tratar de pronunciarlo, el agua me calló súbitamente tragando una bocanada de esta.

Tosí. La garganta me ardía. Parecía que el agua estaba viva y trataba constantemente de hundirme.

Miré de nuevo al público, ya no había absolutamente nadie, me había quedado solo.

El agua seguía cayendo incesantemente, casi diría que, con rabia, creando unas corrientes y mareas más violentas todavía que antes.

Ya no me quedaba nadie a quien pedir auxilio, tampoco encontraba escapatoria.

Era irónico que aquello que fuera a matarme, hubiera nacido de mis palabras.

Como si fuera un castigo divino por haber callado y aguantando tanto.

Como si fueran las lágrimas que en su día ahogué, las que ahora intentaran ahogarme a mí.

—¿De verdad me merezco este castigo? ¿Tan malo he sido en la otra vida? —pregunté al aire mientras miraba cómo el agua invadía todo.

La soledad que sentía fue creciendo más y más, sintiéndome cada vez más pesado.

Una corriente me arrastró al fondo del escenario, casi como si tuviera un ancla atada al tobillo.

Traté de luchar contra ella, pero me fallaban las fuerzas y faltaba el aire.

Con la última bocanada de aire que quedaba en mi cuerpo observé mi alrededor, asumiendo que era imposible que volviera a la superficie.

Casi rindiéndome por completo a la violencia de las aguas.

Vi cómo todo el escenario había sido arrasado por completo, trozos de este flotaban alrededor mío.

Era irónicamente precioso, parecía que el tiempo se había detenido y el agua quisiera que viera el poder que podía llegar a tener.

Y, aun así, lo que más pesaba no era el agua.

Era el silencio. Ese eco insoportable de haber pedido auxilio en silencio y que nadie respondiera.

Entonces lo entendí: no era esta la primera vez que me ahogaba.

Me había estado ahogando desde siempre. Aguardando, callando, fingiendo estar bien.

Temiendo ser una carga. Temiendo pedir ayuda…

Pero eso tenía que cambiar. Si había llegado hasta aquí, era precisamente para romper con todo aquello que me había matado en vida.

Así que grité. En un intento desesperado, pedí auxilio bajo el agua.

Pero no pasó nada, solo unas burbujas tímidas desaparecieron mientras se elevaban.

Había gastado mi última bocanada de aire para volver a gritar en silencio…

Me invadió una rabia extraña. Una mezcla de frustración y resignación porque por fin lo había intentado.

Tarde, sí, pero lo había intentado: había pedido ayuda, había alzado la voz.

Y aun así… nada. Mi cuerpo cedía. La presión del agua me envolvía como un manto frío y absoluto.

Y en ese momento, justo cuando el dolor se transformó en vacío, una corriente cálida acarició mi garganta.

Como si el poema naciera desde lo más profundo, sin tener que decirlo en voz alta. Como si mi alma lo gritara por mí: